¡Feliz Navidad!

Con estas dos palabras, queridos diocesanos, nos saludamos cuando nos cruzamos por la calle, o cuando escribimos un mensaje de felicitación. Nos saludamos en realidad mandándonos un mensaje de Navidad: queremos expresar realmente nuestro deseo de que en estos días seamos felices de un modo especial, distinto al del resto del año

Sabemos que no es fácil, y especialmente para algunas o muchas personas, pero no queremos dejar de expresar ese deseo. Decir “Feliz Navidad” no es un saludo convencional, sino un saludo de esperanza, para no quedarnos en las tinieblas de la soledad, del pesimismo, de la violencia, del hambre, de las injusticias, de los odios, del desempleo, de la pobreza económica, intelectual, espiritual, del pecado y, sobre todo, en la tiniebla del “sin sentido de la vida”.

 


Hoy la Virgen está de parto. Todavía no ha nacido Jesús y sin embargo, ya antes de nacer Él es el Salvador. Lo anunciaba Isaías como signo de un mundo nuevo: el Dios que viene a salvar a su pueblo está todavía en el vientre de su madre. También lo anuncian, y definitivamente, los evangelios: Mirad, la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa “Dios con nosotros”. La señal del futuro Salvador es el seno de María, que está encinta. Todavía no ha nacido, pero en su regazo está el Dios con nosotros, el que no nos abandona en medio de nuestra soledad.


Entre tantas luces, villancicos, adornos, cenas y regalos, se puede llegar a perder el sentido de la Navidad. La publicidad y el consumo desmedido pueden empañar nuestra mirada y cerrar nuestro corazón a la verdad de este gran acontecimiento que recordamos cada diciembre: el hecho gozoso de que Dios ha querido hacerse hombre, que quiere estar con nosotros y permanecer a nuestro lado como guía en el camino de la vida.

 

Celebrar la Navidad es recordar cómo Dios se adentra en nuestras vidas como una pequeña luz de amor y de paz, algo que no debemos olvidar nunca y que hoy parece querer ser oscurecido por el brillo de las luces navideñas, las compras, los regalos y tantas otras cosas que hacen que el Niño Dios quede olvidado en un rincón de nuestras vidas, mientras otras cosas ocupan el lugar que Dios debería ocupar. «La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió» (Jn 1, 5), nos dicen el evangelio de Juan.

 

Es por ello por lo que, en estos días, me gustaría invitaros a contemplar al Niño Jesús, Palabra en la que Dios nos lo ha dicho todo. Él es la Palabra que ilumina a toda la humanidad. Una Palabra que se hace camino entre las sombras: «La Palabra era la luz verdadera. Que alumbra a todo hombre» (Jn 1, 10). Es una Palabra cargada de esperanza, que puede iluminar nuestra oscuridad y nos permita vislumbrar la salida de los problemas más complejos.

 

La Navidad es la fiesta de la luz, porque en medio de nuestra “noche oscura del alma” (como diría San Juan de la Cruz) la llegada del Niño Dios hace brillar el amor y nos muestra la paternidad de un Dios que sigue cuidando de sus hijos. 

 

La luz que nos brinda Jesús en su nacimiento nos enseña a vivir con otros valores. Valores que, en estos tiempos de crisis, han de volver a ser tenidos muy en cuenta, porque nuestra sociedad se había encargado de soterrarlos bajo falsos dioses. Así, el egoísmo, el consumo desaforado y el desmesurado afán por la ganancia económica nos han arrastrado a esta “noche oscura” que dura ya demasiado tiempo.

 

Es necesario que recuperemos la alegría del compartir, la austeridad de vida, el trabajo solidario, la defensa del débil. Son caminos necesarios para salir de esta crisis económica, pero sobre todo moral, que estamos padeciendo. Para ello, son muchas las iniciativas solidarias que se multiplican en estos días para tender una mano al hermano necesitado. «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5, 14) nos dice Jesús. Por eso os invito a consolidar estas iniciativas que brotan de los más generosos corazones; que, llenos del amor de Jesús, se entregan a la ayuda de los más desfavorecidos.

 

Verdaderamente seremos capaces de celebrar con gozo la Navidad si descubrimos en el hermano que está a nuestro lado al mismo Jesús y le abrimos la puerta del corazón, amándolo, sirviéndolo, sosteniéndolo y dándole esperanza. «Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5, 16).

 

Queridos abulenses, que en estos días de fiesta permitamos a Dios nacer en nuestros corazones y colaboremos activamente para que Él mismo ilumine la noche de nuestro mundo con la claridad de su luz, que es la gracia divina, la paz, el amor, la justicia, la dignidad humana. Os lo deseo de todo corazón.