No podemos permanecer callados

Queridos diocesanos: Aunque apenas hablamos de ello porque no sucede en Europa, existe una honda preocupación en toda la Iglesia por la incesante persecución religiosa a cristianos de Oriente Medio y algunas regiones de África.

Se podría decir, incluso, que este hostigamiento es aún mayor que el que tuvo lugar en los inicios del Cristianismo. La situación que se vive en determinados países es muy trágica. Los ataques a los fieles cristianos, y de otras confesiones, se llevan a cabo rutinariamente en algunos Estados: los miles de refugiados en Siria; el rapto de niñas y la quema de escuelas e iglesias por Boko Haram en Nigeria; en Arabia Saudí se impide la manifestación pública de la fe cristiana, celebrar misas o llevar signos religiosos; en Pakistán, una ley contra la blasfemia ha originado sentencias de muerte contra misioneros y sacerdotes por proclamar su fe; en Libia asesinaban recientemente a 21 cristianos coptos, recogidos en espeluznante video; y especialmente difícil es la situación que se vive en Irak con la proliferación de ataques del autodenominado Estado Islámico.

 

El censo de cristianos iraquíes, una de las comunidades más antiguas de la Iglesia, ha menguado drásticamente en los últimos 12 años. En 2003 eran millón y medio y representaban el 5% de la población, mientras el año pasado no llegaban a 450.000 fieles, que en los últimos meses, ataque tras ataque, han desaparecido prácticamente de Irak, al huir de sus hogares bajo amenaza de muerte si no renegaban de su fe.

 

Más de 30.000 familias cristianas huían el pasado verano de la provincia de Nínive, buscando refugio en Kurdistán, donde malviven en caravanas, sin trabajo, comida o escolarización. Son poblaciones herederas de la antigua Mesopotamia: caldeo-católicos, sirio-católicos, ortodoxos, que no pueden regresar a sus casas.

 

El llamado "Estado Islámico" va prendiendo fuego a todo: los seres humanos, las piedras y la civilización. En las últimas semanas vemos cómo acaban con el valioso patrimonio cultural de esta zona. Han quemado mezquitas en Mosul, han destruido la tumba del profeta Jonás, han acabado con los tesoros milenarios de Nínive y amenazan con destruir sus murallas porque –dicen- distorsionan el Islam. La UNESCO ya ha advertido de que los extremistas tratan de borrar la historia, porque sin ella desaparece la identidad.

 

Y ¿qué hacemos Occidente? Salimos masivamente a la calle, con razón, tras el atentado a la revista “Charlie Hebdo” en Francia, pero apenas comentamos estas atrocidades. Es un silencio injusto que rompe en ocasiones el Papa Francisco: “Queremos asegurar a cuantos están implicados en esta situación que no les olvidamos, sino que estamos junto a ellos y rezamos insistentemente para que lo antes posible se ponga fin a la intolerable brutalidad de la que son víctimas”.

 

Es tiempo de mirar al futuro, de vencer el odio y la violencia, y sembrar la paz. Ojalá la comunidad internacional deje de mirar para otro lado y tome las medidas necesarias para detener el martirio que tantos hombres y mujeres sufren por el hecho de confesar su fe cristiana. Aportemos nosotros nuestro granito de arena y, como pide el Papa, trabajemos para aliviar los sufrimientos de cuantos padecen esta situación, según las posibilidades de cada uno. El Papa nos propone destinar la colecta del próximo Viernes Santo a los cristianos de Irak y Siria, que han perdido todo y han sido expulsados de su patria.

 

Queridos diocesanos, os pido vuestra ayuda y vuestra oración por nuestros hermanos cristianos que están experimentando una persecución sin límites. El cristianismo se enfrenta a la extinción en estas zonas si no abogamos por ellos.

 

 

Jesús García Burillo.

Obispo de Ávila