La comercialización de la maternidad

Por Ana Cristina Villa Betancourt

 

La terrible tragedia del terremoto en Nepal produjo muchos titulares periodísticos escalofriantes, y en medio de ellos, quizá pasó desapercibido uno; se trataba de la rapidez con que fueron evacuadas las numerosas parejas homosexuales que se encontraban en ese país en el proceso de alquilar un vientre y obtener un bebé. La noticia llamó la atención brevemente en los medios internacionales, después desapareció. El ruido que producen estas noticias hace luz sobre un fenómeno en rápido crecimiento: parejas de países pudientes contratan la producción de bebés a través de agencias de reproducción que ofrecen sus servicios gracias a mujeres contratadas en países pobres, ofreciendo todas las garantías del mejor marketing, produciendo ingentes ganancias. Los eufemismos intentan esconder la realidad: se les llama “viajes de maternidad sustitutiva”. Si se paga extra se puede seleccionar el sexo del bebé, se obtienen exámenes genéticos de los embriones. El costo total al final del proceso se acerca a las decenas de miles euros. Los eufemismos a duras penas logran esconder la realidad: se trata de un nuevo rostro de la esclavitud; se hace negocio a partir de un enorme vacío en las legislaciones nacionales e internacionales. Se mercantiliza la maternidad.


Según el informe Surrogate Motherhood – Ethical or Commercial publicado en 2014 por el Centre for Social Research de India, se trata de un abuso evidente aun considerando solamente el punto de vista comercial. La madre subrogada gana entre el 1 y el 2% de lo que los padres pagan por ese hijo. Este aspecto económico permite evidenciar la realidad: una verdadera compraventa de seres humanos, esclavización de mujeres y comercialización de niños apenas nacidos. Existen fuertes argumentos a favor de una regulación legal de esta práctica para evitar abusos. Pero cabe preguntarse: con una mayor regulación legislativa, ¿se resuelven las cuestiones éticas que esta práctica comporta?


Por eso parece importante dar relevancia a las preguntas que nadie quiere hacerse. Primero, ¿qué sienten esas madres? Segundo, ¿qué pasará en el futuro con esos niños, cuando conozcan su origen?


En el ya citado informe publicado en India, se preguntó a varias mujeres que practican la maternidad subrogada sobre sus sentimientos cuando el bebé es entregado a la pareja que lo encargó. La mayoría rehusaron responder. En efecto, el contrato establecido entre los “clientes” y la “madre portadora” aclara que ésta última se desvinculará totalmente del destino de los niños que porta en su vientre, a los que no considerará sus hijos, para evitar indeseables interferencias en la vida familiar de los clientes. Existen distintos tipos de cláusulas de anonimato que garantizarían la tranquilidad de todos (¡los adultos!) comprometidos en el proceso. Así, la madre subrogada deberá esforzarse por vivir su embarazo en la indiferencia, insistiendo en el pensamiento de que no es su hijo. Además, por contrato, debe aceptar las exigencias de aquellos a quienes, literalmente, ha cedido todo derecho sobre su útero. Si el niño presenta malformaciones o no es del sexo correcto, está obligada a abortar.


Parece interesante trascribir el testimonio de Natasha: «tengo veintinueve años, estoy casada hace once y tengo un hijo de nueve […] Soy una máquina perfecta para procrear; no lo digo yo, me lo repiten los médicos de la clínica Biotexcom de Kiev […] tengo sólo un hijo que es la alegría más grande de mi vida. Los otros que he traído al mundo son hijos de otros. No me acuerdo ni el día en que nacieron ni si eran niño o niña, ni cuánto pesaban. No me interesaba y no me interesa. Estos niños no tienen nada de mí, no tienen mi DNA, no serán educados por mí. Solamente los he dado a la luz, he ayudado a quien naturalmente no podía hacerlo»1.


¿Es posible que no sienta su dignidad pisoteada cuando la llaman “máquina perfecta para procrear”? ¿Creerá de verdad que su gesto es una ayuda para otros, aún a costa de su propia dignidad? ¿Será cierto que no le interesa cuando nacieron estos niños ni qué futuro tendrán? ¿Será auténtica su indiferencia? ¿Qué sentirá Natasha cuando algún día, alguno de esos hijos sí se interesará por conocerla?


La segunda gran cuestión es, ¿qué pasará en el futuro, con esos hijos, cuando sepan de su origen? ¿No querrán conocer a la mujer que por nueve meses acogió su vida naciente? ¿No querrán al menos decirle “gracias”? ¿No sentirán que ella es parte de sus vidas?


Aquí podemos ir al testimonio de Alana, nacida gracias a la donación de esperma, educada por una pareja homosexual femenina: «Mi padre aceptó dinero y prometió no tener nada que ver conmigo. Mi madre fue encantadora y la he amado profundamente siempre, como ella me ha amado a mí. Pero mi camino ha sido una batalla contra el vacío que me ha dejado la ausencia de mi padre y una dificultad particular para comprender la diferencia entre lo sagrado y lo comercial, la explotación y la cooperación.»2


¿Es justo traer niños al mundo privándolos del sentido de pertenencia, dotándolos desde el inicio mismo de sus vidas de una herencia complicada, de una nostalgia permanente por saber quiénes son, de preguntas sin respuesta sobre su origen? Algunos resuelven estos dilemas proponiendo que los padres sean “honestos” con los chicos desde el inicio, que no les oculten su origen; y quizá esto es mejor que esconder la verdad, pero no cura la nostalgia.


Estamos en un mundo complejo, donde los seres humanos ya no aceptamos nuestros límites, donde nos sentimos capaces de todo y nos abrogamos el derecho de hacer lo que queremos. Una humanidad enferma por un desbocado sentido de omnipotencia, sin puntos de referencia a los que mirar para saber qué está bien y qué está mal. Como bien predijo Nietzsche, una vez que hemos cortado con nuestro Creador, es como si hubiéramos borrado el horizonte, desprendido la tierra del sol, como si estuviéramos cayendo incesantemente, inciertos si hay arriba y abajo… vagamos perdidos en la infinitud de la nada3.


Es aquí que se vislumbra la urgencia por trabajar por una “ecología humana” que preserve la humanidad de estos delirios de omnipotencia, que afirme el derecho de un niño a nacer del amor de sus padres, un padre y una madre. Una “ecología humana” que nos ayude a recuperar nuestro lugar de creaturas, hijos todos de Dios Padre que nos ama y nos perdona; y que nos permita recuperar el estupor de acoger el don de la vida.

 

* Directora de la sección "Mujer" del Pontificio Consejo para los Laicos. Artículo publicado con motivo de las Jornadas sobre "Mujer y Familia" de la Cátedra de Estudios de la Mujer de la Universidad Católica de Ávila.


1 Tomado de: http://27esimaora.corriere.it/articolo/la-storia-di-natasha-madre-surrogataquesti-figli-non-hanno-niente-di-me/ último acceso: 12 de mayo de 2015.


2 Tomado de: http://thefederalist.com/2015/03/19/we-are-synthetic-children-and-we-agree-with-dolce-gabbana/ último acceso: 12 de mayo de 2015.


3 F. Nietzsche, Die Fröhliche Wissenschaft, número 125.

 

Fuente www.laici.va