Un brindis con Christoph Amberger en el Castillo de Kronborg, Elsinor, Dinamarca
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El Brindis

El blog de Ruth Pindado en Tribuna de Ávila

Un brindis con Christoph Amberger en el Castillo de Kronborg, Elsinor, Dinamarca

«La embriaguez para una tradición literaria es traspasar los límites y volver de donde nadie se ha atrevido a ir».

El Vino

"Sí señor... el vino puede sacar

cosas que el hombre se calla;

que deberían salir

cuando el hombre bebe agua.

Va buscando, pecho adentro,

por los silencios del alma

y les va poniendo voces

y los va haciendo palabras.

A veces saca una pena,

que por ser pena, es amarga;

sobre su palco de fuego,

la pone a bailar descalza.

Baila y bailando se crece,

hasta que el vino se acaba

y entonces, vuelve la pena

a ser silencio del alma.

El vino puede sacar

cosas que el hombre se calla.

Cosas que queman por dentro,

cosas que pudren el alma

de los que bajan los ojos,

de los que esconden la cara.

El vino entonces, libera

la valentía encerrada

y los disfraza de machos,

como por arte de magia...

Y entonces, son bravucones,

hasta que el vino se acaba

pues del matón al cobarde,

solo media, la resaca.

El vino puede sacar

cosas que el hombre se calla.

Cambia el prisma de las cosas

cuando más les hace falta

a los que llevan sus culpas

como una cruz a la espalda.

La puta se piensa pura,

como cuando era muchacha

y el cornudo regatea

la medida de sus astas.

Y todo tiene colores

de castidad, simulada,

pues siempre acaban el vino

los dos, en la misma cama.

El vino puede sacar

cosas que el hombre se calla.

Pero... ¡qué lindo es el vino!

El que se bebe en la casa

del que está limpio por dentro

y tiene brillando el alma.

Que nunca le tiembla el pulso,

cuando pulsa una guitarra.

Que no le falta un amigo

ni noches para gastarlas.

Que cuando tiene un pecado,

siempre se nota en su cara...

Que bebe el vino por vino

y bebe el agua, por agua."

               

                               Alberto Cortez

 

En esta misma celda, hace cuatrocientos años, un melancólico Hamlet cerraba los ojos a su madre Gertrudis. El vino envenenado le produjo convulsiones y violentos espasmos hasta que su cuerpo, hinchado, maloliente  y azulado por la falta de oxígeno, caía inerte ante su hijo.

 

Claudio, Ofelia, Polonio, Rosencrantz y Guildenstern corrían por los pasillos enloquecidos tras la muerte del rey y el descontrol de la corte y, entre cortinajes, duelos a muerte y gritos de dolor, el tranquilo condado enloquecía.

 

 

Esa locura, ese drama fantasmagórico recorre cada muro del palacio enredándose entre las piedras enmohecidas y puede sentirse todavía. Aún se oye el chirríar de sus voces a modo de vikingos hambrientos de sangre…

 

Y busco, entre los restos mojados de mi parco equipaje, la foto de mi bisabuelo Matthäus Schwarz quién me trajo aquí. Está arrugada por el tiempo, por la soledad pasada encerrada entre mis bolsillos pero puedo distinguir sus ojos saltones color miel, tan parecidos a los míos, su frente despejada que también he heredado de él, decía mi madre, y ese porte tranquilo y bonachón que es, sin duda, distinción de la familia Schwarz. Pero lo que más nos une son las ganas locas de mostrarnos, de hacernos ver, de retratarnos.

 

Miro el ventanuco e imagino que mi copa está, como en el cuadro de Christoph Amberger, en el mismo alféizar que entonces, lleno de vino de uva Zilga, suave, ligera, penetrante que solo de recordarlo ya me reconforta,  pero me falta su grandeza, su fuerza y, sobre todo, la libertad. Y recuero, por el contrario, la aflicción Shakesperiana del hijo del rey que se aproxima más a lo que ahora siento.

 

Pasarán los días, las noches, las semanas y los meses y puede que muera aquí, olvidado por todos, pensado por nadie. A nadie dije que vendría y nadie me espera. El recuerdo del padre de mi abuelo banquero, contador de historias, modelo en tiempos sin sueños me atormentaba. Mis noches se convertían en un ir y venir de fantasmas recostados en las esquinas buscándome, exigiéndome su liberación, obligándome a salir en su búsqueda y revivir su historia. Eso y la soledad de una vida trágica me han traído hasta aquí, hasta la recóndita Dinamarca, hasta la región de Elsinor en la búsqueda de mis raíces.

 

Como si fuese la gesta con Laertes  saco yo mis miedos y mis dudas y lucho para que los sinsabores no arruinen la proeza que estoy dispuesto a acometer. No sé en qué momento me enjaularon aquí, ni cuál ha sido la razón para desenterrar esta lúgubre historia de moda, vino y muerte, pero no puedo salir de ella y el frío empieza a helarme los huesos y a nublar la realidad.

 

Siguen las gotas insistentes retumbándome en la mente, taladrándome las ganas de seguir. Sigue el poeta rezándole al vino sus lentas palabras de amor y odio. Siguen cantándome las fuertes voces de los vikingos como en el salón Vahalla de los caídos, solo acompañados de cuernos y ocarinas. Sigue la historia sembrando de dudas y miedos mi alma. Pero no he caído aquí para nada, no he atravesado Europa, no he roto las barreras de los siglos y dejado atrás una vida llena de ventajas para caer ahora en la desdicha. Mi historia, la historia de la familia Schwarz me acompaña.

 

La Celda se ha cerrado por el peso de los años y la vejez del hierro mal cuidado. El chirriar metálico culmina con un golpe seco al encajar las piezas entre si y el frío vuelve a estremecerme mientras noto como el sueño del tiempo me come por dentro. La fiebre se apodera de mí. El vino entorpece mis sentidos y me da el único calor reconfortante capaz de atemperar mi espíritu. Veo a Ofelia llorar por la muerte de su padre y a Laertes cubriéndose a duelo con un Hamlet destrozado delante del cadáver de su madre. Noto a Gertrudis débil tras el vino amargo, ese que sube ahora, en forma de bilis a mi garganta y al fondo, riéndose del tiempo a Matthaeus, copa en mano, brindando con una sonrisa y su traje atrevido por las desdichas ajenas.

 

Relleno nuevamente mi copa de Zilga. Aspiro ansioso para recibir los aromas infinitos de los recuerdos y soy presa angustiada de quinientos años de historia.

 

A mi lado, cuando despierto, el mismo sujeto sucio, perdido y desdentado de las últimas cien noches.

 

                               Brindo, gruñendo a Odín, por el cuadro de Christoph Amberger.

Comentarios

Mónica 03/08/2018 00:01 #14
Bella
D. 02/08/2018 17:22 #13
Un sueño leer estas palabras y compartirlas con un buen vino
TU AMIGO 30/07/2018 11:24 #12
DESEANDO LEERTE OTRA VEZ
Pepe 26/07/2018 18:13 #11
ole, ole y ole.
. 26/07/2018 18:00 #10
¡cuánta belleza! ya me lo estoy imaginando.
Christian H. 17/07/2018 18:31 #9
Como siempre, me rechifas.
sandra 17/07/2018 18:29 #8
Sabes que siempre me encanta lo que escribes y como lo haces. Tengo ganas mil de sentarme contigo a degustar un vinito y a disfrutar de una buena charleta. Besos enormes.
LMG 16/07/2018 16:23 #7
Fantástico.
lobo feroz 15/07/2018 12:34 #6
voy tarde, vas alegre, juntos vamos alegres y tarde. bueno vino.
Olga 15/07/2018 12:34 #5
qué bonito... siempre me encanta como escribes. Deseando estoy que salga el siguiente, abrir una copita de buen vino y disfrutar contigo. ánimo.

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