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Andrés Miguel

No seas como yo. Se mejor que yo. Esa es la meta

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“He fallado más de 9.000 tiros en mi carrera. He perdido casi 300 partidos. 26 veces han confiado en mí para hacer el tiro que ganaría el partido y lo he fallado. He fracasado una y otra vez en mi vida y es por eso que tengo éxito” (Michael Jordan)

Las palabras “éxito” y “fracaso” nos persiguen durante toda nuestra vida. Quizás nosotros no lo deseemos, pero nada podemos hacer por impedirlo. El mero hecho de no desearlo incluye el hecho de que pensamos sobre ello, de que ambas situaciones nos afectan. Y es así desde muy pequeños, de tan pequeños que no somos conscientes de ello, heredado acaso de nuestros mayores que, a lo largo de su vida, se vieron igualmente mediatizados por las consecuencias de triunfar o de no hacerlo, por sus condicionantes sociales y su prevalencia, y que tal vez sembraron en nosotros esa misma semilla.

 

En nuestra actual sociedad es común el considerar que hemos obtenido un determinado éxito si los demás lo creen así. Parece como si necesitásemos de otros para disfrutar de algo propio. Llegamos a creer en cosas como: “Yo no soy un buen maestro si mi labor no es reconocida por alumnos y padres”…“Yo no soy bueno en mi trabajo si mi jefe no me recompensa”… o, extremando al máximo el considerando, “No soy lo suficientemente rico si nadie me envidia”… manifestaciones que, por más interiorizadas que las tengamos, no dejan de ser simples falacias.

 

Es penoso que, sin el plácet de un tercero, lleguemos a no disfrutar de nuestras conquistas, del desarrollo efectivo de nuestras habilidades o de nuestros innatos talentos. Es más, pese a ser bien capaces de alcanzar determinados retos, éxitos en sí mismos, los humanos somos muy capaces de sentirnos depresivos, de verlo todo negro, por el mero hecho de que nadie haya valorado nuestras victorias en la medida en que se alimentaría suficientemente nuestro ego.

 

Quisiera decir hoy que todo éxito se encuentra en nuestro interior o no es tal éxito. Si es que tal éxito existe, sólo puede serlo en cuanto se recoge dentro de nuestros asentados valores personales, los únicos límites que dan medida a nuestras conquistas o nuestras equivocaciones.

 

Disponer de unos asentados valores personales no es flor de un día. Requiere experiencia, sacrificio, madurez, contraste, puesta en duda… precisa práctica diaria.

 

Alcanzar el verdadero éxito personal, en cualquier tarea a la que nos encomendemos, exige igualmente de algunos factores inequívocos. Se me ocurren algunos, aunque quizás haya más.

 

Así, tengo para mí que, carecer de un objetivo claro, bien definido, es enemigo del éxito. Triunfar requiere de una meta, demanda saber que, sea lo que sea que estamos haciendo, lo hacemos por avanzar hacia un objetivo. ¿Cómo vas a llegar a ningún sitio si no sabes adónde te diriges?

 

Creo también que ningún éxito, ningún logro, es gratuito. Nada llega porque sí, salvo una Primitiva (y no te equivoques: atinar una Primitiva no es alcanzar el éxito, sólo es resultar premiado). Disfrutamos de nuestros triunfos mucho más cuanto más nos han costado, ¿no es verdad? Mi primer Camino de Santiago fue para mí un triunfo. Tan sólo fueron siete u ocho etapas, pero, para un tío que jamás había andado más allá que de su casa al Corte Inglés, hacer a patita los ciento y pico kilómetros que hay entre Sarria y Santiago fueron un auténtico logro… si no un milagro. Me costó llegar, mis pies fueron el mejor testigo… ¡pocas veces me había sentido tan feliz como el día en que pisé el dichoso kilómetro cero, a los pies de la catedral compostelana! Con total certeza creo que ningún éxito se alcanza sin esfuerzo, o no lo es tal.

 

Y pienso de veras, a renglón de esto, que, para que un logro lo sea verdaderamente, ha de llevar consigo una auténtica satisfacción personal. Quisiera recalcar especialmente eso, lo “personal”, lo propio, lo interno. No ha de pretender ser exhibido o elogiado por otros, demanda que su consideración y disfrute nazca de nosotros mismos. A veces el afán que mostramos porque otros ensalcen nuestros logros no es sino vana pedantería.

 

Además, yo diría que es insano pretender acertar siempre, imponerse el éxito continuo, a cada día, a cada hora, a cada minuto. Es del todo imposible que todos los días sean fiesta en nuestra búsqueda del éxito familiar, empresarial o profesional. ¿Crees, acaso, que todos los esfuerzos acaban siempre en triunfo? Michael Jordan logró 32.292 puntos en sus quince temporadas en la NBA.  Nadie se atrevería a decir que no fué un jugador de éxito, quizás el más grande de la Historia del baloncesto mundial. ¡Pues “sólo” encestó el 49,7% de sus tiros! ¿Te imaginas que Michael Jordan se viniera abajo cada vez que fallaba un tiro? Estoy convencido de que él dispuso todas sus energías en triunfar, ninguna en lamentarse de los tiros fallados o los pases perdidos… Todos deberíamos hacer lo mismo… y lo que es más, darnos cuenta de lo importantes que son nuestras satisfacciones y no nuestros fracasos, de lo cruciales que para nosotros son nuestros aciertos y no así nuestros problemas, de lo vitales que resultan nuestras buenas decisiones y no paralizarnos por haber optado, alguna vez, por las erróneas.

 

En todo ser humano hay un deseo, alguna vez a lo largo de su vida, de alcanzar metas excepcionales. Ser consciente de lo que somos, serlo también de lo que fuimos y perseverar sin reticencias, sin desmayo, por lo que podemos ser, son los primeros pasos para conseguir el éxito que deseamos. Aunque nos cueste un esfuerzo.  

 

El dios del baloncesto dijo también: “Cualquier cosa puede suceder si estás dispuesto a ponerte a trabajar y permanecer abierto a las posibilidades. Los sueños son realizados con esfuerzo, determinación, pasión y permaneciendo conectado al sentimiento de quién eres”… No se me ocurre, en modo alguno, llevarle la contraria.

 

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