Un brindis delante de “Las cuatro estaciones: el otoño” de Pierre-Antoine Quillard, Museo Nacional Thyssen-Bornemisza
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El Brindis

El blog de Ruth Pindado en Tribuna de Ávila

Un brindis delante de “Las cuatro estaciones: el otoño” de Pierre-Antoine Quillard, Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

“El néctar del otoño calienta tu audacia. El amor vendimia sin testigos”.

Lancret.

La carta era clara, el lacre del Príncipe de Orleans y la firma, bueno, la firma era de la Duquesa de Berry, solo ella podía convencer con una frase y tres gotas de perfume a cualquier hombre y, por supuesto, a mí también.

 

Hice la maleta, no más de tres camisas con sus calzones, moños, guantes, tahalíes, corbatas, pañuelos y zapatos nuevos; dos pelucas además de la puesta y un sombrero de copa baja, la capa de bordados de oro y una chaqueta corta a juego con el galante granate. Todo metido en el arcón que me acompañaría a Francia. También incluí mis lienzos, los pinceles y algunos bocetos en los que estaba trabajando. Enrosqué la misiva, aplasté con el dedo el lacre para que volviese a quedar intacto, aunque con las marcas de mis huellas dactilares, y lo guardé entre los pliegues de mi capa. Silbé a Gabriel y partimos prestos.

 

Le Pressoir

A Auguste Vitu

Sans doute elles vivaient, ces grappes mutilées
Qu’une aveugle machine a sans pitié foulées !
Ne souffraient-elles pas lorsque le dur pressoir
A déchiré leur chair du matin jusqu’au soir,
Et lorsque de leur sein, meurtri de flétrissures,
Leur pauvre âme a coulé par ces mille blessures ?
Les ceps luxuriants et le raisin vermeil
Des coteaux, ces beaux fruits que baisait le soleil,
Sur le sol à présent gisent, cadavre infâme
D’où se sont retirés le sourire et la flamme !
Sainte vigne, qu’importe ! à la clarté des cieux
Nous nous enivrerons de ton sang précieux !
Que le cœur du poète et la grappe qu’on souille
Ne soient plus qu’une triste et honteuse dépouille,
Qu’importe, si pour tous, au bruit d’un chant divin,
Ruisselle éblouissant le flot sacré du vin !

 

(Sin duda vivieron, estos grupos mutilados

¡Que una máquina ciega ha sido pisoteada sin piedad!

No sufrieron cuando el exprimidor duro

Rasgaron su carne desde la mañana hasta la noche,

Y cuando de su pecho, magullado con machetes,

¿Su pobre alma se hundió por estas mil heridas?

Las exuberantes viñas y las uvas bermellones

Laderas, estas hermosas frutas que besaban el sol,

En el suelo ahora miente, infame cadáver

¡De dónde vino la sonrisa y la llama!

Santa vid, ¡qué importa! a la luz de los cielos

¡Estaremos embriagados con tu preciosa sangre!

Que el corazón del poeta y el grupo que uno contamina

No más que un cuerpo triste y vergonzoso,

¿Qué importa, si para todo, al sonido de una canción divina,

¡Chorro deslumbrando al flujo sagrado del vino!?)

 

Théodore de Banville, Les Cariatides (1842)

 

La Duquesa me recibió en palacio, bella, elegante, voluptuosa. Los labios carnosos  tintados de unos tonos violáceos me incitaron al beso que rehuí pero que noté húmedos, suaves y cálidos al rozar mi carrillo, a la vez que su enorme pecho se postraba ingrávido sobre mi torpe e inerte brazo izquierdo. Ya estaba lleno de ella. Y ese olor penetrante a perfume, vino y aceite de sándalo me recorrió el cuerpo entero.

 

Extendió, sin permitir a mi acompañante comentar las horas que llevábamos de viaje y el cansancio acumulado sobre mi torpe mano una pequeña pero fresca copa de vino blanco. Era un riesling wormeldange nussbaum suave, aromático, embriagador. Lo bebí de un trago y, antes incluso de poder dedicar unas palabras a tan exquisito licor y sin apenas percibir el sutil gesto con el que mandó a su criado rellenar mi copa, me vi sorbiendo, ahora con deleite, regocijo y lentitud, la nueva copa de un vino luxemburgués mientras los pasos de mi fiel y querido Gabriel se alejaban de nosotros.

 

  • Creo que usted y yo nos llevaremos bien, Monsieur Quillard, presiento que estamos hechos para disfrutar de los placeres de la vida con la misma plenitud.

  • No me cabe la menor duda, Mademoiselle Berry. contesté sonriendo a una cara sonrosada por el alcohol pero bella y feliz que me miraba con mucho más que ganas.

  • Nos esperan unos días muy bonitos pero muy intensos. Les convino esta noche, a la caída del sol, en el jardín trasero para la cena. No se retrasen, no me gusta esperar. Dijo alejándose de una forma tan silenciosa que nadie diría que tanta mujer podía volar como una mariposa.

 

La encomienda era pintar unos retratos a ella y a su difunto marido y recrear algunas escenas de la vida cotidiana de palacio para decorar su nueva estancia en Luxemburgo. De la triste y poco colorida corte portuguesa al flamante palacio de Versalles dispuesto a demostrar mi grandeza.

 

Pronto pude comprobar que los comentarios que se decían sobre la bella María Luisa Isabel de Orleans eran mucho más que ciertos. Fiestas interminables donde la música silenciaba las risotadas, los gritos y los gemidos de una corte desatada a los placeres de la carne, vino que comenzaba aguándose para terminar llenando las bañeras con que cubrir los cuerpos desnudos de los jóvenes amantes. Frutas y dulces que adornaban los pechos turgentes de las damas para ser devorados a lengüetazos sin control y, en medio de tan sueltas ceremonias de unión fraternal me pedían las damas retratar sus sonrosados rostros. Y yo, que descubrí en los placeres carnales el lujo de la vida, me dejé llevar, fantaseando con aquellas diosas que se convertían en mesalinas al caer el sol y retornaban como frutas maduras en los jardines del palacio cada nueva amanecida. Y disfracé de dulzura el ansia, de control la sinrazón, de claridad las resacas, incluso de amor la lujuria. Y vestí con sencillos jubones blancos los recargados vestidos de oro y grana y cubrí sus ensortijados rizos castaños con finos pañuelos blancos, y los cálices de plata los torné sencillas copas de cristal sin talla para dar a las orgías aire de fiesta otoñal. Y todo regado con las notas apasionadas de Jean-Baptiste Lully.

 

Y así, las mañanas otoñales se impregnan de belleza bajo mis pinceles y las cortesanas adornan sus cuerpos de mujeres sencillas rendidas ante los efluvios del amor, el vino y el tiempo y se muestran, por una vez discretas, gentiles, humildes, guiadas por las notas del violinista que, irónicamente interpreta “Les Amours Déguisés” (los amores disfrazados).

 

Trescientos años después, el Thyssen-Bornemisza me presenta limpio, como se muestra la vida a los ojos de quién ya está repleto de ver.

 

“A veces, sangre divina tu presencia celebrada tus virtudes, tu bondad por todos es alabada”. Al vino.

 

                                               Brindo delante de él.

Comentarios

. 18/09/2018 16:43 #11
De ensueño.
Juan 09/09/2018 17:47 #10
Precioso
LOLES 04/09/2018 11:17 #9
OLE, OLE Y OLE
lobo feroz 14/08/2018 12:59 #8
Joven amiga, que me despisto, me enredo por los submundos y me olvido de brindar contigo. Me iría contigo al Prado, al Thyssen o a cualquier otro lugar del mundo con un buen vino y tu sonrisa.
Lorena 13/08/2018 18:08 #7
Otra vez me ha encantado. Enhorabuena.
Maky 09/08/2018 23:34 #6
Muy elegante. Me encanta
Satur Gonzaga 05/08/2018 23:27 #5
Brillante, cada vez escribes mejor. Parece que susurras al oído del lector para que se adentre en la historia y visualice el cuadro por el que le vas dirigiendo. Me gusta.
Lu 05/08/2018 19:03 #4
Mooooooola Pindi.
Moises 04/08/2018 16:32 #3
Eres una crac. Genial.
Ciudadana de Avila 04/08/2018 14:59 #2
Qué bonito, me encanta como lo has relatado. Sigue así.

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