Trabazon original

Trabazón

Manuel Muñoz Alejandro G. Machuca
El blog de Manuel Muñoz y Alejandro García Machuca en Tribuna de Ávila

De héroes olvidados

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Albert Camus, en su filosófica obra El mito de Sísifo, nos desgrana el absurdo paradójico de esa gente, temeraria y romántica, que se deja matar por las ideas e ilusiones que les brindan la razón de vivir. Es decir, personas para las que su razón de vivir es, al mismo tiempo, la de morir. Paseando por la literaria Zagreb observé, en una modesta esquina de la ciudad, una inscripción que rotulaba: Matija Gubec. Sobre la misma, un rostro esculpido, de contornos suaves y mirada perenne, que velaba impasible las decisiones del edificio presidencial. Aún no sabía nada de él. Un silencio trémulo rodeaba aquel rostro, como el que desprende una autoridad pretérita. La ingente cantidad turistas que paseaban por la zona, ensimismados e indiferentes, hostigados por el calor del estío, hacían caso omiso a la escultura, vaticinándome lo que intuía cierto: otro héroe olvidado, otro revolucionario desconocido para los foráneos. La reflexión de Camus sobrevoló entonces mi pensamiento.

 

 

Estatua de Matija Gubec en Zagreb

 

Comenzaremos su historia un gélido día de enero en el supeditado Reino de Croacia, dentro de los restos del longevo y heterogéneo Sacro Imperio Romano Germánico, en un periodo a caballo entre el heliocentrismo de Copérnico y el juicio inquisidor de Galileo. Una época en la que los españoles, al abrigo de la inagotable plata boliviana y la pericia de sus mortíferos tercios, aún poseían un Imperio en el que nunca se ponía el Sol. Ambas estructuras imperiales compartían, además del perpetuo parentesco que tanto caracteriza la aristocracia europea, un enemigo común: el hereje Imperio Otomano —consolidado en Oriente hacía más de un siglo con la conquista de la última gran capital romana. Los adustos campesinos croatas y eslovenos, cansados de los abusos medievales a los que eran sometidos por terratenientes veleidosos —mucho más preocupados por su temible enemigo oriental—, se alzaron en armas frente a la nobleza regional. Buscaban, en pos de su propia libertad y establecimiento de la justicia, la eliminación de los privilegios feudales y recibir la merecida atención del Emperador; además de algo todavía más grande: romper sus asfixiantes lazos con la Iglesia Católica Romana. Lo iban a pagar caro. Bajo el grito de: «¡Libertad al campesino! ¡Rendíos!», Matija Gubec, ya consciente de que pensar es comenzar a estar minado, marchó con otros 10.000 campesinos sobre las posiciones nobiliarias en la batalla final de Stubičko. Desgraciadamente, fueron aplastados por las fuerzas imperiales. Su derrota derramó un silencio cerval sobre las aldeas, únicamente quebrado por el gorjeo de carroñeros alados.

 

El destino del aguerrido campesino no mucho distó del durmiente del valle que nos había descrito Rimbaud, el cual terminó con agujeros rojos en el costado. Su estrepitosa derrota se saldó con la vida de unos tres mil campesinos, la capitulación incondicional de la revuelta y la sobrevivencia completa de los privilegios feudales. Inmisericordes e implacables, los egregios vencedores prendieron a todos los campesinos que participaron, arrojándolos presos. Algunos, terminaron ahorcados; otros, con más suerte, sólo fueron mutilados. Al cobijo de la leña, el Señor del Reino —el Gran Sirviente de los Habsburgo— decidió dar ejemplo con aquel líder de lengua deletérea y beligerante espíritu, ordenando su traslado a Zagreb. Ambroz Gubec —su verdadero nombre— ya había sido olvidado por el destino. Fue dirigido a la plaza principal seis días después de socavarse la revuelta, ante la desconcertada mirada de los oriundos. Allí, fue torturado públicamente y descuartizado sin piedad. Hoy, a pocos metros del cadalso entonces levantado, luce su estatua, lóbrega y austera.

 

Los logros de aquella fugaz revolución fueron nulos, y el pueblo del mediterráneo siguió sometido a los caprichos nobiliarios —justificados a ojos aristocráticos por su férrea resistencia frente a la amenaza otomana. Durante los años inmediatamente posteriores a la revuelta, aquel conspicuo nombre fue denostado, símbolo de la ignominia y vástago de la vesania. Se convirtió en el pavoroso recordatorio que ahuyentaba cualquier atisbo de revolución o progreso. Empero, el legado que dejó su causa, a la que la historia no se avergüenza de llamar heroica, es espectacular. Gubec corona más calles en Croacia que cualquier otro nombre. Su memoria es celebrada profusamente en la cultura local; su leyenda es recogida en la literatura balcánica; su historia, su vida y su rostro, son inmortalizados en la escultura y la pintura. Muchas de las revoluciones históricas más celebradas, aun inconscientes de ello, han vivido en su sueño. Se han desarrollado a través de su herencia, de ese encomiable inconformismo rural, atizadas por la humillación y autoritarismo aristócrata. Sin embargo, este hombre adelantado a su tiempo cometió el inmisericorde error de no nacer en un país internacionalizado. Juana de Arco, otra mártir no menos heroica que él, sí que llena las páginas de la historia universal con su nombre, fruto del ímpetu histórico francés, y es bañada en oro por las fastuosas avenidas y las páginas sempiternas.

 

La cita inicial del autor de El Extranjero no busca más que generar una reflexión y, si es posible, un debate entre todos acerca de lo que subyace en la muerte por un ideal. ¿Estulticia o heroísmo? Preferimos dejar nuestra reflexión en palabras de Heidegger: El carácter finito y limitado de la existencia humana es más primordial que el hombre en sí.

 

¡Libertad al campesino! ¡Rendíos!

 

(Cuadro: Representación de la ejecución de Matija Gubec, de Oton Iveković)

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