EN ÁVILA, AL DESNUDO

Por Ruth Pindado

Empezar, papel en blanco y querer despertar el interés del lector, no es tarea fácil. Sentir, haber vivenciado, acompañar, comprender sus sueños, amarlo, mirar unos ojos llenos de ilusión… ¡esto es Ávila al desnudo!


Me propongo marcar el carácter de todos y cada unos de ellos, de nuestros viticultores y bodegueros y mostraros, queridos lectores, su alma.


Ávila, cada uno de sus pueblos, cada valle, montaña, ladera  o collado perfila una personalidad que con cuidado, esfuerzo y mucho mimo transforma la tierra en vida, en uva que será vino.


La belleza, pero también la dureza de cada territorio de esta fría provincia marca el ciclo de la uva, su razón de ser en estos viñedos, jóvenes algunos, centenarios otros, de altitudes contadas en cientos, de hielos, aguas y sequías, de insolaciones y umbrías, de excesos siempre. Y de ahí nace. De esa desnudez de la tierra nacen nuestros vinos.


Tierra histórica, de labradores, de ganaderos hechos a ella, ha visto cambiar sus costumbres a lo largo de los años, por intereses económicos, por cambios sociales, por nuevos productos agroalimentarios y transformar sus paisajes. Y de ahí el renacer a la esencia de nuestros antepasados. Así aparecen, en este contexto actual, unos anhelos de volver a disfrutar de paisajes, olores y sabores de sus ancestros.

 

He hablado con todos ellos, hijos los menos, nietos casi todos y algún amigo cercano de esos labriegos de antes. Todos desean lo mismo, recuperar los recuerdos de su niñez.

 

Y así, sueño tras sueño, se lanzan a la aventura de crear. Algunos dejan trabajo, casa y vida para realizarlos. Otros compatibilizan actividades, apartando su tiempo libre, su ocio, sus vacaciones, pero todos creen en lo mismo, en volver a tener sus propios vinos, sus propios caldos con el sabor de cada terruño.


Nace así o renace con fuerza Hoyanko, al sureste de la provincia, en Hoyo de Pinares, nace el proyecto mediante crowdfunding, un micromecenazgo que le ha permitido al dueño salvar una bodega del arranque y preservar el patrimonio natural de la zona. En tierras de altura, de suelo granítico nace una garnacha bien arraigada a sus raíces. Su dueño se define como enófilo, amante y cuidador del vino y de su cultura, ya nos da una idea del respeto que siente por su pueblo, sus tradiciones  y su gastronomía. Y conocerle y oírle hablar de su tierra y sus vinos hace no poder  olvidarlo nunca.


En terreno de montaña, el suelo granítico y a 1.000 metros de altitud nace una cepa muy bien arraigada a la tierra que este invierno, tras tres años de elaboración y crianza en roble, verá su fruto embotellado con elegancia y discreción, y cómo no, a nosotros deseando probarlo.


Pero está también 7 Navas en Navaluenga, creadora de seis tipos diferentes de caldos, con más o menos envejecimiento, más o menos barrica, más o menos tiempo… lo que les iguala es el profundo amor que su dueño, Rafa Mancebo, ha depositado en ellos. Un amor que hace que los vea como a hijos, hijos necesitados de mimos, de cariños, de mucho cuidado… que esté dispuesto a defenderlos y protegerlos por encima de todo..Y como un buen padre, este bodeguero gusta de alimentar a sus hijos, de mover sus almas con la poesía, con la música, con la literatura… y se afana, con el resto de los asociados de en “Vinos de Cebreros”, que muy pronto verá nacer DOP “Vinos de Cebreros”, en hacer nuevas formas de beber un vino. Así se crean las “Garnoches”, veladas a la luz de las velas donde poetas, cantautores, músicos disfrutan de los placeres del arte y la viticultura al calor de los amigos y de un vino de la tierra sentido, contado, vivido...


De la garnacha se dice, como de nuestra gente, que es vigorosa y productiva, que se aclimata bien a temperaturas difíciles, a tierras arenosas o con piedras, que es dura y recia, pero que una vez que se la conoce, uno se enamora…


Visitar su bodega, catar sus vinos, pasearse por el viñedo es una actividad que te mete en lo más profundo de la tradición vinícola de la zona, conocerlos y cómo no, amarlos.


Al sureste de la provincia de Ávila, en El Barraco e inspirado por el Viento Zephyros nace el Zerberos 2010, y sus Zerberos Arena, Zerberos Pizarra y Zerberos Arena-Pizarra,de Daniel Ramos, un vigneron que tiene en sus jóvenes espaldas  todo el conocimiento y el prestigio de los más grandes, crea en viñas en vaso de más de 25 años unas, centenarias otras blancos, pero también  rosados y tintos, de diferentes años, magia de la uva. Presenta vinos elegantes e intensos, descarados, abiertos a los paladares más exigentes que invitan a tomar el siguiente trago para disfrutar de la intensidad de sus matices afrutados, frescos, ligeros... y de su mano, maestro y guía se crea Flor de Garnacha hace 3 años entre 30 amigos amantes del vino. Nace complejo pero muy equilibrado, con carácter, con personalidad, lujo y disfrute de cuantos se acercan a catarlo y cerrando los ojos recuerda a sus tierras arcillosas,  a sus barricas de roble, a flores silvestres y campo castellano… En definitiva, a una frescura que estremece.


Visitar su bodega es transformar la mirada al vino, es creer en la valentía, el compromiso, la seriedad con que Daniel Ramos crea de la uva, vida. Recorrer su finca, coger la uva de la vid, aún con el polvo del camino, es integrarse en un mundo de pasiones…


Perteneciente a la provincia de Ávila, en el Oriente de Gredos y a los pies del Alto de El Mirlo, limitando con la Comunidad de Madrid, enclavado en el Valle del Alberche, antesala del cálido Valle del Tiétar, en el Gredos Meridional, asoma su mirada Navahondilla. Syrah, merlot y cabernet hacen con éxito su adaptación al territorio de las viejas garnachas abulenses. Y se crea así  Fuentegalana, Majadillas, Praocerrado, el Torreón y la Vía, que son los pagos del viñedo de la familia, de la mano maestra de Cristina Carrillo.


La experiencia, la fuerza de las manos de esta familia de viticultores hacen que sus vinos sean vitales, complejos, muy cálidos, amables con un aroma profundo a frutas silvestres y violetas. De color intenso y muy vivo se dan con facilidad a todos los paladares. Se abren con armonía y calidez a cualquier mano amiga.


La familia Carrillo ha sabido entregarse de lleno a la tierra de sus abuelos, recuperando un viejo viñedo familiar y creciendo, en hectáreas pero también en complejidad y esfuerzo, hasta crear estos vinos de uva syrah en tierra de garnacha. No es un enfrentamiento, es un guiño a la diferencia, a la complementariedad, a lo novedoso. Es una apuesta por la diferencia con la mejor de las sonrisas y la más sincera armonía. Y abren su casa, su bodega, su vida a una visita fantástica llena de encanto que con cariño y empezó enseñando a los turistas, invitándoles a degustar sus vinos, a probar sus caldos en un paraje perfecto para deleite de los cinco sentidos.


Perteneciente a la comarca de Arévalo, a 67 km de la capital, y a 800m de altitud, se encuentra el pequeño municipio de Castellanos de Zapardiel. Con una extensión de 12km² tiene sus tierras sembradas de cereal y vid, ahora en repoblación, pero existentes desde el S. IV d.C.  Viñedos de importancia, de tradición verdeja, hoy se ven acentuados por las manos pincelantes de un artista, Teo Legido y su creación “La Bovila”. Genio que esculpe, con el mismo amor con el que nacen sus joyas, un vino complejo, elegante, sin agresividad, un vino bien estructurado y equilibrado fruto de la pasión, la entrega y el trabajo bien hecho. Teo labra con sus manos de artista para sacar de la uva, su alma, y embotellarla para gusto y disfrute de su gente, de sus amigos, de su familia.

 

No cree en la industria que iguala añadas y viñedos, cree en el corazón de la tierra que unas veces con lluvias, otras con sol, con hielos, sequías o enfermedades, hacen diferentes sus vinos y conforman su esencia. Quiere contar su historia, su naturaleza, su por qué, quiere mostrar al mundo las bondades de una tierra dura, difícil a veces, generosa otras, a la que quiere, a la que conoce y mima, la que le ha visto crecer y ser, la tierra de sus antepasados. Por eso invita a degustar su vino en su bodega, pequeña, limpia, cuidada, abierta al público que quiere disfrutar con él. Enseña sus tierras, explica su transición, se abre él y abre su alma para poder alcanzar la perfección. Teo es, como en su creación artística, un poeta de la uva.

 

Cuando Ávila se une, cuando los amantes comparten proyecto común, cuando navegamos en el mismo barco, las cosas fluyen…. Así, bodegueros, hoteleros, sumilleres, amigos todos del  vino, comparten experiencias  para hacer de nuestros vinos un referente de dedicación y buen arte.


Cuando el artista crea, el sumiller habla: “tenemos que conocer todo de un vino, de su creador y así podemos valorarlo. Pero hoy más que nunca, los sumilleres nos sentimos muy orgullosos de nuestros vinos, y de que la gente los solicite y los consuma, que nos pidan consejo y mariden con nuestros productos, que nos dejen sacarles el alma y el color para su mejor disfrute”.