Silueta ruth pindado original

El Brindis

Ruth Pindado
El blog de Ruth Pindado en Tribuna de Ávila

Un brindis con Cristina Alcalá y su penetrante Merenzao.

450 Km separan Ávila de Santo Estevo de Ribas de Miño y, a pesar de las horas de coche y el cansancio  sigo fascinada, siempre me pasa cuando llego a Galicia, es como descubrirla cada vez. Magia pura.

 

Soy puntual  y he debido ir algo más rápido de lo esperado, así que me coloco veinte minutos antes de la hora prevista, suficientes pienso, para estirar las piernas y contemplar en solitario la belleza del monasterio del siglo XII que se abre ante mí. Y yo, ciudadana de tierra de santos y cantos, no dejo de encontrar belleza y quietud en los solitarios conventos, en las iglesias, en los cenobios que la singular arquitectura medieval ha dejado en nuestra península. Mi cabeza muda a tiempos pretéritos donde con los amigos disfrutábamos en las noches de verano yendo a los Magdalenos a ver sus ruinas y pasábamos el tiempo pensando en vidas ajenas, arrebolados de miedo y adrenalina al descubrir algún resto abandonado.

 

Al ritmo adormecido y ensoñador de mis recuerdos unas lentas pisadas me despiertan del casi letargo. Ella, la mujer de los ojos vivos como ventanas abiertas a otra realidad se acerca sonriente a mí. Presentaciones hechas y una gratificante tarde de mayo para descubrir un mundo nuevo: Merenzao.

 

Si tuviera que elegir una música, comento a raíz de sus descripciones, pondría a Fran Sinatra “Fly me too de moon”, suave, elegante, discreto. En ese momento Cristina sonríe, su cara es de facciones delicadas, con una mirada intensa que se abre, como un buen libro, para mostrarte el alma. Del maletero de su coche saca dos copas borgoña y una botella de vino “Alpendre”. No me dice nada, ella actúa y yo imito, sin dejar de admirar el momento creado con dos simples gestos. Entorna los ojos y empiezo a percibir el esfuerzo del trabajo sacado con entusiasmo, ilusión y mucha dedicación y entran, a partes iguales, la intensidad de la grosella con un inconfundible aroma a vainillas, madera y nuez.

 

Cristina se gira a mí, le he pedido que se describa y yo, sin darle mucha tregua, lo haré con el vino pues siento que esa uva y ella tienen mucho en común. Es dulce, y la creo, sensible al oídio y al mildiu, rasgos que, como sentimientos le reconozco. Es poco ácida, fina y muy delicada; y eso, sin lugar a dudas, es ella misma. Necesita de catadores sutiles que sepan apreciar todo lo que vale, y yo sonrío porque Cristina, dulce y discreta desde que la he conocido, se refleja en esa botella que ya llevamos mediada. Su color tenue, su olor intenso y agradable, su sensatez en boca tras venir de nariz serán siempre inconfundibles.

 

Ahora, comento bajito para no perder la magia del momento, me gustaría que siguiese Fran con “Strangers in the night” y comentarte la frase de Fernando González “ Al principio, la Merenzao es como un hijo al que todos encuentran feo pero que a ti te parece maravilloso”.

 

Puede que sea al principio porque al final, y sabiendo que describo a Cristina tanto como a esa graciosa uva tan desconocida para mí, he descubierto que es pequeña, dulce, carnosa, enormemente delicada, que rompe alterando todos los sentidos y se demuestra, con el tiempo, que a todo el mundo encanta. Que la fidelidad no está reñida ni con el tiempo ni con el gusto y allí están las dos, uva y dama entregadas en gestos a ser disfrutadas, admiradas y queridas.

 

Yo parto de nuevo a tierras castellanas, primas casi hermanas, unidas por sus vinos, por sus gentes, por sus ganas, unidas, sobre todo, por las ansias de mostrarnos bellas y libres a los demás.

 

                                               Me basta

                               Con el vino dorado y viejo

                               Una manta con olor a invierno

                               Diecisiete almendras nuevas

                                               Y tus manos…

                              

                                                               Beatriz Mazliah.

 

                Seguiré, 450 km más tarde, brindando por ella.