Crónica del fin de una era

Fernando Jáuregui 

Muchos acontecimientos se agolpan en el bloc de notas a la hora de elaborar un resumen de lo que fue la semana. Las calles de Madrid se llenaban de manifestantes llegados de todos los puntos de España para expresar su descontento, mientras, en el Congreso de los Diputados, preparaban el velatorio solemne, y supongo que multitudinario, de un Adolfo Suárez que se moría a chorros entre las lágrimas de todos nosotros. El juez Ruz, al fin, parecía dispuesto a concluir la instrucción del 'caso Gürtel', Artur Mas proseguía su carrera imparable hacia su propia tumba política. Y el mundo no salía de su asombro ante el golpe de mano de Putin en Crimea, anexionada a Rusia, con referéndum y todo (y con fusiles), sin molestarse siquiera en aparentar respeto a la legalidad internacional.

 

¿Qué relación existe entre todos estos hechos, quizá distintos y distantes? Apenas una: todo huele a fin de una era y son los estamentos oficiales los únicos que no perciben que las noticias como las que acabo de enumerar apuntan a la necesidad de alumbrar algo nuevo.

 

Déjeme resumirlo todo en Adolfo Suárez, el hombre que en apenas once meses cambió las estructuras de un Estado anquilosado, antidemocrático, anticuado, injusto. Once meses que cambiaron España. Para instruir Gürtel han sido, están siendo, necesarios cinco años, lo que, a mi entender, constituye un escándalo. Para reaccionar ante la primera Diada de la 'era Artur Mas' han sido, están siendo, necesarios casi tres años. Para entender que los que recorren las calles de Madrid en una 'marcha por la dignidad' tienen una parte de razón que no puede despacharse, como hizo el presidente de la Comunidad de Madrid, diciendo que son como la extrema derecha griega (¡!), parece requerirse mucho, mucho tiempo; pero tampoco es tan difícil comprender que se está abriendo una brecha con los insatisfechos, los indignados, los frustrados con una democracia incompleta .

 

Y, por fin, para tomar a punta de cañones una parte de Ucrania han sido precisos, en cambio, apenas veintitrés días. Por cierto, ante el silencio no demasiado valeroso de la vieja Europa, que parece sentirse en una especie de comienzo del fin del imperio romano. ¿Qué le importan al zar Putin las sanciones timoratas, los acuerdos comerciales simbólicos entre la UE y la Ucrania que se prepara para lo peor?

 

Ahí tiene usted, querido lector, acaso desordenados, algunos datos para su propia composición de lugar. Si todo esto no nos habla de la inevitabilidad de afrontar una nueva era, que venga Dios y lo vea. Pero los representantes de la ciudadanía, sean locales, europeos o extraeuropeos, parecen ignorar que una forma de entender España, Europa, el mundo, está liquidándose por la fuerza de una realidad que necesita que alguien la pilote. Resumo diciendo que este país nuestro necesita un Adolfo Suárez que, en once meses, arregle las cañerías sin dejar de dar agua, como el propio ex presidente dijo en una ocasión. O como también dijo: hay que hacer política (y legalmente) normal lo que a nivel de calle ya es normal. Aplíquese lo mismo a las estructuras europeas desgastadas y gobernadas por unos eurócratas sin arrojo ni imaginación. O a un mundo sin liderazgo frente a la amenaza más que emergente de quien, dando un sonoro bofetón a las inoperantes Naciones Unidas, se atreve a invadir con sus soldados un territorio extranjero. Es como si hubiésemos llegado ya al final del siglo XXI y estuviésemos dando un salto atrás hacia ¿dónde?