Arranca 'el Festival'

Durante los próximos días, TRIBUNA contará a sus lectores cómo sucede la 61ª edición del Festival de Cine de San Sebastián (Zinemaldia), a través de la pluma de Pablo Conde, nuestro crítico cinematográfico.

DONOSTIA ZINEMALDIA: Día 1...

 

Las obras que inauguran las dos secciones principales del Festival de San Sebastián (Futbolín la Sección Oficial y La mirada del amor la sección Perlas) se caracterizan por ser atípicas. La primera, porque no es habitual encontrar una película de animación presente en la sección oficial de un prestigioso y antiguo festival de cine, además de servir de bienvenida al resto de largometrajes. Quizás tenga algo que ver con tratar de incorporar alguna muestra de identidad que fortalezca el certamen en la ya 61ª edición de Zinemaldia, pero que sin duda, al menos para quien escribe estas líneas, resulta adecuada precisamente por su calidad. Si constantemente los géneros se están revisando y reivindicando, quizás sea esta una buena oportunidad para colocar el cine de animación a la misma altura que sus hermanos mayores.

 

Tras la historia para dormir que un padre cuenta a su hijo se esconde una fábula donde Amadeo, un joven sin grandes esperanzas de futuro, sólo sueña con seguir jugando al futbolín, su gran pasión, y permanecer junto a su amor Laura. Y como toda fábula infantil, la faceta malvada se cierne sobre el benévolo y tranquilo pueblo y sus gentes. La debilidad y honestidad de Amadeo contrasta con la malicia del Crack, quien perdió una partida de futbolín de niño y años después regresa para vengarse.

 

Los jugadores del futbolín cobran vida para socorrer a Amadeo, y así se desarrolla una divertida historia de opuestos, donde el deseo de venganza trata de ser frenado gracias a la unión de los débiles (es el pueblo quien lucha por la paz que habían tenido hasta entonces). Existe un gran desarrollo de los personajes donde predomina el slapstick y la exageración de las personalidades, tanto de las figuritas de futbolín como el resto de habitantes. Pese a la temática, no se trata de una película sobre fútbol, como señala el director Juan José Campanella (El secreto de sus ojos), sino que trata de buscar elementos de mayor profundidad (la pasión por superarse, la valentía…) que sobrepasan la calificación de película para niños.

 

Por su parte, La mirada del amor (segunda película de un no muy conocido Arie Posin), que cuenta con el experimentado actor Ed Harris, habla de un suceso acaecido en la vida de Nikki (Annette Bening). Tras un comienzo nada prometedor y en el que no ocurre casi nada, nos enteramos de la muerte de su marido y de sus posteriores ilusiones encontrándoselo por la calle. Hasta que finalmente lo encuentra, o más bien a una persona idéntica a él que bien podría ser su hermano gemelo. Si bien la película se mantiene firme después de la aburrida introducción, demuestra grandes vacíos emocionales que perturban la empatía hacia el film.

 

La historia ya de por sí no depara muchas sorpresas: se basa en el proceso de enamoramiento con aquel desconocido, desde la búsqueda del falso doble hasta la pasión asentada en el engaño y el ocultamiento (a sí misma y a Tom, a quien no confiesa por qué se ha enamorado de él). Los personajes secundarios apenas tienen interés: un Robin Williams con poca presencia que hace de vecino “pelma”, y la hija que sólo tiene relevancia a la hora de hacer estallar el desenlace de la historia.

 

Curiosamente, otra película que indaga en el doble yo es Enemy, también presente en la sección oficial. Esta vez, ese desdoblamiento de la identidad adquiere un cariz trascendental; un relato kafkiano donde la crisis de identidad se ve confrontada con la propia mutación del hombre (un efecto espejo y a su vez la metamorfosis de la mujer en araña). El tema de fondo se tambalea en el caos (“el caos es un orden por descifrar”) y de cómo controlarlo (¿el del propio hombre que no se encuentra a sí mismo? ¿El sueño que perturba la vigilia?). Pero en ese caos hay un patrón que se repite, por eso el comienzo y su discurso en clase de Historia lo oímos dos veces, y por eso hay un doble exacto.

 

Tenemos, pues, un film que perturba y se vuelve extraño, que camina por terrenos sinuosos de la mano de su director Denis Villanueva a quien hoy (sábado 21) oiremos y confiaremos en que nos aclare el intrigante significado y simbología de la película que, no obstante, se basa en la novela de José Saramago.

 

En un día ajetreado con cuatro proyecciones a la espalda (y sin poder haber asistido a la última película de Hayao Miyazaki ni al único pase de La vida de Adéle), ver a última hora The zero theorem (Terry Gilliam) es sin duda atrevido pero cuyo resultado es más que satisfactorio. En esta distopía, que estéticamente recuerda a Blade Runner, un experto informático trata de hallar el sentido de la existencia gracias a la tecnología y a la espera de una misteriosa llamada (la esperanza por algo que no llegará).

 

El caracterizado Christopher Waltz recuerda aquí a otro genio, esta vez en blanco y negro: Pi: fe en el caos. Ambos personajes usan su intelecto para hallar una fórmula que les haga huir de la mera forma material para alcanzar una trascendencia llena de conocimiento y sentido, aunque tenga forma de agujero negro como culmen de ese alcance intelectual (o quizás el hallazgo del vacío total y la ausencia de sentido). La presencia del cosmos es permanente, que se cierne sobre el protagonista como una gran losa en forma de trabajo hacia ninguna parte. Una excelente película para cerrar la jornada.