La voz de una calle

No es por presumir, pero hay que reconocer que soy una de las principales calles de la ciudad, quizás la más importante y paseada: la del comercio. Hasta mi nombre tiene alcurnia: DE LOS REYES CATÓLICOS, si bien en mi juventud me llamaban ANDRIN. Sin contar que tengo en mi haber una historia y un abolengo que se remonta a los inicios de la ciudad.

Por tener, tengo hasta una capilla, antigua sinagoga, de la que me siento orgullosa y que ¡POR FIN! acaban de lavarle la cara. Ahora resplandece en toda su austera belleza. Su béllisima y rehabilitada puerta en arco de medio punto atrae las miradas de los que por mi pasean, invitándoles a entrar y pasar directamente al siglo XVI, en la que fue construida.

 

Cuenta la Historia -esa vieja chismosa- que su primer destino fue como sinagoga ya que en mi juventud me hacían la corte un gran número de ricos comerciantes y profesionales judios que en mi calle tenían sus viviendas y establecimientos comerciales. En la actualidad, cuento con dos bancos (no de sentarse, sino de los que te quitan y dan dinero), una cafetería, restaurante, librerías y varios comercios que alegran mis días.

 

Aunque los más importantes para mi son mis actuales vecinos, A LOS QUE QUIERO COMO UNA MADRE. Casi todos son mayores -no tanto como yo-, me respetan y se sienten orgullosos de vivir en el corazón de esta histórica y vieja ciudad, aunque tengan que soportar algunas servidumbres por causa de mi apellido. Porque también yo me he modernizado y ahora tengo un apellido: me llaman PEATONAL.

 

Los años no pasan en balde, me voy haciendo vieja y necesito que me parcheen cada vez con más frecuencia. Pero lo que me han hecho hace unos días clama al cielo. No sé si recurrir a las viejas Hermandades de la ciudad que ponían orden y sensatez a los desaguisados ciudadanos; quizás a la Santa Inquisición o al Tribunal de Estrasburgo, que es lo que se lleva en estos tiempos modernos. Me lo estoy pensando seriamente.

 

Os cuento: Un aciago día profana mis endebles losas un engendro de satanás que llaman grúa. Os juro por San Juan -del que soy vecina y muy amiga- que jamás había conocido en mi dilatada vida un mostruo semejante. Por mi han desfilado Comuneros, manifestantes medievales, procesiones, carnavales y toda clase de protestas con estandartes; pero una grúa que de repente se despereza elevándose arrogante hasta alcanzar mis bellos faroles, ¡nunca lo vi en jamás de los jamases! Bueno, cosas veredes rua. Así pense. Puede que quiera limpiar los cristales de mis farolas empañados de añejo polvo.

 

Pero no. Lo que hizo fue cambiar mis relucientes bombillas, que tan bien me iluminaban en las anochecidas, por otrs que llaman de "bajo consumo", con lo cual cuando se va la luz del día no hay cristiano que vea a dar u paso. Mis vecinos no aciertan ni a meter la llave en las cerraduras de sus casas, hasta los gatos andan desorientaos.

 

Nos han dejado como en aquellos tiempos en que el famoso sereno, con su larga capa, su chuzo y su farol canturreaba las horas: "Ave María Purísima. Las dos en punto y sereno". Mis vecinos y yo estamos pensando en contratarle de nuevo.

 

A estas alturas del siglo XXI me han dejado triste y apagada.

 

Laura Gonzalez Muñiz, Presidenta de Honor de la Asociación de Vecinos Puerta del Alcazar "Zona Centro"