Tiempo de Misión

Queridos diocesanos: Como ya sabéis, la principal apuesta de nuestra Diócesis para el V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús es una misión que conduzca a la renovación espiritual de los bautizados, a la presentación del Evangelio a quienes no creen o lo hacen con reparos, y al cambio de atención pastoral de forma que tengamos medios apropiados para la transmisión eficaz de la fe a las nuevas generaciones.

¿Cómo va a desarrollarse esta misión? Para explicarlo, podemos utilizar el ejemplo de un agricultor que ya nos puso el Señor. Durante el pasado curso tuvimos ya una etapa de sensibilización. Consistía en que todos nosotros, sacerdotes, religiosos y fieles laicos, escuchábamos cómo Dios nos decía: «Mira mi viña, contempla esta tierra de Ávila. Descubre cómo en ella hay frutos buenos, personas que han acogido la Buena Noticia y viven como hijos de la Resurrección. También hay otros que crecen con dificultad, acosados por malas hierbas de múltiples tentaciones. Por desgracia, no faltan zonas baldías, personas que parecen como piedras en quienes rebota la Palabra de Dios. Mi deseo –sigue diciendo el Señor– es que toda Ávila se convierta en un campo que dé cosecha abundante. Para eso cuento contigo. ¿Quieres venir a trabajar a mi viña?».

 

Somos muchos los que hemos acogido esta invitación y nos disponemos a sembrar el Evangelio. ¿Qué haremos ahora? Lo primero que hay que hacer es aprender el oficio. Será el objetivo del primer trimestre. Si a una persona que ha nacido y vivido siempre en la ciudad, sin contacto con el campo, le ponemos una azada en las manos, probablemente no sabrá qué hacer con ella, aunque tenga muy buena voluntad. Hay que enseñarle a cavar. Lo mismo nos pasa a nosotros. No sabemos cómo evangelizar, y por eso necesitamos una formación básica. Para lo cual contamos con tres instrumentos básicos: la carta pastoral que publiqué el año pasado, titulada Ya es tiempo de caminar; las indicaciones y los materiales que se nos darán a todos el día 27 de septiembre durante el envío diocesano de los agentes de misión, y las orientaciones espirituales que darán en cada parroquia sus sacerdotes.

 

Cuando estemos instruidos, más o menos a partir de noviembre, comenzaremos a «preparar la tierra». Si uno arroja simiente en un pedregal, probablemente no arraigue nada. Si uno anuncia la alegría de la fe a quienes no se plantean ni siquiera cuestiones esenciales sobre la humanidad, lo más seguro es que no halle acogida.

 

Trataremos de hacernos encontradizos con las personas que viven con nosotros y proponerles las preguntas básicas sobre el sentido de la vida, la felicidad, el sufrimiento y la muerte… Es la parte más compleja de la misión, pues supone una cierta dosis de creatividad y mucho coraje, pero como dice la Santa, es posible tener ánimo para las cosas grandes cuando uno se sabe favorecido de Dios.

 

Durante el segundo semestre, cada arciprestazgo tendrá una semana en que todos los cristianos nos lanzaremos a la «siembra». Es decir, nos acercaremos con humildad y audacia a nuestros hermanos para mostrarles cómo Jesucristo es la respuesta de Dios a todas las realidades que nos inquietan. Para ello, invitaremos a trabajar cuatro puntos que son esenciales para todo ser humano y a los que Santa Teresa responde desde el Evangelio con su espiritualidad y su reforma. Frente al problema de la soledad, ella responde con la comunidad; ante un mundo obsesionado por las riquezas, ella nos desvela el valor de la pobreza; frente a la inclinación a la superficialidad, su vida nos ayuda a entrar en la profundidad de la oración; contra todo relativismo, para el que todo vale, de su mano descubrimos la Verdad que nos hace libres. Para entonces tendréis una nueva carta mía que os ayudará en la tarea.

 

Una vez sembrada la Palabra de Dios, con la ayuda de Teresa, tendremos que seguir cuidando el campo: regándolo con el agua de la oración, cuidándolo con los medios adecuados, procurando que el primer anuncio del Evangelio arraigue en el corazón de nuestros hermanos. Este será el objetivo de la última parte del curso. Después, a la luz de nuestra experiencia de este año, revisaremos cómo hemos cambiado
nosotros y cómo debemos cambiar nuestras formas de presentar la fe.

 

Espero contar con todos vosotros en esta aventura fascinante. Os aseguro que trabajar en la viña del Señor es la dicha más grande que puede tener un ser humano en este mundo.

 

¡Mucho ánimo! Con mi afecto y bendición.

 

Jesús García Burillo.

Obispo de Ávila