Las enseñanzas de Miliki

Cuando a alguien se le pregunta que cuál es su profesión y el que interroga recibe como respuesta “payaso”, quizás se sienta desconcertado si no sabe discernir lo que significa esta palabra, que aunque esté denostada por utilizarse como insulto, es sin duda una de las profesiones más vocacionales que existen. 
Para ser payaso se necesita saber reir y contagiar esta sabiduría al resto de la gente. Para conseguirlo lo primero que hace falta es no tener vergüenza, vestirse de manera inverosímil, con retales de colores, que lo mismo luego destiñen en la lavadora, pero también sabemos que esto puede tener solución con cierto detergente. Una nariz redonda, habitualmente de color rojo, es la principal arma de un payaso, quizás sea un instrumento para no “oler”, para no quedarse en cuchicheos, o simplemente sea una protección para evitar que se las toquen y así estar a salvo de toda crítica demagógica.  

El octogenario Don Emilio Aragón, que recibió la medalla de oro a las Bellas Artes en el Real Monasterio de Santo Tomás de Ávila, puede ser considerado el último de los grandes payasos y llegado este momento en el que ha caído el telón de su función vital debemos preguntarnos ¿qué nos ha enseñado? y ¿para qué nos valen sus enseñanzas? 

Con él hemos aprendido a esperar con ilusión. Son muchas las generaciones, que hoy son niños de treinta y cuarenta años, que esperaban con ilusión que llegase la hora de los payasos en la tele y con ellos un rato de entretenimiento sano y divertido, que se podía compartir con vecinos y amigos frente a una merienda de pan y chocolate.  

Hemos aprendido a ver la vida siempre de forma positiva. Ante la pregunta ¿cómo están ustedes? sólo cabe una respuesta “Bieeeennnnn”, un bien rotundo que podía ser repetido varias veces si no presentaba el suficiente entusiasmo.  

También hemos aprendido a descubrir nuestra realidad y a sentirnos orgullosos de ella. “Mi barba tiene tres pelos” y lo importante, que “si no tuviera tres pelos, ya no sería mi barba”. Y dentro de esa realidad nunca nos tenemos que olvidar de las personas y saludarles alegremente por su nombre “Hola Don Pepito, hola Don José” e interesarse por sus afanes, por sus tareas “así planchaba, así barría,... que yo lo vi.”  

Con Miliki hemos descubierto la importancia de sumar, con los huevos de la gallina Turuleca, que iban de tres en tres, y que hay que dejar acabar las tareas, esforzarnos y dar todo lo que podamos, “déjala que ponga diez”. Además de sumar, otras generaciones posteriores incluso han aprendido a multiplicar, pero nunca a restar ni por supuesto a dividir.   

La canción y la música son medios geniales para transmitir conocimientos, para entretener, para compartir y también sirven para alegrar. Dice el refrán que “quien canta sus males espanta” y en estos momentos en los que todo va pasando de gris a oscuro y casi negro sería bueno recordar a Miliki y volver a poner en prácticas sus enseñanzas, para seguir continuando este viaje o este paseo en un auto nuevo o más viejo, pero donde demostremos que los baches, las curvas, los túneles y el resto de incidencias que nos encontremos en la carretera de la vida son simplemente una oportunidad más para sonreir como lo hacíamos de pequeños.

Gracias Miliki por enseñarnos que hay que tener corazón de payaso para ver el mundo siempre con una sonrisa.

* Uno de los niños de treinta años