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Andrés Miguel

Aún puede ir peor

Leí hace tiempo un estudio realizado por el diario “Investor´s Bussines Daily” (http://www.investors.com/default.htm) acerca de qué es lo que hace que unas personas resulten, a lo largo de su vida, más exitosas que otras, obtengan mayor triunfo y  reconocimiento que la gran mayoría de nosotros, incluso que aquéllos que, en algún momento, se vieron favorecidos por la buena fortuna.

 

Sin ánimo de extenderme, quisiera reseñar algunas de las habilidades y comportamientos que, en gran medida, convierten a personas comunes en personas de éxito, en líderes:

 

Son honestos, responsables y transmiten confianza. Estas son, para mí, las tres características básicas, las que definen todas las que veremos después, las que conforman la esencia del camino al éxito. Sin ellas, nada tiene sentido.

 

Son positivos. No es que no piensen en el fracaso, es que no se dejan atenazar por el miedo a fallar, no se atascan con la posibilidad de cometer un error y fracasar. El error es un peldaño más en la escalera hacia el triunfo, no es un paso atrás, es un acicate para seguir hacia delante. Creen en su capacidad para cumplir cualquier objetivo que se propongan, sin echarse atrás, sin darle la mínima oportunidad al desistimiento; consideran que cuando la idea del “no puedo” se asienta en tu espíritu estás perdido, y por eso se mantienen firmes en el convencimiento de que pueden con las contrariedades, de que, sea como fuere, triunfarán. En contra de la línea de pensamiento que defiende que “no eres como piensas sino como actúas”, ellos creen, antes, que “Como piensas es Todo”. Y, por eso, piensan siempre en positivo.

 

Se marcan objetivos concretos, medibles, determinados…  y actúan. No acompañan su existencia de dosieres repletos de vaguedades, de informes sin esencia, de titulares vacíos y materias sin sentido.  Se guían hacia objetivos claros, capaces de reportar la información necesaria para permitirles deducir, periódicamente, en qué punto del camino hacia el éxito se encuentran y actuar en consecuencia. ¡Actuar es otro de los puntos cardinales hacia la consecución del éxito! Actúan, trabajan, con persistencia, duramente, sin darse por vencidos, como un corredor de maratón, constantes en el ejercicio, en la exigencia física e intelectual. Centrados, sin distracciones pueriles, economizando tiempos y presupuestos.

 

Son aprendices de largo recorrido, nunca dejan de aprender; aprenden de lo que la vida les pone por delante, sí, pero también de lo que leen, de lo que ven en otros, siempre movidos por la imperiosa necesidad que sienten de incrementar sus habilidades, de mejorarse como profesionales. Aprenden desde el análisis de sus actos, de sus resultados, del detalle de las cosas, de los hechos. Son analíticos sin exceso. Analizan, aprenden, actúan…

 

No le temen a las diferencias, las aceptan y buscan integrarlas en sus proyectos en favor de la obtención de mejores resultados. No le temen a la innovación, no se limitan, no limitan a sus colaboradores, aceptan sus aportaciones y las suman al proyecto. Son conocedores de que la burocracia no permite el disenso y evitan caer en esa práctica, toda vez que una cierta “unanimidad forzada” conduce en muchas ocasiones, de manera vertiginosa, hacia el estancamiento.

 

Son efectivos en el trato y la comunicación. No se creen solos en el mundo, saben que, ya sea en su trabajo, en su vida social o en el ámbito de la familia, son parte de una red de personas a las que tratan abierta y justamente, desde la honestidad y la responsabilidad, desde el ejemplo, desde la humildad y, muchas veces, desde el sacrificio.

 

Aquéllos que nacieron con estas habilidades o las incorporaron para sí con el tiempo y el esfuerzo, acaban, muchas veces, convirtiéndose en líderes.

 

Warren Bennis, profesor estadounidense, experto en liderazgo y administración de negocios, dijo una vez: “El liderazgo es como la belleza, difícil de definir pero fácil de reconocer si uno lo ve”.

 

Quizás Vd. se pregunte cómo es posible que, en años, no haya sido capaz de reconocer a alguno de esos líderes y personas de éxito (más allá de Amancio Ortega y otro par de éllos). Cómo puede ser que no los encuentre entre las noticias de los diarios o la televisión, que no haya ninguno en su empresa o en las de sus amigos y conocidos, que se muestren incompatibles con la militancia en un partido político o  sindicato, que parezcan extinguidos de otros cientos de miles de asociaciones y colectivos.

 

Ahora que lo piensa, si tuviera que definir a aquellos que lideran la gran mayoría de nuestras organizaciones, más bien diría que son seres esencialmente deshonestos… expertos en dividir y chantajear… defensores del “ordeno y mando”… personas que se hacen acompañar siempre de una cohorte de incapaces, de mediocres, de amansados prestos a actuar, sin rechistar, a la menor indicación…  directivos, jefes, gobernantes, aislados en su torre de marfil, desconocedores de la realidad que deben gestionar… incompetentes que improvisan, mienten, demoran… psicópatas asesinos de la creatividad, la diferencia, del ansia de conocimiento...

 

Ahora que lo piensa… se da cuenta de que aún podemos ir a peor.

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