Gélida vergüenza

Dijo Castelao que “la vergüenza es peor que el hambre”. Y en España, por mucho que la dignidad que aún nos resta como pueblo nos obligue a mirar para otro lado, tenemos mucho de lo segundo, gracias a la crisis y, por idéntico motivo, toneladas de lo primero.

El bochorno nos empapa los huesos y alcanza ya la médula. Y cada vez es más difícil sacárselo de encima. La tiritona democrática a la que nos somete esta intemperie de fraudes, denuncias, sobres, amnistías, rescates y comportamientos antagónicos de lo que debiera ser la ‘res publica’, no encuentra calor al que arrimarse para coger temperatura.

 

A los españoles la crisis, el descreimiento en la clase gobernante y nuestra propia inconsciencia ya nos lo habían quitado casi todo. Ayer nos hemos quedado sin el único abrigo que nos quedaba: la confianza en que la verdad pudiera estar aún por encima de todo eso.

 

El último frío del norte nos ha sobrevenido, por mucho que la mayoría lo esperásemos, con la comparecencia del presidente Rajoy ante la ejecutiva del PP. Y, efectivamente, nos ha dejado helados. Nos merecíamos calor y verdad. Pero nos vimos sentados a comer de nuevo la sopa fría de la acción política más delirante de la última etapa, a la que únicamente podría hacer sombra aquella otra de “¿crisis, qué crisis?”, firmada por Zapatero.

 

Desde que estallara el caso Bárcenas había una lluvia de preguntas arreciando contra los muros de Génova. Tantas que empezaban a colarse en reguero por la puerta del presidente del Partido Popular. Y la solución del señor Rajoy ha consistido en enjuagarlo todo con una fregona de una sola respuesta: ‘Es falso’. Y, junto a ésta, una sarta de ‘excusatios non petitas’ y de incongruentes promesas.

 

¿Cómo es posible vender la “transparencia total” cuando te has encerrado en una habitación con tus amigos para evitar el juicio público obligatorio que supone comparecer ante los medios de comunicación? Pecata minuta en cualquier caso cuando dos días antes has hecho lo mismo en el Congreso, la cámara ante la que un presidente está obligado a dar explicaciones a sus ciudadanos, y has evitado cualquier aclaración.

 

Si ya partíamos de esa casilla de salida, el resto del juego tenía un desenlace previsible: autojustificación, autoafirmación, autoindulto y autobombo. Tan lejos como cabía esperar de la autocrítica, pues eso hubiera sido reconocer el problema. Qué errado planteamiento cuando la mayoría de las afirmaciones del propio presidente estaban dando a entender precisamente eso: tenemos un problema, pero vamos a enterrarlo, porque querer solucionarlo sería lo mismo que admitirlo. Cuando un hombre estúpido hace algo que le avergüenza, siempre dice que cumple con su deber”, escribió el nobel G.Bernard Shaw. ¿Da qué pensar, no creen?

 

Para decir lo que ayer escuchamos por boca de Rajoy no había hecho falta esta puesta en escena ni este retardo en los tiempos. Para sostener que lo que dicen El País o el Mundo es falso, se sale al minuto siguiente, y se demuestra dos minutos más tarde. Porque si necesitas varios días para responder… malo.

 

Idéntico tropiezo el de prometer colgar en la web de Moncloa las declaraciones de renta y patrimonio dentro de una semana. ¿Cuántos de ustedes tardarían más de una hora en encontrar estos mismos papeles en su casa y ponerlos a disposición de una repentina o urgente solicitud?

 

Llegados este punto, muchos de ustedes se preguntarán porqué no conformarnos con el concluyente “es falso” de Rajoy, abanderar el principio de presunción de inocencia y esperar a que la sea la justicia quien ponga luz a todo este asunto. Cierto, eso sería lo sensato, lo que las normas de juego que nos dimos hace 35 años dictarían. Lamentablemente los mismos que ahora desearíamos que este bochornoso espectáculo se solventara de esta manera estamos viviendo desde hace años la imposición sangrante de nuestra clase política de que las normas se manejan a conveniencia de quien gobierna.

 

Y en esto, como en casi todo, vale el famoso “o jugamos todos o se rompe la baraja”. Si los que ahora reclaman el arbitrio judicial miran hacia atrás verán múltiples ejemplos de que quienes nos gobiernan se han pasado este principio ‘por el forro’ día sí y día también. Pero no sólo este, sino los relativos a la justicia social, al inalienable derecho a la vivienda y al trabajo, a la defensa del más débil, y un largo etcétera de marcos de convivencia que la Constitución nos regaló y que ellos han convertido en palabras vacías y utopías escritas en tinta con fecha de caducidad.

 

No olvidemos, además, que estamos hablando de un presidente del Gobierno. Que la mujer del César no sólo debe ser honesta, sino también parecerlo. Que a éste y a los anteriores les conferimos la facultad de gobernar para beneficio de todos y el resultado siempre fue el lucro de unos pocos. Que les facultamos para solucionar nuestros problemas y nos obsequiaron con rescates bancarios para unos y desahucios para otros. Con amnistías fiscales para los de un lado y asfixiantes impuestos para todos los del otro. Con eliminaciones de pagas extras para los funcionarios e indemnizaciones multimillonarias para aquellos que convirtieron las cajas de ahorro en cenizas…

 

Amarga es la pena que nace de la vergüenza, asumió Séneca, y a los españoles este período, oprobioso como pocos, nos está resultando amargo, muy amargo.