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Andrés Miguel

Hablamos mañana

“Mientras podamos amarnos los unos a los otros y recordar el sentimiento de amor que hemos tenido, podemos morirnos sin marchar del todo nunca. Todo el amor que has creado sigue allí. Todos los recuerdos siguen allí. Sigues viviendo en los corazones que has conmovido y que has nutrido mientras estabas aquí… Al morir se pone fin a una vida, no a una relación personal” (Mitch Albom, “Martes con  mi viejo profesor”).

 

Nada de valor posees si no tienes el amor, la dedicación, el apoyo y el cariño que te aporta una familia. Por más que, por suerte, disfrutes de riquezas, de éxito profesional, de una vida sencilla y sin preocupaciones, nada tiene en realidad valor si, a tu lado, no hay espacio para el amor de una familia.

 

Todos en mi familia, en mi numerosa familia de padres, tíos, hermanos, primos, abuelos, sobrinos, nietos… supimos siempre esto sin necesidad de hablarlo, lo sentimos muy adentro desde bien pequeños. Fuese el día que fuese, cualquiera que fueran las circunstancias de cada uno, a nadie le quedaba la más mínima duda de que, velando por todos, estaba el abuelo.

 

Durante sus últimas dos semanas entre nosotros, él pudo comprobar, sin ningún género de duda, cómo había calado en todos nosotros la enseñanza de su ejemplo.

 

Me siento orgulloso de mi madre, de mis hermanos, de mis primos, de mis tíos, de sus verdaderos amigos, que son también nuestra familia, cuando recuerdo cómo todos, respondiendo cual disciplinado ejército, le arropamos durante su enfermedad, velamos por él, cada cual a su manera y todos a la única manera posible, queriéndole sin limitaciones, entregándonos a él de igual manera que él nos quiso, de aquella forma tan singular que él tenía de amarnos: preocupándose por nosotros más de lo que se preocupaba por sí mismo.

 

Honraré a su memoria como él hubiera querido, manteniendo unida a mi familia, queriéndoles sin límite, perdonando, apoyando, velando por todos.

 

Cuando hoy vuelvo a sentir la prisa por acabar un trabajo, cuando me acucia la presión del entorno, me atemoriza el miedo al fracaso o la incertidumbre ante el devenir de los acontecimientos, pienso en que debo detenerme y hablar con él de nuevo. Le comento mis dudas, mis necesidades, mis miedos y él escucha. Sé que me escucha. No se me escapa que no volverán a repetirse aquellos momentos especiales que teníamos y, sin embargo, estos de ahora, cuando le hablo y me escucha, son igualmente especiales, pese a ser tan diferentes.

 

Se cuenta que Leonardo Da Vinci dijo una vez: “Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, una vida bien usada causa una dulce muerte”.

 

Dulce sueño, abuelo, hablamos mañana.

 

 

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