Crispación, violencia, sufrimiento y muerte: consecuencia de un ataque de cuernos

Artículo de opinión de José-Tomás Cruz Varela. 

A la vista de los últimos acontecimientos y más concretamente tras el trágico asesinado de las dos jóvenes de Cuenca, todo parece indicar que el caluroso verano exacerba el instinto de violencia y agresividad carpetovetónico. Rara es la semana en que no se produce un crimen de alguna, ex mujer, ex novia, ex compañera, ex amiga, por diversos procedimientos a tenor del grado de enajenación mental del iluminado de turno. Mientras unos, más cobardes, se decantan por pegarle un tiro o arrojarla desde un sexto piso a su víctima, otros más perversos, recurren al degüello, estrangulación, apuñalamiento o incluso le montan una pira funeraria en su propio domicilio.

 

Tal jauría humana está formada por dementes sociales que en gran mayoría pertenecen al colectivo de enfermos de celos, cuyos continuos ataques de cuernos van alimentando su larvada venganza. Primos hermanos de esa otra colección de rencorosos que no han interpretado y menos asumido lo que supone optar por un respetuoso y civilizado divorcio, dado que cuando la relación se ha roto, el mantenerla ficticiamente solo representa sufrimiento por ambas partes. 


 

Existe otro grupo mucho más numeroso compuesto por aquellos que se conforman administrando a su cónyuge, la correspondiente  sarta de hostias, procurando no dejar señales visibles para evitar explicaciones y justificaciones a terceros, aderezado todo ello con los correspondientes gritos e insultos.


 

Por último, aunque la fauna es mucho más amplia, aparece la comunidad de los que se limitan a amagar y no dar nunca. Se trata de individuos que por su condición de amargados permanentes ensucian todo lo que tocan, desconocedores del concepto de felicidad, pesimistas y dedicados a criticar y descalificar, son los que gozan haciendo daño y abusando de la educación y terror de su pareja, cuyos hijos solo respiran cuando el maltratador abandona el hogar. Seres incapaces de aceptar una separación porque en caso de hacerlo saben no volverán a dormir caliente en su puta vida.


 

Para desgracia nuestra la sociedad está llena de misántropos por naturaleza. Insociables que admiten mal el alcohol y que con cuatro cervezas elevan el tono de voz y exageran los gestos para mendigar un protagonismo que jamás les será reconocido. Pertenecen a ese ejército de personas dedicadas a convertir la convivencia en sufrimiento de los demás, provocando en sus parejas el que en ocasiones solo deseen la muerte como única forma de liberación de esa cárcel sin rejas en la que cohabitan con un energúmeno al que soportan noche tras noche en el mismo lecho, quien para mayor desgracia y con exigencia, demanda el débito conyugal. ¿Habrá mayor maldición?


 

El gran fallo de este tipo de relaciones que padecen millones de matrimonios, con apariencia de una convivencia normal, es que no lo recogen las leyes y la condena es de por vida. Tener que aguantar a personas que solo gozan repartiendo maldad, muy  propio de fracasados sociales y/o económicos, carcomidos por la envidia e instalados en la frustración, resultan insufribles. Son detritus que el propio sistema crea y destruye a la vez. Pasan por la vida sin oficio ni beneficio con la única misión de perjudicar a sus semejantes.


 

 Vivimos en un estado de crispación alarmante, cuyo  refinamiento está derivando en una perversidad sin límites. En efecto hemos avanzado y mucho en múltiples aspectos y comodidades, pero en otros, seguimos igual o peor tal como sucede en aquellas situaciones en las cuales el marido, compañero, novio, querido o chulo, aplicando y administrando el concepto de relación a su antojo, maltrata hasta un grado inusitado con el agravante y preocupante contagio que estamos padeciendo la sociedad, sin que nuestros legisladores le pongan coto y los científicos continúen sin encontrar la vacuna adecuada. ¡¡Que desastre!!