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Andrés Miguel

Padres de otro tiempo

Cuando eres padre tienes clara una cosa: quieres que tus hijos estén a salvo.

Señala Lou Marinoff, autor de los bestsellers “Más Platón y Menos Prozac” y “Pregúntale a Platón”, que “los hijos son el mayor tesoro de una familia, pero no son una posesión. El cuidado de los hijos es el trabajo más importante para un adulto y, no obstante, es casi imposible prepararse para el mismo”.

 

Cuando eres padre, tienes clara una cosa por delante de todas: quieres que tus hijos estén a salvo.

 

Puede que desees que alcancen grandes logros, que sean dueños de brillantes trayectorias profesionales y dispongan de numerosos bienes materiales, de modo que tengan para siempre resuelta la más básica necesidad del ser humano, la supervivencia; que la vida sea para ellos cómoda y feliz. Seguro que deseas que nada les falte. Y sin embargo, antes de todo eso, desde el mismo primer instante en que tus hijos irrumpen en tu vida, en lo más hondo de ti sólo hay un objetivo: cuidar de ellos, sólo hay un deseo: que estén a salvo.

 

Se nos ocurren montones de circunstancias que, a lo largo de su vida, podrían poner en peligro su seguridad, desde personas de todo tipo y condición (desagradables, peligrosas, falsas, despiadadas…) a enfermedades incurables, pasando por accidentes, pérdidas, desengaños, derrotas… la lista es larga. 

 

Y actuamos…

 

Cuando son jóvenes, cuando aún sujetamos las riendas de su vida, o nos parece que lo hacemos, tendemos a recortar, a ajustar las distancias, a no dejarles ir… tendemos a actuar como si fueran nuestra posesión. En cierto modo, nos equivocamos. Así establecemos normas, horarios, castigos…

 

Si en general fuimos razonables, nuestros hijos obtendrán de toda aquella organización, de toda aquella disciplina, un positivo refuerzo en cuanto a su educación y responsabilidad. No obstante, inevitablemente, quedará en ellos un cierto regusto a coerción (y es que, seguramente, no les dejamos hacer cuanto quisieron e impusimos más de una vez nuestro criterio obligándoles a cumplir pese a su deseo de “romper el sistema”). Quien ha sido hijo y después padre, lo siente así.

 

Considero que los padres de mi tiempo, cuando yo no era más que un crío, actuaban de una manera más condicional; haz esto y obtendrás eso que deseas. Mi impresión hoy, por lo que veo en la calle, en los centros comerciales, en el cole o en el trabajo, por lo que me cuentan, casi divertidos, padres más recientes, es que esto no es del todo igual que antes. Hoy en día, a los hijos nada les falta, incluso aunque, económicamente, los padres casi no puedan conseguirlo o lo hagan a duras penas; los hijos no deben carecer de nada que tengan los hijos de otros. Parece como si, dentro del corazón de los padres, cubrir carencias, supuestas o ciertas, que acechen a nuestros hijos, sea más importante que mantenerles a salvo, aunque sé que no es así… pero me temo que quizás hemos comenzado a pensar que, para que estén a salvo, no puede faltarles nada… nada que tengan sus amigos, sus vecinos o sus compañeros de clase, ¡faltaría más!.

 

Tengo para mí que estamos aquí para ser los recuerdos de nuestros hijos.

 

Prefiero que mis hijos me recuerden como el padre que les puso a prueba, como aquel que procuró que encontrasen sus fortalezas y debilidades, como la persona que hizo del amor y del respeto un tesoro familiar y no algo que se compra con dinero, como ese tipo, a veces difícil, que no permitió que estuviesen ociosos cuando tocaba esforzarse, que me recuerden como aquel que fue capaz de alentarles ante el reto, de felicitarles en la victoria y de orientarles en la derrota.

 

Más pronto que tarde la rienda que sujeta a mis hijos acabará soltándose. Son ya muy independientes, es ley de vida, y no tengo la seguridad de haber acertado siempre.

 

Menos mal que, a ser padre, no deja nunca de aprenderse. Aún puedo mejorar.

 

Tú también.

 

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