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Retratos de mujeres

Ester Bueno

Microrrelato de otoño

Eran las siete y entre bostezos arreglados al hilo del despertador decidió que aquel era el día. Vio su cara en el espejo, estaba demacrado, la hirsuta barba apuntando a un blancor inesperado por la zona de los pómulos. El agua de la ducha le devolvió la confianza para bajar a desayunar y enfrentarse a lo previsto y repensado desde hacía meses y que parecía existir solo en una esquina de su cerebro, con miedo a manifestarse.

 

La televisión estaba puesta. Una presentadora vestida de verde relataba una tras otras las tremendas noticias del día, con la impasible pose de la costumbre, sin alteraciones, el tono monocorde era  casi tranquilizador. El corazón le latía con extrasístoles locas, parecía faltarle un segundo entre cada pulso. Un punto sobre la ceja izquierda le saltaba incontrolable en el tic heredado de sus años de excesos universitarios.

 

Entró en la cocina y exprimió algunas naranjas. Con gestos de  autómata preparó dos cafés y eligió las magdalenas menos aplastadas dentro de una bolsa transparente con letras rojas. Servilletas de cuadritos sobre la bandeja; dos cosas de cada, cucharas, tazas. Pensó en lo absurdo de la duplicidad precisamente esa mañana. Sobre la mesa se amontonaban los papeles que la noche anterior había estado revisando: facturas, seguros, tickets de todo tipo de un número incontable de lugares. Lo apiló en una esquina y se sentó a esperar a que ella saliera del cuarto. Ahora en la tele ponían los goles de la última jornada liguera en una vorágine de equipos de primera división y con declaraciones de los entrenadores contra un “photocall” lleno de marcas de bebidas isotónicas.

 

El “buenos días” de ella sonó como llevaba sonando desde hacía dos o tres años, el mismo tono, la misma intensidad, el mismo sentarse sobre el sofá de cuero con indolencia, dirigiendo su mirada a la televisión. Algunos comentarios baladíes sobre lo tremendo del último desastre en Filipinas, sobre las huelgas o el político de turno. Monosílabos, gestos involuntarios, el mechón de pelo rubio apartado con un rápido mohín, un tirón en la falda para alisarla, pequeño toque en el centro de las gafas para encajarlas, coger la taza de café con toda la mano, un estornudo en dos fases.

 

Cogió el mando de la televisión y apretó el off. Ella se volvió sorprendida y le encaró con los ojos garzos, pasivos, esperando un porqué. Quizás no fueran más de veinte segundos de silencio. Cogió una hoja con números alineados, escritos a mano, sin tachaduras ni elementos confusos y se lo mostró. Ella pareció no entender aún de qué se trataba, ahí estaban los  veinte años de vida de pareja traducidos a matemáticas divididas en dos, también en dos, partidas en dos, con el nombre de cada uno sobre cada una de las dos columnas.

 

Salió a la calle desierta a esa hora. El otoño era ya manifiestamente rotundo en los árboles de enfrente de la casa, los últimos rosas de amanecida de octubre se despintaban contra el sol incipiente. Comenzó a andar con paso lento, llegó a la esquina donde todo acababa. Ella no abrió la puerta para llamarle.

Comentarios

DOMINGO MALZONI 15/11/2013 15:59 #1
Felicitaciones de todo corazón, es algo para tenerlo en cuenta. Sostengo de que la señora Ester Bueno, es una persona muy inteligente y merece su gran respeto desde la forma que se expresa por este nuestro medio. Aprovechando esta hermosa nota aprovecho a disculparme públicamente con dicha persona, simplemente por ser una persona dinámica e igual que ella, y dejando la politiquería de un lado podemos imaginarnos un mundo mejor con nuestros aportes.

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