En Ávila, mis ojos

Diego Garzón

Ya han pasado varios días de precampaña, o pre-precampaña o lo que sea esto.

Llegué sin pedir permiso hace unos días y según avanza todo esto me siento más seguro y más convencido de que esto va a salir bien, de que el 26 de junio Ávila va a irse a la cama con una sonrisa en la boca. Una sonrisa porque por fin vamos a intentar otra cosa, vamos a soñar con que lo bueno no era esto, no puede ser esto.

 

Pero rebobinemos un poco, Diego. ¿Qué hace un chico como tú metido en esto? Pues de momento sonreír, ser libre y trasladar un mensaje de que esto no puede ser todo. Un mensaje de que yo no me resigno, no me resigno a lo mismo otros cuatro años, no.

 

Y por eso estoy aquí, por eso se oye ese runrún en las calles de la capital y en gran parte de la provincia. Se oye porque no podemos quedarnos más tiempo cruzados de brazos sin ni siquiera intentarlo. Ávila está muriéndose y se nos dice cada cuatro años que ya se tiene la solución, que les entreguemos nuestra papeleta y que todo llegará: un tren bala con la capital, un museo de renombre, un turismo gastón, un futuro de ensueño y una sonrisa profident al despertarnos. Aquí estamos de nuevo, en la casilla de salida de este parchís en el que siempre se nos comen las fichas y nunca sacamos un cinco para al menos intentarlo de nuevo. Al lado los demás adelantan, corren, saltan de oca a oca y tiran porque les toca.

 

Me pensé si merecía la pena dar este paso. A priori significa ganar menos dinero, tener mucho más estrés, recibir críticas por ser duro y blando, blanco y negro, listo y tonto, soberbio y humilde. A mí alrededor todo han sido ganas de disuadirme, de que pensara un poquito más en lo que perdía. Pero al final, aquí estoy. Mirando de frente a Ávila, viéndola reflejada en mis pupilas hinchadas de rabia porque esto no solo no se cambia sino que se ignora y desprecia. Y no puede ser. Yo adoro esta tierra, es la mía. Aquí nací, crecí, lloré, soñé, empecé, rei, sufrí, viví, quise, pude, caí y me levanté. De aquí me fui sin querer para volver hoy con todas mis ganas. Porque esta Ávila mía se tiene que poder levantar, sí o sí, no tenemos otra que eso o dejar que ya se muera y enterrarla.

 

Yo creo que Ávila puede abrir su muralla y acercarse al resto. Se puede poner a una hora en tren de Madrid gastando una minucia; se puede empezar a hacer que esto se mueva, aprendiendo de todos aquellos que lo han sabido hacer y de quienes no escuchamos nada; se puede dar un vuelco en el turismo para que pasando la puerta del Alcázar o llegando al Tiétar se pueda gastar y crecer; se puede creer en que las cosas no se tienen que hacer así de mal.

 

Yo quiero ser el abulense en el Congreso que lleve consigo Ávila. No quiero llegar y dar cuatro gritos una vez al año como los diputados que hemos mandado en los últimos 30 años. Quiero ser la voz de Ávila allí, una voz que se escuche aunque no se quiera, que sepa negociar y sonreír pero firme a la hora de conseguir lo que necesitamos. Lo otro lo conocemos y yo, sinceramente, creo que no puede ser peor.

 

No me van a oír en campaña prometiendo lo que no sé si se podrá cumplir, eso se lo dejo a los otros. Lo van a hacer, lo han hecho siempre. Yo no prometo lo que no depende de mí, me parece vil e hipócrita. Sí que prometo lo que vengo repitiendo desde hace días: a partir del 27 de junio los abulenses seguirán en contacto conmigo, seguiré siendo oídos y viniendo a recorrer la provincia para escuchar, tomar nota y actuar. Esa es una promesa firme. Ya en campaña lo hago a través de mi página ciudadanogarzon.es pero seguiré haciéndolo desde las Cortes, prometido, queda escrito.

 

Se me acaba el papel y lo hago recordando que cuando decidí decir que sí, que aceptaba este reto, no me imaginaba lo que lleva consigo esto. Lleva asociado sonrisas de mentira, caras de desconfianza, ataques de rivales y de los tuyos, mordiscos profundos, latigazos injustos y hasta insultos sin piedad. Es verdad.

 

Pero también va de la mano de sonrisas que deshielan, caras con sueños, aliento de amigos y desconocidos, besos de ánimo, caricias de consuelo y palabras de energía.

 

Por eso y por todos aquellos que creemos en que no se puede bajar la cabeza vamos a sonreír el domingo 26 de junio. Y el lunes, y el martes...

 

Porque lo mejor está por venir.

 

Diego Garzón