Gotarrendura en la biografía de Teresa de Jesús

Por Mari Luz González Canales

Una persistente tradición oral ha vinculado históricamente a Gotarrendura con la cuna de Santa Teresa. Esta creencia, reafirmada por el padre Efrén de la Madre de Dios en su biografía crítica de 1951, reavivó la polémica sobre el lugar natal de Teresa, que aún perdura en nuestros días.

 

Pese al empeño de la capital abulense y de los carmelitas por excluir a esta pequeña población de cualquier protagonismo teresiano, lo cierto es que ningún trabajo posterior al del padre Efrén ha conseguido eclipsar su hipótesis: “Nuestra conclusión no se pronuncia definitivamente por Gotarrendura… Solo decimos y volvemos a decir que el hecho del nacimiento de la Santa en el lugar preciso de su casa de Ávila, no está suficientemente demostrado, y da lugar a la hipótesis, de que hubiera nacido en otro lugar, entre los cuales lugares posibles nos inclinamos nosotros por Gotarrendura” (“Una simple defensa”, en “Santa Teresa de Jesús”, 1954).

 

La relación biográfica de la Madre Teresa de Jesús con esta pequeña aldea de la comarca de la Moraña, donde se encontraban los bienes raíces de su familia, es muy estrecha. Teresa fue la tercera hija del segundo matrimonio del toledano don Alonso de Cepeda con doña Beatriz Dávila de Ahumada, oriunda de Olmedo (Valladolid). Sus padres se casaron en Gotarrendura, por entonces una aldea de “85 vecinos, (y) 350 almas”, donde radicaban los bienes dotales de Dª Beatriz. Allí su abuela materna, Dª Teresa de las Cuevas, había heredado “grandes posesiones de casas y renteros”, fruto de las capitulaciones matrimoniales de su marido en 1487. Según declaraciones de algunos aldeanos en el Pleito testamentario de D. Alonso de 1544, los 600.000 maravedís con que estaba dotada la carta de arras de Dª Beatriz (Ávila, 14 de noviembre de 1509) incluían algunas de estas propiedades territoriales, a las que se añadieron otras al morir su hermana María, de tal modo que, sólo en ganado, don Alonso ya tenía, recién matrimoniado, un hato de carneros y ovejas que reunía “más de dos mil cabezas”, las cuales solía traer a pastar a Gotarrendura.

 

Posiblemente fue el amor de abuela hacia su nieta homónima, con quien compartió los primeros meses de vida en esta aldea, lo que llevó a Dª Teresa, llamada “la señora de Gotarrendura”,  a donar este patrimonio a sus dos hijos supervivientes (Juan y Beatriz) apenas se quedó viuda, “de suerte que en el reparto sea doña Beatriz mejorada en tercio y quinto” (Olmedo, 22 de febrero de 1516). Una herencia valorada en 278.000 maravedís que constaba de “un prado de heno e cinco obradas de tierra de vega e mas otras dos obradas de vega e unas casas texadas e tres aranzadas de viña, todo en el lugar e termino de Gotarrendura”. Una situación económica apurada de don Alonso llevó a su suegra a vender sus posesiones en Olmedo para que el matrimonio pudiese ampliar su hacienda; un dinero utilizado en los años 1518, 1520 y 1522 para la compra de nuevas casas, terrenos, viñedos y un “muy buen palomar” en el término de Gotarrendura y Guaraldos.

 

Según reconoce el padre Efrén, en la aldea de Gotarrendura tenían lugar las celebraciones y acontecimientos importantes de la familia. Aquí tuvieron lugar, por ejemplo, los esponsales y velaciones de los padres de Teresa cuando contaban 29 y 14 años. Tras su matrimonio en Ávila, don Alonso fue apercibido de impedimento de afinidad entre sus dos esposas (era viudo reciente de Dª Catalina del Peso, prima lejana de Dª Beatriz), por lo que incurría en falta de excomunión. Los cónyuges permanecen separados hasta la obtención de la dispensa papal (17 de octubre de 1509) que les autoriza a “que permanezcan en dicho matrimonio y se puedan velar in facié Eclessiae”. Es entonces cuando el rentero Juan Jiménez acudirá a recoger a Dª Beatriz y a su madre a Olmedo para traerlas a la iglesia de Gotarrendura, donde, según el testimonio del sacristán y de varios aldeanos, se celebraron las velaciones con la solemnidad de un banquete de bodas.

 

El padre carmelita señala la costumbre nobiliaria de casarse en sus fincas campestres como la causa de la elección de Gotarrendura para marco del festejo. Los aldeanos vivieron como un gran acontecimiento social la organización de un banquete nutrido de convidados de alcurnia, a cuyo festín fueron democráticamente invitados (“y comió gallinas de la boda”, Juan Jiménez) a la par que admiraban los carísimos oropeles de la novia, regalo de don Alonso para la ocasión: “iba muy ricamente vestida en seda y oro” (Alonso de Venegrilla).

 

El padre biógrafo argumenta el nacimiento de la Madre en Gotarrendura en base a que la familia de Santa Teresa solía pasar la temporada de invierno en dicha aldea, pero sobre todo por el testimonio del rentero Juan Jiménez, quien, con motivo del Pleito testamentario de 1544, declara que “este testigo vio nascer dos (hijos) de ellos (los padres de Teresa) por vista de ojos, y estando este testigo con los sobredichos, nascieron todos los demás”. Resulta plausible conjeturar que sólo pudo haberlos visto nacer “donde él estaba, que era la casa de Gotarrendura”.

 

La estrecha vinculación de Juan Jiménez con la familia de la futura santa y su presencia física en los partos de Dª Beatriz, otorgan credibilidad a sus palabras. A ello debemos unir las declaraciones del octogenario Juan Bueno en dicho Pleito, quien afirma que todos los hijos de doña Beatriz, salvo Juana, “han estado e se han criado en el dicho lugar de Gotarrendura”, por lo que se comprende la reafirmación del padre Efrén en que “la hipótesis del nacimiento en esta aldea merece todos los respetos de un historiador imparcial”.

 

Asimismo, es innegable el papel de Gotarrendura en la infancia de Teresa, dado que la familia en raras ocasiones abandonó la casa señorial de esta aldea para trasladarse a Ávila con anterioridad a la muerte de Dª Beatriz. Por ello no sorprende que el padre Efrén sitúe la famosa “huerta que avía en la casa” (Libro de la Vida) en la amplia huerta de regadío con pozo y noria de esta finca campestre; un lugar más proclive a los juegos de ermitaños de Teresa y su hermano Rodrigo que el pequeño huertecillo de la casa familiar abulense. En una recreación contextual, el padre biógrafo llegó a identificar la posible autoría de ambos hermanos en unas rayas de cruces,  altares y nombres de Jesús y María pintadas en las tapias del palomar, con hechura típica del siglo XVI.

 

Con trece años, Teresa presencia el fallecimiento de su madre en Gotarrendura, a los pocos meses de haber dado a luz a doña Juana y tras haber hecho testamento en la aldea el 24 de noviembre de 1528. Dª Beatriz, de treinta y tres años, será despedida con tristeza por los aldeanos, algunos de los cuales velaron su cadáver (Alonso de Venegrilla: “porque este testigo se halló presente en el lugar de Goterrendura, quando la dicha doña Beatriz murió…”) y la acompañaron hasta Ávila cuando Juan Jiménez transportó su cadáver a la iglesia de San Juan en una carreta de bueyes. Allí será enterrada en secreto, según su expreso deseo, tal y como atestiguan en el Pleito de 1544 el sacristán de Gotarrendura, Sebastián Gutiérrez, y Juan Bueno, entre otros aldeanos.

 

Don Alonso no volvió a residir largo tiempo en Gotarrendura, quedándose al cargo de estas propiedades el hacendado Don Alonso González de Venegrilla, pariente lejano de Dª Beatriz, casado con la hermana de su rentero, Catalina Jiménez. Este hijodalgo gotarrendurense se ocuparía de administrar el ruinoso patrimonio que heredaban los Cepeda y Ahumada. Ausentes sus hermanos varones en América, será la Madre Teresa quien se desvele por salvaguardar la hacienda que don Alonso había aniquilado, empobrecido por las obligaciones y desgracias familiares, los sucesivos pleitos de hidalguía y sus desaciertos empresariales.


Desde su encierro monástico, preocupada y condolida por las penurias de su progenitor, la Madre recurrirá a las fianzas de su tía Elvira y a los préstamos directos o bien por intermediación de los Venegrilla, para demorar en lo posible el desastre financiero de don Alonso, cuya falta de solvencia económica le hacía vivir de prestado. De hecho, en 1532, D. Alonso tuvo que hipotecarse para casar a su hija María con don Martín de Guzmán, y en 1536 tampoco le fue posible completar la dote de presente cuando ella profesó en La Encarnación.

 

El 31 de octubre de 1536, tres días antes de que Teresa tomara los hábitos, Don Alonso se obligaba en escritura a dar “en dote (o en renta anual) y para (su) alimento y sustentación veinticinco fanegas de pan de renta, por mitad trigo e cebada, en heredad que lo rente en el lugar e término de Gotarrendura;…” o, a falta de cereales, doscientos ducados (su importe en metálico). Fallecido su padre, será su cuñado D. Martín de Guzmán se ocupe de esta entrega de dote anual al granero de la Encarnación, en tanto que Venegrilla se encargará de cuidar el palomar entre 1546 y 1549 por 4 ducados anuales. Así lo demuestran varios cartas de la Madre en las que le solicita el cebo de las palomas, el envío de palominos para avituallamiento del monasterio o el abono al bracero de Gotarrendura que le trae las fanegas de trigo al convento.

 

Además del famoso Palomar que tanto ocupó y preocupó a la Madre, poseyó otras propiedades en Gotarrendura, por donación de su padre y hermanos, herencia o por la legítima materna, con mayor probabilidad.  Toda o parte de esta hacienda estuvo hipotecada, vendida o comprometida por D. Alonso, hasta que llegó el momento de zanjar esta embarazosa situación. Sin ir más lejos, el inmueble  cercado de la casa y palomar estaban hipotecados por Cabildo de la Catedral de Santiago a consecuencia de las deudas contraídas por D. Alonso durante los años 1505 a 1507 como arrendador de la parte que correspondía a la catedral abulense por los votos de Santiago Apóstol.


Puesto que los bienes familiares de Gotarrendura servían tanto para mantenimiento de La Encarnación como para la futura fundación del convento de San José, la Madre recibió órdenes superiores de resolver cuanto antes todo este embrollo. En una carta dirigida a su tía Elvira (6 de julio de 1541), le insta a “arreglar (junto con D. Alonso) el negocio de lo de Gotarrendura”, consistente en saldar las deudas paternas de fiadurías: “asi, que (con) harta pena, tengo que pedir á vuestra merced ayude á terminarlas presto, poniendo en ellas todo lo dado por vuestra merced y lo recibido de la esposa del Señor Venegrilla”. Un documento posterior registra como los ingresos de lo debido a don Alonso por arrendamientos y enajenaciones a buena cuenta permitirán ir liquidando estas deudas pendientes con Dª Elvira y con Catalina Jiménez.

 

El 24 de diciembre de 1543 muere en Ávila el padre de Teresa, y la apertura de su gravoso testamento dará lugar a un largo y enjundioso pleito entre más de cincuenta acreedores y sus herederos. Estos últimos, tras repudiar la herencia, acabarán impugnando el fallo de la sentencia (1548) por recibir con ella más cargas que beneficios. La Madre, en su papel de albacea testamentaria, intentará poner coto al  sonado pleito familiar que con el pretexto de la administración testamentaria del curador D. Pedro Rengilfo, sostuvieron sus dos cuñados, Juan de Ovalle y Martín de Guzmán, representando a sus respectivas mujeres (Juana de Ahumada y María de Cepeda), para rescatar del peligro inminente de acreedores las legítimas maternas.
Los Procuradores de los hermanos Cepeda y Ahumada pretendieron salvar cuando menos los bienes radicantes en Gotarrendura, pero el 11 de julio de 1544 D. Martín fue designado administrador de los mismos por el Gobernador de Ávila. Su actitud mezquina en el proceso, alentando la ambición desmedida de su esposa, amañando una sentencia favorable  hacia ella y reclamando un crédito del que era responsable solidario al provenir de negocios a medias con su suegro, llevó a su cuñado D. Juan a acusarle de mala administración del patrimonio de D. Alonso. La Madre Teresa, enfadada por el ultraje familiar de la memoria paterna,  resolverá finalmente el litigio  solicitando un donativo a su hermano Lorenzo en una carta de 23 de Diciembre de 1561: “Las casas de Juan de Centura (Goterrendura) aún no están vendidas, sino recibidas trescientos mil maravedís Martín de Guzmán de ellas, y esto es justo se le torne.”

 

El 15 de octubre de 1544 el Tribunal testamentario interroga a seis vecinos de Gotarrendura para que den testimonio, entre otras cosas, sobre los bienes que poseía Dª Beatriz en la aldea y que dejó en herencia a sus hijos. Por las declaraciones de Juan Bueno, Juan Ximénez, Bartolomé Gómez, Andrés García, Sebastián Gutiérrez y Alonso de Venegrilla poseemos noticia de primera mano de todo lo acontecido en Gotarrendura con la familia de Cepeda y Ahumada. Según tales testigos, los bienes dotales de Dª Beatriz en la aldea eran dos yugadas e media de heredad, “casas con una cerca, en que están hechas dos moradas”, “cuatro prados” (heredados por Dª Beatriz durante su matrimonio, y no dotales), tres majuelos de viña, y “una cerca con un palomar en ella”, tasada a la baja por encontrarse aquel año mal poblado de palomas. El sumatorio de todos estos bienes, libres de censo, ascendía a 210.000 maravedís más los 75.000 del palomar (equivalente a 200 ducados).


Cuando en junio de 1549 se hizo inventario y partición de los bienes familiares, en la liquidación de la herencia de D. Alonso ya faltaban dos prados y tres majuelos de viña vendidos por éste, así como tres cuartillos de heredad (uno de ellos vendido por Martín Guzmán al licenciado Vergara, y los otros dos en posesión de las iglesias abulenses de San Juan y San Vicente). Deducidos los bienes dotales de ambas esposas tras la sentencia del pleito testamentario, el escaso dinero restante (29.895 maravedís) fue a parar al Deán y Cabildo de Ávila como acreedores. En dicho inventario también se hace mención de los bienes muebles “que están en las casas de Gotarrendura”, algunos de los cuales fueron a parar al monasterio de la Encarnación (dos tablas de imágenes para las monjas y dos colchones de lienzo para su hermana Dª Juana, por aquel entonces educanda en dicho monasterio).

 

Finalmente, la Madre venderá la cerca del palomar de Gotarrendura, obligada por la penuria extrema en que se encontraba el recién fundado monasterio de San José. La cédula de compra-venta señala el domingo de Cuasimodo (11 de abril de 1563) como la fecha de su entrega a Juan de San Cristóbal “en cien ducados libres de décima y alcabala en tres plazos…”. Hiciera la compra para sí o en representación de Venegrilla, éste último aparece como su dueño en el Libro de aniversarios de la parroquia de Gotarrendura de 11 de Mayo de 1628, que recoge una manda piadosa de su testamento (año 1599) consistente en un censo con cargo al palomar y la cerca. Este inmueble fue heredado por su esposa y después por el sobrino de ésta, pasando por numerosos propietarios hasta que en 1837 D. José Barnuevo realizó su primera inscripción posesoria en el Registro de la Propiedad de Ávila. Tras sucesivos propietarios particulares, el último reducto heredado de todo el peculio familiar de los Cepeda y Ahumada (“Una casa llamada Palacio con su cerca y Palomar…”) acabó en manos de los colonos del pueblo en 1926. Dos años más tarde, la subasta del Palomar recayó en manos de la familia De Juan, que, con el paso del tiempo, se hará dueña de toda la finca a base de permutas, convirtiendo el solar de la vieja Casa-Palacio en una granja avícola con jardín en 1945.

 

Según D. Bernardino de Melgar y Abreu, Marqués de San Juan de Piedras Albas, en 1915 todavía se conservaban las ruinas del palacio de doña Beatriz, “cuyos sillares de cantería sirvieron en el año 1800 para la reconstrucción de la fachada de la iglesia,…y junto á las ruinas, la cerca con el palomar y los restos de una noria para abastecimiento de los jardines del que fue palacio”. En la actualidad, el palomar se encuentra restaurado y el único resto que queda de la vivienda es un capitel del pórtico de la Iglesia parroquial de San Miguel Arcángel, patrón del pueblo por quien sentía enorme devoción la Madre Teresa.

 

La denominación de “Palomarcicos” a sus fundaciones conventuales nos demuestra el gran amor y constante recuerdo que guardaba la Madre Teresa de su palomar. De ahí que en 1982, los últimos dueños del recinto cercado decidieron donar el Palomar a SS. Juan Pablo II con motivo de su visita a Ávila durante el IV centenario teresiano. Ante la imposibilidad de gestionar su custodia desde Roma, se puso en manos de la Nunciatura Apostólica. Y, declarado Bien de Interés Histórico, a tal fin se creó la “Asociación amigos del Palomar”, encargada de difundir y promover su legado a través de un museo teresiano y de diversas actividades culturales.