Las cuatro fases de un desayuno ideal

Desayuno.

Un desayuno debe ser sano y equilibrado, y contener las calorías recomendadas, pero de una manera ligera y completa.

Para ello hay que comenzar con un buen vaso de agua que active el metabolismo e hidrate desde el inicio del día. Y si beber agua en ayunas no es lo nuestro, se puede añadir limón, naranja u hojas de menta o albahaca para hacerla más apetecible.

 

Es óptimo comenzar con el consumo de una fuente de hidratos de carbono con bajo índice glucémico, para que la energía se libere de forma lenta a lo largo de la mañana. Como ejemplo dos cucharadas de muesli con copos de cereales integrales o de avena, que ayudan a mantener los niveles de azúcar en sangre estables, significan poca grasa y son fuente de fibra y energía.

 

Y, en su versión mediterránea, se puede optar por dos rebanadas de pan con tomate en trozos, que contiene más fibra. A esto se puede añadir un chorreoncito de aceite, con moderación. 

 

Otro producto recomendable es la proteína pobre en grasa, que cumple con el objetivo de fortalecer los músculos. Dos lonchas de jamón ibérico, un huevo cocido o dos lonchas de pavo, son las mejores opciones.

 

Tampoco hay que olvidar la ración de lácteos en un buen desayuno, y las opciones pasan por beber un vaso de leche semidesnatada o desnatada con té, café o cacao, que puede ser bajo en grasa. Y en su defecto se pueden consumir dos yogures naturales, de soja o tipo bifidus, que son poco calóricos pero nutritivos.

 

Otra forma de conseguir energía inmediata es a través de la ingesta de fruta, por sus vitaminas y minerales. Y en contra de lo que hacen muchos, resulta más conveniente consumirla entera en vez de en zumo porque, además de saciar, aporta fibra y regula el tránsito intestinal.

 

El plátano, las uvas y los higos, constituyen una gran fuente de energía para el día y no son tan calóricos como pueda pensarse.