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Andrés Miguel

El error de la impaciencia

Hakeem vio al anciano Eliahu arrodillado sobre la arena del desierto, con una pala en sus manos, y se acercó a preguntarle: 

-¿qué haces?

 

-Siembro dátiles -contestó el anciano.

 

-¿Dátiles? Pero Eliahu, viejo amigo, ¿cuántos años tienes?

 

- Más de ochenta.

 

-¿Y no sabes que habrán de pasar más de 50 años para que, de esas semillas que estás plantando, puedan cosecharse algunos dátiles? ¡Sería un milagro que pudieses probarlos!

 

-Mira, Hakeem, yo comí dátiles de las palmeras que otro sembró. Hoy las siembro yo para que otros puedan hacer lo mismo en el futuro… y, aunque sólo fuera en reconocimiento de aquel que las plantó en el pasado, bien vale la pena terminar hoy mi tarea.

 

Uno de los mayores defectos de nuestra sociedad, a mi criterio, es el hecho de que cada uno de nosotros quiere comer sus propios dátiles, pese a haber plantado la palmera hoy mismo. No le damos tiempo a nada, no tenemos paciencia con nada ni con nadie, ni siquiera con nuestras propias limitaciones. Y así nos va; en lo personal, somos más infelices de lo que lo eran nuestros abuelos con muchísimos menos medios que nosotros, con muchísimas precariedades, y en lo social, no hay más que vernos…

 

El ser humano ha necesitado, desde sus orígenes, aprender a cada paso, en toda época, y aprender no es un proceso simultáneo con la obtención de resultados, de beneficios, de satisfacciones. Aprender es un proceso lento, mesurado, por el cual cada uno de nosotros va formando carácter, creando opiniones, rebatiendo a veces otras anteriormente creadas por nosotros mismos (André Giordan señaló que “aprender  es  un  proceso  complejo, dado  que  apropiarse  de  un  nuevo  saber  es integrar  nuevos  datos  a  !a  estructura  de pensamiento  existente que, con frecuencia, hace de barrera”). Mediante el aprendizaje forjamos vínculos, afecciones, nos transformamos; de hecho, para aprender es más que necesario, muchas veces, que nos desembaracemos de nuestras propias concepciones, de nuestras certezas. Aprender necesita pausa, el aprendizaje es enemigo de la impaciencia.

 

Si no lo hacemos así, jamás avanzaremos. Nadie que no esté dispuesto a sentirse sacudido por la realidad, por el conocimiento, será jamás una persona crítica, reflexiva, capaz, con habilidades suficientes para liderar su vida de la mejor manera y, mucho menos, la vida de otros.

 

No veo esa disposición en muchos de los que hoy nos gobiernan, y no sólo a nivel político, también a nivel empresarial, incluso en el ocio en equipo o en asociaciones de voluntarios. No veo en nuestra sociedad, en muchos de nosotros, en nuestros líderes, disposición a reconocer errores, a mostrarse abiertos a la crítica positiva o a recibir un consejo. Por el contrario, los observo y sólo alcanzo a verlos como seres que se creen en posesión de la verdad, infalibles, gentes que creen que nada tienen ya que aprender.

 

El ser humano comete la gran mayoría de sus errores por precipitación, por falta de reflexión.

 

Puede que yo mismo, en esto que digo, esté metiendo la pata. Pero he creído necesario plantar esta semilla. No tengo prisa porque germine, me vale con creer que algún día, el ser humano, no cometerá nuestros mismos errores.

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