El derecho a equivocarse

Artículo de opinión de Jesús Salamanca Alonso. 

Hace unos días, escuchábamos en televisión la intervención de un integrante de las juventudes comunistas de Úbeda. Como decía un brillante socialista, estamos ante el típico ‘ceporroflauta’ sin perspectiva política y con una ignorancia fuera de lo común. No sé si alguien podrá entender algo de lo que dice, pues se aprecia que tiene dificultades de lectura, nula vocalización, pronunciación incomprensible de versión andalusí, descoordinación motora entre el habla y el cerebro, falta de sentido del ridículo, inexistente sentido del ridículo, confuso antitaurinismo… incluso no faltan algunos que --en las redes sociales-- han expuesto que parece como si se hubiera tragado una peonza o estuviera digiriendo una canica.

 

Sea como fuere, este video ha recorrido España entera y ha sido el hazmerreír más completo, e incluso ha servido para la mofa y la vergüenza ajena. No estaría de más que el personaje  se dedicara, entre otras cosas, a leer; más que nada, por aquello que decía Cayo Plinio “El joven”, respecto a que no hay libro tan malo del que no se pueda aprender algo bueno.

 

Si este tipo de personajes son los que pretenden dirigir las instituciones, que nadie se extrañe si decimos que la clase política se ha convertido en lo más triste y cutre, además de en lo más mediocre de nuestra sociedad. Luis Fernández, que así se llama el personaje comunista, ‘ceporroflauta’ y antitaurino, ‘apedrea’ al auditorio con vocablos a medio pronunciar y con ideas sin completar, algo que avergüenza a propios y a extraños. Ya decía Hans Kaspar que “los altavoces refuerzan la voz, pero no los argumentos”. Más vale que se busque un asesor de peso o se dedique a otro oficio diferente a la política, como por ejemplo a leer algún libro digno, ya sea sobre el desarrollo y conocimiento de la política o sobre pronunciación correcta para la clase dirigente.

 

En fin, pasado ya el mal trago, estoy convencido que el tal Luis Fernández, no puede matar el tiempo sin herir la eternidad, como decía Henry Thoreau. Su excesiva juventud le disculpa a priori porque individual o colectivamente, la juventud necesita creerse, en principio, superior. Claro que se equivoca, pero éste es precisamente el gran derecho de la juventud: tiene derecho a equivocarse impunemente.