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Andrés Miguel

Bushido en Badalona

Revista a tropas detail

En la tradición japonesa, Bushido viene a significar “el camino del guerrero”. Se trataba de un detallado y severo código ético, de transmisión oral, que impregnaba a la sociedad feudal japonesa y conformaba la filosofía por la que muchos samuráis regían sus vidas y, por ende, por la que se manejaban en sus numerosas luchas.

Influenciado por líneas filosóficas tales como el budismo, el sintoísmo, el confucionismo, el taoísmo o el zen, ponderaba como virtudes la rectitud, el coraje, la benevolencia, el respeto, la honestidad, la lealtad, el honor, la justicia, el amor, incluso la aceptación de la muerte como un hecho inevitable, así como proponía la imperiosa necesidad de alcanzar la armonía con la Naturaleza, con el todo del que tan sólo somos una minúscula parte.

 

Del budismo, “el camino del guerrero” adoptó la confianza en el destino, la sumisión serena ante lo ineludible, la compostura estoica ante la calamidad o el peligro. Del sintoísmo sustrajo la lealtad a ancestros y superiores, la creencia en la pureza divina del alma y en la bondad innata en el ser humano. Del zen, la asunción, el convencimiento de que existe un principio que subyace a todos los acontecimientos, un ser Absoluto en sí mismo con el que conectar para despertar a un nuevo mundo, a una experiencia distinta, menos mundana.

 

Hace mucho que los hombres hemos renunciado a conectar con nada, salvo con nuestro Iphone. Y así la vida se ha tornado gris, insulsa, vacía. Hoy, un acto valeroso es noticia en los telediarios del mundo entero. Mucho tiempo atrás, es verdad, mucho tiempo tras, lo noticiable era la falta de coraje.

 

Para los samuráis, tranquilidad era coraje en reposo. Echo en falta hoy coraje que, serenamente, cuando algunos representantes de los ciudadanos hacen verdaderas demostraciones de deslealtad a la sociedad entera, a sus normas o a las instituciones de las que emanan sus propios cargos,  haga caer sobre ellos toda la fuerza de la ley, de las normas que todos nos hemos dado y a las que todos debemos sumisión, seamos o no cargos públicos, porque, al mismo tiempo, son el código que ampara a todos nosotros, los españoles…

 

Echo en falta hoy la presencia de ánimo suficiente para, desde cualquier ámbito, ofrecer públicamente nuestra disconformidad con lo que vemos o lo que sufrimos.

 

Hace tanto que comenzamos cediendo para no tener problemas, que ahora tenemos problemas por haber cedido tanto.

 

Le tenemos pavor a ser sinceros, porque la sinceridad no ha triunfado, la sinceridad se ha perdido como valor esencial en nuestra convivencia. No imagino el disgusto que hoy se llevaría aquel viejo poeta que dijo una vez que “la sinceridad es el principio y el fin de todas las cosas; sin sinceridad no habría nada”.

 

Cuando una sencilla mujer de Badalona le dijo al concejal de la CUP que rompía ante las cámaras de televisión el auto de un juez (haciendo apología barata de su descaro y de un estúpido odio españolista que va a acabar mal), que si él podía hacer éso, ella podía también hacer lo mismo con cualquier normativa emanada del Ayuntamiento de Badalona, nadie se paró a pensar en lo incongruente y estúpido que era aquel acto y las consecuencias tan enormes que pueden destilarse de esos comportamientos… tan sólo un imbécil profirió: “¡Parla catalá!”

 

Admiro el coraje de la samurái de Badalona que vino en contestarle: “Parlo lo que me da la gana”.

 

¡Con dos cojones!

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