Esther original

Delirios en femenino

Esther Pedraza

Matar por amor

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María Ángeles Prieto Ramos, dicen, es la víctima número tres en Madrid de violencia de género. Es una estadística que, en este caso, se burla de los números. A María Ángeles la ha matado su marido, sí, pero por mucho que su nombre aparezca en esos macabros listados que nos encogen el corazón, su historia es una historia de amor que muchos compartimos y que nos vuelve los ojos a una sociedad ciega que no entiende que cuando uno ha dejado de ser debería dejar de existir.

El alzheimer me toca de cerca. Todavía tengo una carta de despedida a mi madre que nunca se cómo empezar. Tal vez porque cuando murió ya estaba muerta, porque el dolor de su ausencia me zarandeó por muchos años y me lleno de rabia e impotencia.  Morir con dignidad debería ser el último escalón que el ser humano pisara, pese a la hipocresía médica y social que decide mantenernos sin recuerdos, sin movimiento y sin esperanza hasta que el corazón se apiada de nosotros.

 

Ricardo, el marido de María Ángeles, no quiso esperar. Aunque él se encontraba bien y con salud para atender a su esposa, puedo imaginar sus ojos humedecidos cada vez que miraba un cuerpo que reconocía pero que no respondía al aliento. Puedo imaginar sus pensamientos, su tristeza, su lucha silenciosa, consciente de que no había futuro y de que el tiempo, lejos de ser un aliado, era el mas cruel de los amigos.

 

Siempre dije que por amor no se mata, que por amor se muere, pero Ricardo ha querido enmendarme la plana y ha hecho las dos cosas: matar y morir por amor,  y ha dado una lección a todos los que sacan pecho defendiendo una vida natural que, curiosamente, termina siendo artificial.

 

Después de quitarle la vida a esa compañera tan amada con la que había compartido todo, hasta su falta de recuerdos, Ricardo pidió perdón en una carta a sus hijos y explicó que la quería tanto que no soportaba verla sufrir y que quería darle descanso y descansar con ella, juntos, como siempre habían estado.

 

Ignoro los años que María Ángeles permaneció viva sin saber quién era ni quién era Ricardo. Se los que estuvo mi madre y los que llevaba la señora que compartía habitación con ella. Aparentemente no había sufrimiento, pero eso es aparentemente. Lo que pase por dentro de alguien que ya ha escapado pero sigue atada a una cama, perdiendo peso por días, obligada a ingerir alimento con una jeringuilla, sin visión, sin oído, sin capacidad ni siquiera para cambiar de posición, la ciencia aún no lo sabe. Alguna vez observaba una lágrima en sus ojos vacíos y me preguntaba si era algo fisiológico o emocional. La duda me sumía en una profunda tristeza que todavía me persigue.

 

No conocemos si esta pareja había hablado acerca de lo que decidirían si les tocaba vivir una situación como la que han padecido. Tal vez se habían prometido no permitir que la enfermedad les devorase. No sé. Nos angustia  decidir por los demás, pero hacerlo por nosotros mismos no debería cuestionarse. Lo justo es que si alguien no quiere morir de este modo, la sociedad escuche, la administración escuche y el mundo entero escuche. La eutanasia no es una ocurrencia de mentes ociosas, es un derecho: el derecho a marcharnos cuando ya no somos dueños de nuestros afectos.

 

Ramón Sampedro, que era dueño de toda su vida pero no de su cuerpo, me lanzó una reflexión  una fría tarde de otoño que se me quedó grabada: “la única libertad que realmente tiene el hombre es la de elegir cuando morir, y yo ni siquiera tengo eso”. Él buscó conscientemente el modo para iniciar ese viaje, pero para los que ya no tienen consciencia debería haber un camino, una petición escrita, un último deseo que otros deberían cumplir.

 

Me duele que María Ángeles pase a engrosar la lista de mujeres muertas a manos de sus parejas, aunque no me sorprende. Esta sociedad enferma no contempla el amor como valor. El amor no cotiza en bolsa, ni se puede cuantificar. El amor eterno de una pareja es visto con resquemor, casi con desdén. Pero sus hijos, pese al dolor del momento, deberían entender que este último acto no se ha debido al cansancio, ni a falta de ayuda ni a la desesperación.  François Mauriac escribió que “la muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente”. Así debió entenderlo su padre, por eso eligió  la dignidad después de una vida, seguramente muy digna, para cruzar a la otra orilla. Una dignidad que esta sociedad no está dispuesta a conceder.

 

Si algún día me veo en un trance similar, espero tener a mi lado un Ricardo lleno de amor y ternura que libere mi existencia de todos aquellos que la hayan condenado.

 

 

 

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