Cooperativas, economía social y necesidad de reconstrucción de las comunidades locales

Se ha celebrado el pasado jueves día 23 de mayo, en el auditorio de San Francisco, una interesante jornada dedicada a Economía Social y Cooperativismo, organizada por el sindicato Comisiones Obreras de Ávila. Pude asistir al evento y, en una sala llena de público muy atento,  escuchar las sugerentes intervenciones e ideas allí propuestas. Mi enhorabuena a los organizadores, repito CC.OO., y al Ayuntamiento de Ávila que ha tenido la inteligencia política de colaborar en la iniciativa.

Nunca como ahora es indispensable que fluyan las ideas, que se sacudan los lugares comunes y que se vuelva a reflexionar y a proponer salidas creativas basadas en la gente.  

 

La gran crisis del modelo de “mal desarrollo”  suicida vigente, el enorme paro, la crisis fiscal del Estado causada por la dictadura de los mercados financieros y la reducción de los fondos europeos destinados desde los años `80,  nos obligan a considerar un número aún mayor de problemas y de nudos a desatar y, a la par,  nos obligan a pensar de forma urgente en un nuevo paradigma. Hasta ahora nuestra provincia, las áreas rurales, los valles abulenses,  se han considerado “marginales” respecto al corazón productivo del país y necesitadas de ayudas, de migajas, otorgadas muchas veces de forma clientelar, y siempre sin ninguna perspectiva.

 

Sin embargo, en los últimos años algo está cambiando y en más sectores se está consolidando la convicción de que áreas geográficas y territorios  como el nuestro podrían llegar a tener un inmenso “valor añadido” en un nuevo modelo de producir, de consumir y de vivir que se pretende de mejor calidad: más humanamente aceptable, y ambiental y socialmente sostenible.

 

Todas las políticas de rapiña y cortoplacistas nos han hecho olvidar  obviedades,  como, por ejemplo que la economía tiene que estar al servicio de hombres y mujeres (y no viceversa), que el Euro (y cualquier otra moneda), son un medio y no un fin, o también, que alimentarse sigue siendo un acto agrícola y que por diez mil años al menos nuestra especie ha sido campesina.

 

He citado al principio la palabra “marginal” refiriéndonos a las zonas rurales o de montaña alejadas del “centro”. Parece haberse acabado esa “modernidad” que  había condenado a las provincias “marginales”, a los campesinos y campesinas, y a sus territorios a ser irrelevantes y débiles en la visión toda ideológica de un mítico desarrollo económico lineal e sin límites. Esto se acabó, ¡esta supuesta modernidad y este tipo de crecimiento ya no funcionan!  La modernidad que queremos depende menos de la logística y mucho más de la inteligencia. Menos del mercado capitalista y de los hipermercados y más de la cooperación social, de los mercados sociales y de las alianzas.

 

Si me permitís seguir con el símil irónico, no es sólo que los margines hayan reducido sus diferencias de los centros (a veces como horribles copias e imitaciones de los peores “vicios” urbanos y metropolitanos) sino también que se está haciendo verdad lo contrario: quien vive en el centro empieza a desear estar en los margines, arrancarse de encima los problemas y ritmos  que nacen de la producción obsesiva y de la vida sometida a los estereotipos cada vez más absurdos y peligrosos de un capitalismo absolutista que lo destruye todo.

 

En demasiado poco tiempo se han consumido los bienes públicos de los que se disponía en un reciente pasado: aire, territorio, diversidad biológica, paisajes, transporte público, etc. incluso el libre acceso a la educación pública, a los medios comunicativos y a los conocimientos sociales parecen peligrar.

 

Ha llegado, pues, el momento de crear un contrapeso frente a la economía total, a sus abstracciones y a sus crisis cíclicas, a través del fortalecimiento de las economías locales. Es un compromiso que debería implicar a cualquiera que sienta como propio el destino de su pueblo, de su ciudad y de la humanidad y que haya observado con un mínimo de atención lo que ha sucedido en el mundo (y en su propio pueblo) en las dos o tres últimas décadas. Se ha hecho altamente deseable un proceso de re-localización, que refuerce el control local y la democratización de los procesos económicos y potencie los recursos locales, básicos para que la gente pueda vivir mejor y en mayor armonía con el entorno, las tradiciones y la cultura propia.

 

Las economías locales están basadas en el control cercano de las actividades económicas, y los comportamientos económicos se entrelazan estrechamente con las normas y los valores característicos del lugar, en una influencia mutua. En las economías totales todo tiene un precio y puede ser vendido y adquirido, y las decisiones más importantes son tomadas por las llamadas corporaciones y por instituciones globales. Se producen excluidos y marginados.

 

Frente a la tremenda expansión de la economía total, las economías locales se han visto obligadas a retroceder y se fueron disolviendo progresivamente en el espacio de los flujos, que los vacía o los llena según las condiciones del mercado global.

 

El ejemplo más evidente de la desequilibrada relación entre la economía total y local está en el asentamiento incontrolado de las grandes superficies comerciales en un territorio. La acogida por parte de la población, cuando esto ocurre, es a menudo favorable, pues promete una gran variedad de productos a buen precio. Sin embargo, el cierre de las pequeñas actividades comerciales, incapaces ya de resistir a la competencia, crea desempleo, desertifica los centros urbanos, aumenta la dependencia de los consumidores frente al automóvil, excluye a los que no cuentan con un medio de transporte o no pueden conducir y cierra las salidas comerciales a las producciones agrícolas y ganaderas locales, hunde los precios amenazando su supervivencia. La concentración monopolista es cada vez más exacerbada: cinco grandes cadenas controlan en España la distribución (y por ende la producción) de más de la mitad de nuestros alimentos. Encima, ni siquiera sus impuestos nos benefician.

 

Además, el dominio incontrovertido de esta economía total que ya no funciona, a la postre no ha generado un mayor bienestar. La riqueza creada es la otra cara de la destrucción: sus beneficiarios no son los mismos a los que se les destruye la riqueza; las fases de transición generan sufrimientos insoportables; las desigualdades y la concentración de poder se incrementan. También aniquila las interacciones y mata las comunidades de referencia.

 

En esta lógica, la figura del “consumidor irresponsable” ha sido un efímero elemento central de una sociedad cada vez más irracional e injusta: es la figura de un individuo vacuamente deseante e infantilizado. Alguien que basa su bienestar en la posesión de objetos, que lo convierten en un perpetuo fracasado que necesita saltar sin descanso de un objeto de deseo a otro, en una eterna e insatisfactoria huida hacia delante bien lubricada por el bombardeo de mensajes publicitarios. 

 

Volver a poner en el agenda problemáticas y posibles respuestas asociándolas a  la Economía Social y en las Cooperativas, como reivindicó el acto público del pasado jueves, supone ir a una recuperación de los modelos de coparticipación  y de decisión basados en la democracia directa, realmente participativa para todos aquellos ayuntamientos, comarcas, comunidades, grupos y redes ciudadanas, sujetos individuales o colectivos y Empresas que sean conscientes de la imposibilidad de seguir perpetuando un modelo tan irracional, devastador y despiadado como el vigente.

 

En este contexto, me gustaría, llamar la atención del lector sobre la gran potencia teórico-práctica de “La economía del bien común” tal como la conceptualiza Christian Felber de la Universidad de Viena en su libro:

 

“La economía del bien común reposa sobre los mismos valores que hacen florecer nuestras relaciones humanas: confianza, cooperación, aprecio, co-determinación, solidaridad y acción de compartir”. Aclarando, además, que “En la economía del bien común el marco legal experimenta un giro radical al pasar de estar orientado según los principios de la competencia y avidez de lucro a los de cooperación solidaridad. El significado de éxito empresarial cambia de beneficio financiero a contribución al bien común.” Y más: “Como la noción de “éxito empresarial” será diferente en la economía del bien común, otras competencias de gestión serán las más solicitadas. Las personas más responsables, sociables, empáticas y capaces de atender al bien de todos/as y de la comunidad ecológica, serán los modelos apreciados por la sociedad y las más buscada por las empresas”.

 

Estamos en una fase histórica donde las oligarquías financieras y comerciales, en un crescendo patológico volcado en la producción inmediata de más y más dinero, están arramplando no solo con los usos cívicos y las costumbres, sino con las mismas normas jurídicas básicas dejando todo al libre albedrio del más fuerte (como demuestra la violación de las constituciones europeas para subsumirla más aún a las reglas del capital); estamos en una coyuntura de época donde por parte de los poderes establecidos se sigue apelando de forma incesante a la competitividad, al egoísmo y al miedo. Nosotros tenemos que apelar a la solidaridad, a la cooperación y a la ilusión. En otras palabras: los actores más poderosos y privilegiados de nuestra formación social buscan hacer aflorar lo peor del ser humano; nosotros y nosotras lo mejor. Hay que buscar algún otro camino, unas vías de fuga, encontrar nuevas prácticas de agregación y formas de renovación de la economía y de la sociabilidad de la gente.

 

La dignidad humana, la justicia social, la solidaridad, la sostenibilidad ecológica y la participación democrática están en juego. El cooperativismo es sin dudas partes de la solución positiva; gracias a Comisiones Obreras de Ávila por ponerlo al centro del debate y dignificarlo.

 

Marco Rizzardini

 

Sociólogo y presidente de Slow Food Gredos-Tiétar