Unos 600 aficionados acuden al festejo benéfico de rejoneo

Foto: Photallaround.

Ávila se quedó de nuevo corta en la respuesta de la afición a la convocatoria de un espectáculo taurino. Apenas unos 600 aficionados en la grada acudieron a presenciar el festejo benéfico de rejoneo a cargo de los caballeros Rui Fernandes, Leonardo Hernández y Manuel Manzanares y sus respectivas monturas. 

En las taquillas se anunciaba en una nota, el cambio de ganadería, siendo sustituida la prevista de Luis Frías por las de Olga García, García Jiménez y Peña de Francia. La mayor parte del ganado presentado fue mal recibido por el respetable a causa de su pequeño tamaño y falta de fuerza. Sin embargo, el toro más silbado fue, a la postre, el que mejor botín reportó a su rejoneador, el quinto de la tarde, lidiado por Leonardo Hernández, al que cortó las dos orejas.

 

Comenzó Rui Fernandes la corrida, vistoso, pero, en ocasiones, lejos del astado a la hora de dejar los rejones. Las ganas del público y el empeño del caballero le valieron si primer trofeo de la tarde. Para el segundo acto, Leonardo Hernández tiró de carácter y espectacularidad para ganarse a la grada, lo que le valió una oreja y la protesta del personal cuando la Presidencia no accedió a conceder la segunda. Manuel Manzanares no llegó a conectar durante la faena del tercero, por lo que no obtuvo recompensa alguna al final de su primer envite, frente a un protestado minitoro que tampoco estuvo por la labor de que eso ocurriera.

 

Con el cuarto de la tarde cuajó Rui Fernandes mejor faena que con su primero, pero consiguió similar recompensa, una oreja más, por lo que ya estaba asegurada la apertura de la Puerta de los Caballeros.

 

Para el quinto de la tarde el público había perdido gran parte de su paciencia, más cuando apareció por toriles el cuarto en discordia, que fue silbado y, tras su comportamiento tras el primer rejón, incluso coreado el "fuera, fuera". Fue el propio Leonardo Hernández quien pidió calma a los asistentes y se empeñó en sacar de sí mismo lo que no había frente a él, fotómetro que el respetable olvidara los avatares de la ganadería por mor de su buen hacer. Dos orejas de donde daba la impresión que no había ni faena.

 

Finalmente, Manuel Manzanares lo intentó, a sabiendas de que necesitaba bordarlo para no quedarse solo en el ruedo al final de la tarde, con más empeño que fortuna ni ayuda del astado, consiguiendo un solo trofeo y negándosele la puerta grande.