PARA LA ABUELA
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Contando historias

El blog en Tribuna Ávila de Sonsoles Pindado

PARA LA ABUELA

Se trataba de una señora mayor con rasgos tranquilos en la cara y mirada intensa. Toda su vida había estado al servicio de una casa, una casa de linaje no era  cualquier cosa, ella se había quedado huérfana desde niña, concretamente desde que contaba con la edad  de catorce años. Así que la familia Peñalara había contado con sus   servicios  que consistían en atender a los comensales,  limpieza de la casa y cuidado de los niños los cuales todo sea dicho se le daban muy bien dado su carácter dulce.

 

Al final todos los miembros de la familia Peñalara fallecieron en un trágico accidente, al tratarse de gente adinerada toda la provincia supo de tal fatídico día ya que prensa y radio lo dieron a conocer. Así que Martina, otra vez se puede decir que quedó huérfana dado que los Peñalara le trataban casi casi como a un familiar más o por lo menos ella así lo mentaba.

 

Salir de aquella casa supuso dejar atrás muchos recuerdos, prácticamente había sido su vida, donde vio crecer a los muchachos  y donde aprendió discrección y obediencia.

 

Por otro lado al ocurrir tan oscuro suceso pudo percibir que al fin era libre. Ya no tuvo que entrar y salir a horas impuestas, limpiaría su propia casa y a lo mejor podría cuidar a sus niños, los propios. Su vida había dado un giro, ahora era ella la que decidía qué hacer.

 

Y la vida transcurrió entre libros, le contrataron en una pequeña librería en pleno centro de la ciudad. Allí pasaba el tiempo entre historias, noticias de periódicos, valijas  que portaban información a lo grande pero que sólo su jefe era  el que tenía acceso a ellas, en una de tantas  se podía leer: “El suceso de los Peñalara”.  Estando ella  en el mostrador y contemplando aquella información el jefe sabiendo que lo había visto lo guardo con exceso de celo bajo la amenaza de:”Tú no viste nada niña”. Y por más que intentó investigar sobre el tema no obtuvo información alguna por lo que se conformó en tener  en mente un buen recuerdo de la  familia  seguir colocando estanterías y hacer inventario.

 

Lo que nunca dejó de hacer era lo que verdaderamente le hacía feliz, se situaba a pie de la iglesia románica más bonita de la ciudad y allí asaba castañas todos los sábados y domingos que eran los días que descansaba. Y lo hacía desinteresadamente  pero era muy selecta a la hora de ser generosa, sólo los niños podían acceder a tan preciado regalo. Las envolvía en papel de periódico y seguía con su ritual, cuatro castañas por niño ni una mas ni una menos en recuerdo de los miembros que componían la familia con la que estuvo tanto tiempo. Y allí sentada se  le acercaban los críos  envueltos en risas y travesuras. Extendían sus manos y salían    corriendo con el cucurucho en la mano. Ella los miraba con ternura y sonreía al ver lo felices que eran, siempre iban con sus trajes de domingo y como era verano los pantaloncillos cortos para ellos dejaban  entrever alguna herida en las piernas y el vestido  floreado para ellas hacía que la plaza se vistiese de alegría un día más.

 

Y llegó el día en que la luz se apagó en su vida. Y aún hoy los pequeñajos se acercan al rincón donde estaba la anciana señora y dejan cada uno de ellos cuatro pegatinas con los personajes de las historias actuales. Todos firman sus pegatas poniendo:

 

“Con mucho cariño  para la abuela”.

 

Comentarios

AUTORA 07/05/2017 16:07 #1
Adjunto errata discreción. Es lo que tiene pulsar dos veces.

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