Trabazon original

Trabazón

Manuel Muñoz Alejandro G. Machuca
El blog de Manuel Muñoz y Alejandro García Machuca en Tribuna de Ávila

La gran Guerra

Hace un par de años, aprovechando la conmemoración del centenario del inicio de la Gran Guerra, asistimos a una inmensa producción de ensayos, de adaptaciones noveladas y de altilocuentes ediciones de poesía, entre un sin fin más de textos, que trataban de explicarnos el porqué de la guerra. Algunos, bastante más atrevidos, nos explicaban la muerte. Sin embargo, ha sido la tinta vertida recientemente sobre toneladas de papel la nos hizo reflexionar sobre aquella otra tinta, ésta carmesí, diseminada mientras las bayonetas eran empuñadas.

 

 

Soldados leyendo durante la Primera Guerra Mundial (Getty Images)

 

Aquella Gran Guerra comenzó con lo que el filósofo esloveno Slajov Zizek define como un acontecimiento: el efecto que parece exceder a sus causas. Y fue eso, el espacio abierto entre efecto y causa, lo que el 28 de junio de 1914 convertiría a la ciudad de encuentro de las distintas culturas, Sarajevo, en la protagonista y núcleo de la historia europea que estaría por venir. Todo dio comienzo cuando Gavrilo Princip, aquel joven anarquista, pulsó el percutor poniendo fin así a la vida de aquel destinado a dirigir un imperio hacía mucho más que eso. Escribía la Historia. Unos pocos disparos hicieron que un panadero anónimo pudiese alcanzar, súbitamente, las más altas posiciones en el reconocimiento social. Lo hizo pagando, como era preciso, con su muerte, para tantos mucho más insignificante que la gloria y el honor. Un magnicidio que abriría paso al retorno sentimentalista del ideal romántico del héroe. Bagatelas tornadas en doctrina que coadyuvaban al diseño del mapa imaginario que conduce a una conversión de esos hombres, a través del esnobismo, en dueños de la historia para aquellos ciudadanos. Al margen de los ríos de sangre que se producirían en los sucesivos años, una gangrena mortal afectaría, especialmente, al sentimiento europeísta y pacificista de la intelectualidad, expandiendo ahora una locura patriótica y de arengas que movilizasen a las masas hacia la guerra y la victoria. Hacia la penuria y la muerte. Una difusión ejemplificada muy bien en el siguiente poema, propalado por entero en el territorio alemán: 

 

Resuena por toda Alemania:

No queremos cejar En nuestro odio,

Todos tenemos Un único odio,

Amamos todos a una,

Odiamos todos a una,

Todos tenemos Un único enemigo:

¡INGLATERRA!

 

Versos extraídos del Canto de odio a Inglaterra de Lissauer, hombre que de la noche a la mañana se convirtió en héroe y cuyas palabras se repetían de casa en casa con conciencia bíblica. Hubo contadas excepciones de grandes hombres que no eludieron su responsabilidad a través de vanos subterfugios y decidieron oponerse al fratricidio armados con la palabra. Diversos nombres que podría citar aquí, pero que limitaremos a sólo dos: el francés Romain Rolland, quien llegó a ser definido como la conciencia moral europea, y Stefan Zweig, que con su obra teatral Jeremías hizo un canto pacifista en Zúrich al tiempo en que Europa se descomponía. No es de extrañar que el mismo Rolland dijo que Jeremías era el ejemplo de aquello que implica “esa augusta melancolía que sabe ver por encima del drama sangriento de hoy, la eterna tragedia de la humanidad. No obstante, aquellos crímenes culturales no solamente  versaban sobre sermonear con las más bellas y precisas palabras contra el enemigo, sino que directamente se esquilmaba la cultura, dejándola huérfana de autores y obras, tal y como nos recuerda Stefan Zweig en su autobiografía: “Los escritores juraron solemnemente nunca volver a tener relación con la cultura francesa o alemana, las mujeres alemanas juraban no volver a pronunciar el francés. Shakespeare fue proscrito de los escenarios alemanes, Mozart y Wagner de los ingleses y franceses; los profesores alemanes explicaban que Dante era germánico; los franceses, que Beethoven era belga; sin escrúpulos requisaban los bienes culturales de los países enemigos del mismo modo que los cereales y los minerales”.

 

Y así, y no de otra forma, fue como el genocidio dual dio comienzo. Una tinta que abrasaba conciencias como hizo la pólvora con tantos cuerpos, un arte que se vetaba como instrumento para suscitar el odio de un pueblo huérfano de tolerancia. No hay guerra sin dolor, ni hay paz sin arte. Precisamente ahí, en la batalla por silenciar las ideas, fue donde comenzó la muerte, donde Europa colapsó sobre sí misma, donde comenzó la Gran Guerra.

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