Alba de Tormes, Cervantes y Santa Teresa

Por Mari Luz González Canales

La beatificación de Teresa de Jesús en 1614 fue celebrada en España con grandes festejos, donde no faltaron las justas poéticas. Cervantes, siempre ansioso de sacar algunos réditos a su precario oficio de escritor, participó en el certamen poético de Madrid, donde Lope, actuando de secretario y juez del jurado, tuvo a bien premiarle su canción “A los Éxtasis de la Beata Madre Teresa de Jesús”.

 

Solo unos años antes, el Fénix de los Ingenios había sentenciado que entre los poetas de su tiempo, “ninguno hay tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a D. Quijote”, con lo que la concesión del premio parece evidenciar que su antigua hostilidad ya era cosa del pasado.

 

Ajustándose a las bases del certamen, el poema de Cervantes sigue el modelo de la Égloga I de Garcilaso, tomando versos enteros del poeta toledano, que éste dirigió al virrey de Nápoles, Don Pedro de Toledo, que el alcalaíno reconduce en loor de Santa Teresa:

 

Tu, que ganaste obrando
vn nombre en todo el mundo,
y vn grado sin segundo,
ahora estes ante tu Dios postrada

 

Era Don Pedro segundo hijo del Duque de Alba, y protector de Garcilaso, por lo que el poema cervantino termina con una petición de intercesión al Papa —“el visorrey de Dios”—, en que se hace alusión lisonjera al solar de los Duques de Alba, en beneficio de los cuales se le hurta a Ávila el exclusivo honor de ser la cuna de Santa Teresa, igualándole el honor con Alba de Tormes:

 

Aunque naciste en Auila, se puede
dezir que en Alua fue donde naciste,
pues alli nace, donde muere el justo.
Desde Alua, ¡o madre!, al cielo te partiste
alua pura, hermosa, a quien sucede
el claro dia del inmenso gusto.


Así culmina la carrera poética de Cervantes, a sus sesenta y siete años, con ecos de Garcilaso, vueltos a lo divino.

 

1.- Las Fiestas de Beatificación de Sta. Teresa.-

Las fiestas celebradas en Madrid en 1614 con motivo de la beatificación de Santa Teresa de Jesús, constituyeron uno de los acontecimientos religiosos más notables del reinado de Felipe III. Todas las ciudades de la península donde había conventos de la Orden Carmelita festejaron este acontecimiento con diversos actos religiosos, representaciones de comedias, certámenes poéticos, corridas de toros y otras fiestas profanas, a pesar de la prohibición de estas últimas por el General de la Orden.

 

Simultáneamente se hicieron varias relaciones de todas ellas, que serán recogidas un año más tarde por el carmelita Fray Diego de San Josep en su Compendio de las solenes fiestas que en toda España se hicieron en la Beatificación de N.B.M. Teresa de Jesús fvndadora de la Reformación de Descalzos y Descalzas de N.S. del Carmen. En prosa y verso. La primera parte del Compendio está dedicada a las fiestas de Madrid, que se vieron honradas con la presencia del Rey y del Padre General de la Orden carmelita; y la segunda, al resto de España, que abarcó cuarenta y nueve espacios geográficos, lo que nos da una idea del “universal contento que ha auido en todo género de estados”.

 

Sin duda, lo más importante de estas fiestas en Madrid, la villa cortesana y literaria por excelencia, fue la celebración de una justa poética en el convento carmelitano de San Hermenegildo, actual iglesia de San José, situada en el nº 42 de la calle de Alcalá. Las composiciones del Certamen debían entregarse en dicho convento antes del 25 de septiembre. Cumplido dicho plazo se constituyó el tribunal que debía juzgarlas en la capilla mayor, ante un auditorio tan numeroso como distinguido. Junto a Lope de Vega, secretario del Tribunal, actuaron como jueces tres Grandes de España: don Rodrigo de Castro, hijo del Conde de Lemos; don Melchor de Moscoso, hijo del Conde de Altamira, y don Francisco Chacón, hijo del Conde de Casarrubios, arcediano de Toledo.

 

Lope, principal asesor literario de aquel aristocrático Tribunal, no sólo llevó el peso de todo, sino que realizó varias composiciones para este acontecimiento y redactó su cartel, en el que se anunciaban ocho certámenes al público, con tres premios cada uno. Concurrieron a tal competencia cuarenta y cinco concursantes, ente los cuales figuraban varios amigos íntimos de Lope y los más floridos ingenios de España,  destacando entre todos ellos Miguel de Cervantes, quien participó en el Tercer Certamen con “una canción tan tierna y elegante, y tan arreglada a las leyes prescritas para aquel certamen que mereció se publicase entre las más selectas en la relación” de Fray Diego de San Josef.

 

La lectura de los versos tuvo lugar, alternando con excelentes coros de música, “el jueues infra otauas de la fiesta” (el primer jueves después del 15 de octubre, día de Sta. Teresa). Lope, desde el púlpito, abrió la sesión recitando una Oración y Discurso en alabanza de Santa Teresa, “que a todos pareció breuissimo, según la eminencia con que lo hizo, la gravedad y la gracia que tuvo en decir…”. El Fénix supo mantener en suspenso al oratorio de principio a fin, y todo ello a pesar del gran concurso de gente que llenó la Iglesia hasta el pórtico, entre quienes destacaban el Nuncio, varios señores de Títulos y numerosas Órdenes Religiosas.

 

2.- La participación de Cervantes en estos festejos.-

El autor del Quijote se sumió a este grandioso y devoto homenaje con un par de composiciones presentadas en las fiestas de Madrid: La canción “Virgen fecunda, Madre Venturosa”, de claro influjo garcilasiano; y el soneto burlesco “De vn valiente soldado”, que la crítica le atribuye, a pesar de su publicación anónima en el Compendio. Este último, que comienza “Sosiégueseme hidalgo, tema el filo” es un claro ataque contra don Alonso de Castillo Solórzano, escritor a quien se le retiró un premio concedido en esta justa poética por presentar una sátira mordaz contra alguno de los concursantes encubierto bajo el seudónimo de Lesmes de la Pulla. Así lo explicará Solórzano en un romance incluido en sus Donaires del Parnaso- “A un premio que le quitaron (habiéndoselo dado) por mudarse el nombre, en un certamen, delante de sus Majestades”-, del que se infiere que en aquella justa hubo una gran marejada entre los poetas y sus valedores, al punto de que Lope debió de verse asediado con las recomendaciones de los pretendientes, de tal modo que, al no poder complacer a todos, los poetas no agraciados arremetieron contra él en forma desaforada “como si fuera-estafermo desta justa”.

 

Pero los ecos cervantinos iban a sonar más lejos, con las mascaradas quijotescas de los universitarios que tuvieron lugar en Córdoba y Zaragoza. La máscara a lo pícaro que los estudiantes hicieron en las calles cordobesas el día 4 de octubre, víspera de la fiesta principal, en la que se representó el “Desposorio de don Quijote y su amada Dulcinea”, viene a demostrar, junto con el que se hizo dos días después en la plaza de los Carmelitas Descalzos de Zaragoza, la gran popularidad que había alcanzado la primera parte de las aventuras cervantinas.

 

Dentro de la Relación de Fiestas de Zaragoza con motivo de esta beatificación, Luis Díez de Aux recoge unos chistosos versos sobre “La verdadera y segunda parte del ingenioso don Quixote de la Mancha. Compuesta por el Licenciado Aquesteles,… Año de 1614”, incluidos en su Fiesta y passeo de los Estudiantes, que parodian la obra cervantina; una parodia recogida en 1623 por Juan Bautista Felices en su obra El Cavallero de Ávila.

 

El regocijo popular con la peculiar puesta en escena de la primera parte del Quijote, nos muestra hasta qué punto la beatificación de la madre Teresa en 1614 se convierte en el germen de las futuras y exitosas dramatizaciones de la obra cumbre de nuestra literatura, ya que no habría que esperar a Guillén de Castro con su Don Quijote de la Mancha o a Vélez de Guevara con El Hidalgo de la Mancha, para que los personajes cervantinos subiesen a las tablas.

 

3.- La poesía de Cervantes “A los éxtasis de Teresa de Jesús”

Cervantes participó en el Tercer Certamen de aquellas Fiestas celebradas en Madrid, que decía así: “Al que con más gracia, erudición, y elegante estilo, guardando el rigor Lírico hiziere vna cancion Castellana, en la medida de aquellas de Garcilaso, que comienza El dulce lamentar de dos Pastores. A los Diuinos extasis que tuuo nuestra Santa Madre, que no exceda de siete estancias: se le dara un jarro de plata: al segundo, ocho varas de chamelote: al tercero, vnas medias de seda”. Cervantes, como un poeta más del festejo, se ajustó a las bases del Certamen,  muy características de la época, que exigían un molde garcilasiano tanto en Madrid como en otras muchas ciudades participantes en esta celebración. Seguramente Lope supiera de antemano que aquella composición era de su rival, “y bien por influjo de alguno de los jueces o bien por disimular su ojeriza y resentimiento, accedió a que se le premiase, obligándole así a gratitud con tal recompensa”.

 

La Canción de Cervantes dedicada a Sta. Teresa se ciñe en su primera estrofa a la estructura de la Égloga I de Garcilaso: el elogio al virrey de Nápoles, D. Pedro de Toledo, sugiriendo sus variadas ocupaciones- la administración, la guerra o la caza- tiene su réplica en la repetición de los mismos versos en la estancia dedicada a la Santa: “Tú, que ganaste obrando/un nombre en todo el mundo/ y un grado sin segundo, /…”

 

Pero frente al tono intimista del poeta toledano, en esta invocación nos encontramos una apoteosis cristiana en la vida ultraterrena. El poema, que justifica una biografía espiritual que se dirige hacia la fusión con Dios, presenta una impronta garcilasiana de principio a fin. Así, en la quinta estrofa, consciente el poeta de que la muerte y enterramiento de la Santa se produjo en Alba de Tormes, territorio de la casa de Alba, al igual que el estado albano (reino de Nápoles mencionado  en la estrofa I de la Égloga I de Garcilaso), hace un juego verbal con el Alba o primera luz del día y con esta situación, en una compleja relación tópica y de alabanza. Volvemos a encontrar la presencia de Garcilaso en la séptima estrofa, “Ahora, pues, que al cielo te retiras”,  comparable con la petición de Nemoroso a su ninfa muerta: “Divina Elisa, pues agora el cielo”; y una vez que el Papa (“el visorrey de Dios”) ha confirmado el carácter divino del “arrobo”, puede solicitarle que interceda por el  rebaño. El Poema acaba con un rendido y ascético final: “Canción: de ser humilde has de preciarte, /Quando quieras al cielo levantarte,/Que tiene la humildad naturaleza/ De ser el todo y parte/ De alçar al cielo la mortal baxeza”.

 

Una contextualización histórica de esta canción nos muestra como no se trata tanto de un arrebato lírico de Cervantes ante los éxtasis de Santa Teresa, sino más bien  de un largo poema forzado por la convocatoria de una justa poética donde no cabe la libre poetización. De ahí que la última participación de Cervantes en la fiesta del siglo XVII con un Garcilaso a lo divino no puede verse como una muestra significativa de su espiritualidad, sino como un ejemplo de escritor lúcido que contradictoriamente puede hacer una dura crítica de las justas poéticas y al mismo tiempo someterse a ellas a lo largo de toda su vida.  A pesar de que Cervantes critica las glosas en el Cap. 18 de la II parte de El Quijote, cuando ya se ha establecido como escritor de nombradía y cuenta con una economía saneada, lo cierto es que hacia el final de sus días  vuelva a participar en este certamen poético con motivo de la beatificación de la santa abulense, como un competidor más deseoso de estatus y dinero.