Conectados

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Por Emilio Rodríguez García

Estudiar menos, aprender más


Hay una trampa elegante, bien barnizada y socialmente aceptada en el sistema educativo: confundir rendimiento académico con educación real.

La obsesión por el 10 es una forma sofisticada de visión de túnel. Un juego con reglas claras, recompensas inmediatas y un marcador visible. El problema es que el mundo real no funciona así. Fuera del aula, nadie te pide el expediente académico. A nadie le importa tu media, salvo que sea desastrosa. Y aun así, suele importar mucho menos de lo que creemos cuando por fin entramos en el mercado laboral.

Echo en falta que en los colegios se enseñen técnicas de estudio, economía aplicada a la vida cotidiana o nociones básicas de nutrición. Habilidades prácticas, transversales, útiles. En su lugar, memorizamos el Senado y repetimos como loros las tablas de multiplicar. Eso sí, luego a contratar un asesor para que haga la declaración de la renta, porque de fiscalidad y comprensión práctica vamos bastante justitos.

Se fomenta una carrera constante hacia el sobresaliente, pero rara vez nos detenemos a pensar qué exige realmente sacar un 10. Si alguien me pregunta, yo prefiero el notable cómodo. Ese punto en el que apruebas con una nota sólida sin sacrificar tu vida en el intento. No porque aprender no sea importante, sino porque el coste marginal de pasar del 8 al 10 suele ser absurdo. Horas y horas para arañar dos puntos que, en términos reales, no cambian nada.

Conviene recordar algo obvio y a menudo ignorado: el tiempo es finito. Cada hora que inviertes en pulir un examen es una hora que no inviertes en explorar, crear o equivocarte. El tiempo que ahorras al no perseguir la perfección debería reinvertirse, como cualquier recurso escaso, en actividades con mayor retorno a largo plazo. Incluso en aburrirse, que también alimenta la creatividad.

Porque, seamos honestos, muchos ejercicios académicos no cumplen un propósito de valor. Son problemas diseñados para ser evaluables, no necesariamente útiles. Sirven para medir, no para transformar.

Y luego está la parte que casi nadie te explica: la importancia de crear y documentar. No basta con saber hacer cosas. Hay que mostrarlas. Contarlas. Escribir sobre el proceso, los errores, las decisiones. Como hago yo con mi newsletter SEO. No para presumir, sino para dejar rastro. Para generar señales. Los profesionales de recursos humanos del futuro no buscarán tus notas. Buscarán proyectos vivos, huellas de pensamiento, evidencias de criterio. No una simple ejecución correcta.

Crear algo propio te saca automáticamente del modo estudiante pasivo. Te obliga a tomar decisiones y a asumir consecuencias. Y documentarlo te convierte en algo más interesante que alguien con buenas notas: en alguien que piensa.

No dejes que los estudios interfieran con tu educación. Usa el sistema educativo como lo que es: una infraestructura para obtener un título y una base. Pero no confundas el mapa con el territorio.

El mundo no premia a quienes resolvieron mejor los ejercicios, sino a quienes supieron moverse cuando ya no había ejercicios que resolver.

Hace unas semanas leí un estudio que analizó a más de 34.000 personas de élite a nivel internacional; premios Nobel, grandes compositores o campeones olímpicos entre otros perfiles. La conclusión era clara: el camino hacia la excelencia suele ser largo, diverso y no lineal.

Los perfiles que acaban marcando época suelen invertir en explorar, generan cruces entre disciplinas, tienen avances menos espectaculares al principio y una progresión constante que alcanza su punto álgido en la madurez.

Este estudio echa por tierra la narrativa del genio precoz y pone el foco donde suele doler: la excelencia rara vez es inmediata. Es fruto de recorridos largos, diversos y deliberados, donde la paciencia y el aprendizaje transversal pesan más que cualquier ventaja temprana.

De ahí que nuestro sistema educativo siga siendo imprescindible. Pero no como fábricas de títulos, sino como espacios donde se cultive el pensamiento crítico, el trabajo aplicado, el rigor y ese crecimiento lento y sostenido que, aunque a veces incomode, termina siendo insustituible.