Inmaculada Concepción de María

Recién iniciado el adviento, camino de esperanza y preparación a la venida del Señor, celebramos la solemnidad de María Inmaculada. Cualquier fiesta que honre a nuestra Madre es motivo de alegría, pero quizás ésta, por celebrarse en un tiempo tan singular y por sus connotaciones históricas, reviste unas características que la hacen especial.

San Juan Pablo II hacía perfecta síntesis de este acontecimiento al referirse a la Virgen María «como la Estrella que nos guía por el cielo oscuro de las expectativas e incertidumbres humanas, particularmente en este día, cuando sobre el fondo de la liturgia del Adviento brilla esta solemnidad anual de tu Inmaculada Concepción y te contemplamos en la eterna economía divina como Puerta abierta, a través de la cual debe venir el Redentor del mundo».


María, desde antes de la creación del mundo, ha sido configurada por Dios como tierra arada y fecunda, tierra buena que dará como fruto al Amor. María es la predestinada a albergar en su vientre la salvación del mundo y a asociarse con su Hijo en la obra de la Redención. La mujer fuerte, que en la soledad y el silencio de su corazón engendró la Palabra, antes ya la había recibido; sólo faltaba que esa Palabra germinase en su vientre regada por el Espíritu Santo y fuese asumida como propia por su íntima disposición: “hágase en mí según tu palabra”.


María es modelo que anima y acompaña el peregrinar de la Iglesia y de la humanidad, que lanza un mensaje de fe y esperanza ante las complejas situaciones que nos salen al paso, ante las mil vicisitudes que acontecen en nuestra vida, los graves problemas económicos y sociales por los que nuestra sociedad atraviesa. María Inmaculada es en todo momento «descanso para los que trabajan, consuelo de los que lloran, medicina para los enfermos, puerto para los que maltrata la tempestad, perdón para los pecadores, dulce alivio de los tristes, socorro de los que rezan».


En un mundo azotado por la desesperanza, en el que tantas familias se ven privadas de lo esencial, y los jóvenes observan con desconfianza un futuro incierto por la ausencia de expectativas, María aparece como madre, con todo lo que la maternidad lleva consigo de cuidados, cariño, alimento o ternura. Vivir junto a ella es paladear la esperanza y volver el corazón a Jesús. Transformar el mundo pasa, necesariamente, por transformar el corazón. En eso María es también maestra. Nos dice el papa Francisco que «la Virgen no se alejó nunca del amor hacia Dios, toda su vida, todo su ser es un sí a Dios». Su docilidad, su humildad, su confianza en que Dios no la había de abandonar, encuentran eco en nuestra vida, cargada de cansancio y preocupación.


«¡Alégrate María!» ¡Alégrate! es la invitación que el Señor nos hace hoy a nosotros. A pesar de las dificultades, de las contrariedades, el Señor nos llama a la alegría. María sabía que sólo apoyada en Dios sería capaz de llevar a cabo la misión que le había encomendado; hagamos nosotros hoy ese gesto audaz de abandonarnos en manos de Aquel que sabemos nos ama. De ahí nace el profundo gozo, la paz del corazón: de la entrega que, con María, hacemos de nuestro ser al Señor de la Vida.


En el año Jubilar, Teresa de Jesús nos dice, como a sus hijas: «Más bien sabe su Majestad que sólo puedo presumir de su misericordia… No tengo otro remedio sino llegarme a ella y confiar en los méritos de su hijo y de la Virgen, madre suya, cuyo hábito indignamente traigo y traéis vosotras. Alabadle, hijas mías, que lo sois de esta Señora verdaderamente, y ansí no tenéis para qué os afrentar de que yo sea ruin. Pues tenéis tan buena Madre, imitadla y considerad qué tal debe ser la grandeza de esta Señora y el bien de tenerla por patrona».


Bajo la protección de María Inmaculada pongo a nuestra Diócesis y a cada uno de vosotros.