Esther original

Delirios en femenino

Esther Pedraza

Mujeres descaradamente libres

Cher detail

Esta semana dos mujeres de más de 70 años han aparecido en las revistas o la televisión mostrándose sexis y llevando una ropa, al decir de algunos, atrevida. En mayo del 2017, en el siglo XXI, nadie se escandaliza por ver a los Rolling quitarse la camiseta en pleno concierto, o a Iggy Pop desnudándose para mostrar un cuerpo ya flácido y de pieles colgantes.  En el siglo XXI todavía se quiere invisibilizar a la mujer cuando pasa de los cincuenta, aunque esté infinitamente más atractiva que muchos hombres más jóvenes.

“Es igual, estamos fuera del mercado para un montón de bocazas que no pueden atarse los cordones de los zapatos porque no les deja la barriga, pero eso sí, tienen cuarenta años”.

 

Así llegaba Ana a la cafetería. Traía un pantalón relativamente corto y un top bastante escaso. Ana sigue manteniendo su talla 38 de siempre y aunque intenta no ser exhibicionista, hoy quería demostrar que los “cincuentaycinco” dan mucho de sí.

 

Nada más verla Olga le ha llamado la atención. “¡Ay, Ana!,  estás un poco juvenil  con eso ¿no? Mira que aunque estés estupenda, los años son los años”. “Y los kilos son los kilos y la alopecia es la alopecia y la estupidez es la estupidez”,  le ha contestado muy ufana, “y te aseguro que todo crece con los años, los kilos, la alopecia y la estupidez. Todo, incluso la libertad. Hoy voy a ser visible le pese a quien le pese. Y ya lo he hablado con Susana, que me ha prometido seguir mi look reivindicativo”.

 

Mientras Ana, a lo Samantha de sexo en Nueva York, se colocaba en el centro de la cafetería buscando mesa y girándose como una veleta sin realmente prestar atención a lo que había a su alrededor, el camarero la miraba con sus ojos descreídos y una sonrisa socarrona. Con un gesto caballeroso le indica una mesa, acercándose suavemente para decirle su piropo con retranca, como siempre.

 

“Hoy viene usted tan veinteañera que lo que me pone es hablarla de tú”.

 

“Ah, no! –Ana se escandaliza-. Ese paso ni lo imagines. A mí no me hace vieja que me llames de usted. Me gusta que me llames de usted y me gusta que me mires de tú. ¡Mantengamos ese rol”.

 

Nuestro joven pelirrojo juega muy bien con nosotras. Tiene ese punto canalla, nada servil, que nos encanta. No se pasa. Nunca se pasa, pero jamás regala un piropo a cambio de nada.

 

Susana llega acalorada y hace la entrada como si fuera Carolina de Mónaco. Enormes gafas de sol,  pamela kilométrica, labios rojos, rojos, vestido blanco de escote vertiginoso y apertura central insinuante. Se sienta y cruza las piernas con un descaro insultante.

 

Ana nos mira. El look reivindicativo elegido por las dos para protestar, porque la sociedad sigue queriendo que seamos invisibles al cumplir los cincuenta, les sienta bien. Otras no podemos, pero eso no implica que nos encante que las que pueden lo lleven.

 

“Realmente la limitación es nuestra –Olga acaba de retirar las cortezas de su lado y se toca el estómago que se intuye bajo el blusón-. Yo no voy así porque no puedo y no me encuentro bien. Pero veo a muchos hombres en peor estado de revista que yo a los que no les importan llevar camisetas transparentes. ¿Qué es lo que debe primar la edad o la estética?”

 

Yo opto porque lo que prime sea la libertad. La estética es muy personal. Digo yo, porque estoy cansada de ver jovencitas entradas en carnes mostrando sin rubor muslos, brazos, antebrazos y pechuga con una ropa que, a decir de mi gusto, si que es inapropiada. Pero igual los jovencitos. Puesto que la estética es algo tan relativo y la edad también, dejemos que prime la libertad.

 

Susan Saradon tiene 70 años. Bien, tiene unas cuantas operaciones, las que le hayan parecido bien, y gracias a ellas tiene un bonito escote que ha puesto en pie de guerra a los silenciadores de la feminidad en cuanto la han visto lucirlo  en Cannes. Cher tiene 73 años y ha pasado por el quirófano más veces que yo por el estanco, vale. Se presentó en los premios Billboard con un traje transparente, con el pecho cubierto por un corazón brillante, cantando Belive y demostrando que sigue siendo muy, muy deseable. Pero a algunos no les gustó esta demostración de vitalidad.

 

“No importa que físicamente esté estupenda, que se muestre con su cuerpo apetecible, que esté guapa . –reflexiona Ana- eso no importa. Los presentadores aburridos, de trajes grises aburridos y de discursos aburridos lo han dejado claro: el vestido era inapropiado porque tiene setenta años. Es una abuela y debería envejecer con dignidad. ¿Dignidad? Ja, necesito que alguien me defina qué es la dignidad”.

 

Decía Concepción Arenal, esa luchadora que tuvo que vestirse de hombre para entrar a estudiar en una universidad, que la dignidad es el respeto que una persona tiene de sí misma. Si las mujeres de mas de cincuenta nos respetamos no podemos hacer nada que sea indigno a nuestros ojos. Nosotras no vamos a juzgar a ningún hombre de mas de setenta retozando con veinteañeras en una playa, teniendo hijos a los ochenta o poniendo morritos en un escenario con un pantalón tan ajustado que grita de miedo. Nosotras no vamos a poner sobre la mesa los estudios científicos que demuestran que las mujeres ganan sexualmente con la edad, sin necesidad de pastillas azules, ni vamos a entrar en guerra de sexos a nuestra edad. Eso sí, cada vez que las sociedad quiera hacernos invisibles nos vamos a rociar de desvergüenza,  que es muy sano.

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