Ciudadanos asfixia su proyecto por fracasos como el de Castilla y León

Luis Fuentes, a la derecha, junto a Francisco Igea yPilar Vicente en Valladolid. A. MINGUEZA

La estrategia del autodenominado 'partido de la regeneración' se ha desfondado en Castilla y León ahogado por su política egoista y la evidente división entre militancia y dirección.

Aludía Albert Rivera en la noche de recuentos a la ley electoral y ponía como ejemplo la comunidad de Castilla y León donde Ciudadanos, con 204.241 votos, ha conseguido un único escaño mientras el Partido Popular, con 639.764, logró sumar 18. Absurda pataleta para un supuesto líder nacional que debería tener una visión global y analizar con frialdad un batacazo de obligada reflexión. Esa misma ley electoral que tanto critica y cuya modificación exigirá en los inmediatos tiempos de pactos que se avecinan fue la misma que le permitió arañar escaños en diciembre hasta sumar los 40 que ahora se han visto irreales a la vista de la realidad de unos votos que, generalmente, han regresado al Partido Popular.

 

Ciudadanos es un partido sin partido. Es una estupenda foto de Albert Rivera tras la que apenas hay un seguidismo político de calidad. Quizá en esa primera línea que nació desde Cataluña sí podemos encontrar ciertos elementos que acompañen a un movimiento en su día ilusionante pero que perdió toda su esencia cuando decidió abordar un proyecto nacional que se cae por completo al pisar otros territorios abonados a los personajes oportunistas, ventajistas de la política que han encontrado en la ausencia de filtros un auténtico campo para, a sus anchas, convertir un proyecto político en su proyecto profesional.

 

Es lo que ha ocurrido en Castilla y León con un partido que comenzó liderando Luis Fuentes y, en un absoluto desastre concatenado se ha ido descomponiendo entre guerras internas y división de la militancia, hasta llegar a los resultados globales de estas elecciones.

 

Ciudadanos tuvo la oportunidad de convertirse en una verdadera llave que ayudase a regenerar una política tocada en la esencia de la credibilidad. En Castilla y León, el imbatible PP de Juan Vicente Herrera necesitó su apoyo; en Salamanca, otro peso del Partido Popular como el alcalde Fernández Mañueco necesitó su apoyo, en Valladolid, la Diputación Provincial necesitó su apoyo y así en otros puntos hasta llegar a pensar que sí, que estábamos ante una formación necesaria.

 

Pero no. Ciudadanos ha dilapidado esa cuota de poder. Simplemente, ha puesto por delante los intereses personales de los negociadores a los verdaderos intereses generales de los que tanto hablaba, en un claro ejemplo de contradicción política y, sobre todo, traición a unos votantes atraidos por estos ideales de renovación.

 

Demasiados nombres a los que ligar escándalos de nepotismo, cainismo y mafia interna: a la ya reconocida incapacidad de Luis Fuentes se unen los casos de Miguel Ángel González y el enchufe de su hija en Valladolid, el doble cargo de Pilar Vicente en el Ayuntamiento y Diputación vallisoletana, el paracaidismo político de Pablo Yáñez para buscarse una circunscripción segura y retribuida, el servilismo con el PP de Alejandro González en Salamanca o la torpeza manifiesta del vulgar David Castaño con su particular juego de tronos en las Cortes.

 

Todo eso lo han captado los votantes con un aviso indudable. Ya hemos visto caer partidos emergentes como UPyD. Ahora Ciudadanos tiene la oportunidad de rectificar, pero para ello tendrá que poner en la calle a todos estos. Si lo hace estará a tiempo. Pero si permite este auténtico mangoneo de familias y amiguetes varios, habrá rematado la sentencia que ha empezado a fabricarse este 26-J.