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Desde el Alberche

Alberto Langa
El blog de Alberto Langa en Tribuna

La visita

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Mi pueblo tiene unas escuelas en la que hace mucho que no se escuchan las risas de los niños y una casa cuartel en la que no brillan los tricornios; tiene una iglesia de la que desaparecieron las campanas y unas calles por la que sólo circulan las hojas que mueve el viento.

 

El autobús de campaña llegó hasta la plaza. Había estado allí cuatro años antes y se había hecho una foto con el tío Marcelino y la tía Eutiquiana. “Qué nombre tan curioso” le dijo con una amplia sonrisa llena de blancos dientes que inmortalizó la cámara. Estuvo allí hablando de turismo rural, de proyectos, de inversiones, de nuevas tecnologías. No había hecho nada de lo que dijo, pero quería volver y decir que ahora sí, que antes no había podido hacerlo por Europa, por la crisis, por la oposición… pero que esta vez el turismo rural sería su prioridad.

 

Repasó por última vez la nota que había memorizado con anterioridad para decirla de forma natural, sin leer. Bajó del autobús mostrando su sonrisa, más amplia si cabe que la vez anterior ya que el destino y su partido le habían aupado a más altas cotas de poder. Esta vez iba sin corbata, aunque con americana, que es una prenda que siempre da imagen de seriedad.

 

Tras él bajaron su jefe de prensa, su asesor de imagen, una diputada provincial, dos alcaldes de pueblos vecinos, periodistas adosados de medios de comunicación nacionales y algunos provinciales a los que se había invitado expresamente a esta visita. Eran las 13:30h y no podían perder mucho tiempo porque quería que su imagen y mensaje entraran en directo en las noticias de las 14h.

 

Se dirigieron a la casa de Marcelino y Eutiquiana que estaba en una calle aledaña a la plaza. El paso era firme, seguro pero tranquilo, e iba comentando qué aire más puro se podía respirar, qué silencio tan agradable tras los ruidos bulliciosos de Madrid.

 

Llamó con los nudillos ya que la casa no tenía timbre. Nadie contestó. Repitió la llamada con el mismo resultado. “Igual han salido a pasear” comentó a los periodistas. Un periodista local vio una placa que había en la fachada de la plaza y dijo “señor”. Aquella placa la habían colocado los sobrinos de Marcelino y de Eutiquiana e informaba de que allí habían vivido y muerto los últimos habitantes de mi pueblo.

 

Desapareció la sonrisa llena de blancos dientes y la tensión se apoderó de los músculos de su cara. Una mirada furiosa a su jefe de prensa fue suficiente para decirlo todo.

 

Mi pueblo tiene unas escuelas en la que hace mucho que no se escuchan las risas de los niños y una casa cuartel en la que no brillan los tricornios; tiene una iglesia de la que desaparecieron las campanas, unas calles por la que sólo circulan las hojas que mueve el viento y ya no queda nadie con quien hacerse una foto porque el tío Marcelino y la tía Eutiquiana, sus últimos habitantes, han muerto.

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