Silueta original

El callejón de Hamel

Fernán Labajo

Un te quiero, una caricia, un beso y un adiós

Bici detail

Días atrás, en una de estas salas de espera en la nevera de las calles burgalesas, me encontré con una de esas situaciones que a uno le arrancan una sonrisa.

Por alguna extraña razón que desconozco, tengo la insensata manía de llegar puntual a los sitios. Si a eso le sumamos una costumbre legendaria de rodearme de gente que es totalmente opuesta a mí, nos encontramos que cada vez que quedo con alguien en un sitio me toca esperar, de media, un cuarto de hora. Eso me hace buscar formas de distracción. Lo primero que hago es mirar el móvil pero, como no soy de tener muchas aplicaciones, en seguida se me acaban los argumentos para estar entretenido.

 

Es por ello, porque tengo un instinto curioso demasiado pronunciado, que tras guardar en el bolsillo mi ‘smartphone’, me fijo en todas y cada una de las personas que están a mi alrededor. Normalmente son gente que está en una situación muy similar aunque, por suerte para ellos, suelen desaparecer antes porque no tienen que esperar tanto rato.

 

Días atrás, en una de estas salas de espera en la nevera de las calles burgalesas, me encontré con una de esas situaciones que a uno le arrancan una sonrisa. No porque fuera inusual ni demasiado extraña, sino porque nos invitan a retroceder al pasado y a darnos cuenta de que, en un mundo que navega sin rumbo y a toda velocidad, todavía hay esperanza para aquellos que prefieren estirar el tiempo y quedarse a vivir, aunque sea unos segundos, en este loco planeta.

 

Yo me había sentado a esperar sobre el respaldo de un banco cerca de un parque. Al otro extremo, un chico y una chica que no superarían los 16 años se comían a besos como dos hambrientos del deseo más adolescente. No es que me les quedara mirando durante un cuarto de hora como si fuera un ‘voyeur’ en una playa del sur de Francia, pero sí me llamó la atención la inocencia que despertaba aquella escena.

 

De repente, se levantaron y, dados de la mano, se dirigieron hacia donde estaba yo sentado, en silencio. Ni una sola palabra en un camino de apenas 20 metros hasta que, finalmente, se detuvieron frente a la calzada. Ahí, se dieron un abrazo que también disfrutaron callados, como si fuera el último. A los pocos segundos, llegó un Opel Vectra granate que se detuvo ante ellos tocando el claxon dos veces.

 

La chica se separó un momento y le dio un tierno beso en los labios a su amado. Seguidamente, él le hizo una caricia en la mejilla que ella respondió con un “Te Quiero” en voz baja, para que sólo pudieran oírlo los dos y nadie más. Después, se montó en el coche. Su madre –o eso imagino que era- saludó al chico sonriendo y arrancó el coche. En un abrir y cerrar de ojos, se habían perdido entre el tráfico mientras el joven siguió el camino opuesto andando y con una sonrisa de oreja a oreja.

 

Probablemente no entiendan por qué les cuento esta historia. Puede que no les importe un carajo o que, simplemente, consideren que se ve muy a menudo. Sin embargo, a mí me gustó observar aquella escena porque me pareció un oasis en el desierto. Vivimos en una sociedad en el que damos por hecho que la corrupción es ley de vida, que la ostentación es la viva imagen del éxito y que, para educar a nuestros hijos, tenemos que comprarle un móvil antes de cortarles el cordón umbilical.

 

Esta historia de dos amantes adolescentes desconocidos supone un rayo de esperanza en este mundo que gira a mil por hora. Por un momento, esta pareja se creyó capaz de parar el tiempo. Y creo que lo hicieron. Es muy probable que hasta en algún lugar de la tierra provocaran un terremoto. Sin embargo, nosotros preferimos mirar hacia otro lado y pensar que todo lo que puede resolver nuestros problemas está en internet. Suerte con la búsqueda.

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