La gubia y el pincel: historia de dos obras de arte

Josemari Manzanares y José Tomás, en hombros tras la triunfal tarde. FOTOS: JORGE IGLESIAS
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José Tomás y Manzanares firman dos grandes faenas, muy distintas, pero rotundas y macizas premiadas con dos orejas. Ambos diestros recogieron además un trofeo menor y Leonardo Hernández no tuvo opciones ante dos mansos.

Tercera de feria. Tarde calurosa con lleno en los tendidos. Se lidiaron dos toros de El Terrón para rejones, mansos y deslucidos, y cuatro de Núñez del Cuvillo  (el segundo como sobrero) de desigual presentación. Excelente el tercero, bueno el cuarto, a menos el segundo y áspero y deslucido el sexto.

 

Leonardo Hernández. Ovación tras escasa petición y silencio.

 

José Tomas. Oreja y dos orejas.

 

Manzanares. Dos orejas y oreja. 

Andaba un tal Jose Tomás en la arena del viejo Coso de Zorrilla cincelando una obra de arte maciza, redonda. Con cada golpe de gubia aquella maravilla iba tomando forma. Los naturales eran tan largos y profundos como una escultura clásica, los adornos y remates barrocos hacían que la monumental obra tomara vida. Pero cuando tan solo quedaba el último detalle, aquel golpe definitivo llamado suerte suprema, la obra se vino abajo; tanto como el lugar donde quedó el estoque.

 

Fue el borrón que nadie deseaba en una pieza inigualable. Pero el artista, el orfebre, volvió a tomar sus herramientas de crear. Y allí que se fue con ceñidas manoletinas para hacer que la obra volviera a tomar forma, que los espectadores de la escultura efímera se olvidarán de aquel pequeño desastre en forma de bajonazo. Ahora sí, el último golpe de gubia fue definitivo, ajustado, certero, en forma de estocada hasta los péndulos y aquella obra artística, fue rotunda, aún lastrada por el clamoroso error con el acero. No importó y el siempre generoso espectador de Valladolid premió (en exceso) aquella faena esculpida en mármol.

 

JT hizo enloquecer a la afición en el que hacía quinto, un cuvillo que aunque salía suelto y despistado tomaba los engaños con suma dulzura. Quitó por caleserinas, adornándose con un afarolado. Y en los medios, tras el brindis, surgieron los estatutarios sin enmendarse, abrochados con un pase del desdén para ir despejando dudas. Pronto y a la zurda. Y los naturales fueron largos, profundos, hondos, toreros, cuajados, sinceros... Una tanda a mano cambiada, dos redondos por la izquierda eternos, fueron el prólogo de aquel espadazo en los bajos (quizá tropezó con una banderilla) que a estas horas ya nadie recuerda.

 

 

JT contestaba así a la faena lírica de un Manzanares que volvió a mostrar su mejor versión en su largo idilio con Valladolid. Fue en el tercero, un toro que protestó en los primeros tercios y que se fue suavizando tanto que fue de dulce, embestida almibarada, para que el alicantino se emborrachara. Si el de Galapagar esculpió con verdad y rotundidad, Josemari hizo de su faena con las telas un lienzo con pinceladas sutiles, pero sublimes. Naturales con tanto empaque que se convierten en trazos profundos, hondos y de un color cobre viejo. Cada pincelada, cada muletazo, remataba en la cadera y Aguaclaro volvía a repetir, pronto, humillando, recorriendo todo el trayecto que dibujaba la tela. El cambio de mano fue larguísimo, todo un mundo desde el embroque hasta el remate.

 

Y la gente feliz por ser testigo de cómo el Coso de Zorrilla se convertía en un improvisado estudio de arte, donde surgía la belleza, con las musas revoloteando sobre los artistas que vestían de luces. La espada recibiendo fue un cañón para que aquel precioso lienzo fuera premiado con los dos trofeos  y una clamorosa vuelta al ruedo.

 

Hubo tiempo para otras dos faenas de menor importancia, prácticamente dos bocetos. La del segundo, un sobrero que fue a menos hasta rajarse, donde Tomás dejó detalles de lo que vendría más tarde. A punto estuvo de prenderle en el saludo capotero, rodilla en tierra, con el percal hecho unos zorros, y momentos de apuro en la estocada, donde el madrileño salió airoso corriendo de espaldas, casi como el Fandi tras un para de rehiletes (salvando las distancias claro). Una oreja (menor).

 

No se acopló Manzanares al último, un toro más áspero y menos claro. Alargó en exceso pero nunca se fajó con el cuvillo. Una espada certera hizo que un público lanzado pidiera una oreja que el palco (de la plaza de un pueblo) concedió a regañadientes.

 

 

EL DUDOSO INVENTO DE LA CORRIDA MIXTA

 

El invento de la corrida mixta, por delante fue Leonardo Hernández, no sólo no funcionó sino que a punto estuvo de echar al traste una triunfal tarde. El rejoneador pechó con dos mansos de Luis Terrón, especialmente el infame cuarto, que enfadó al público, a esas horas ansioso porque saliera un tal José Tomás a esculpir en directo una obra de arte sobre el albero del viejo coso de Zorrilla.