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Retratos de mujeres

Ester Bueno

Hoy también me gustas, hoy también te quiero

La conoció en la frutería que regentaba junto a su novio de más de diez años y en un pueblo mediano, donde casi todo el mundo se conocía y los rincones tenían memoria de pasos, de susurros, de secretos mal guardados, de cuchicheos vanos.

 

Él, aunque no bien parecido y poco culto, había conseguido una posición económica más que aceptable, a base de trepar por las espaldas de otros, fundamentalmente utilizando los valores de los que iba encontrando y tirando luego los restos cuando ya no le servían, impidiendo así que nadie ensombreciera su camino prosaico hacia esa tranquilidad que da el no tener que pensar diariamente como cerrar los fines de mes.

 

Pero se encontraba solo, solo en su mundo aburrido y sin expectativas, solo tras la ruptura con el gran amor de su vida, la única mujer, la única persona, que había conseguido que vertiera dos lágrimas cuando le dijo adiós abrazada a un maromo alto y abogado, cuya cara parecía sacada de un cuadro de Boticelli. Y así llevaba varios años, reconcomiéndose por la pérdida de ella, preguntándose el porqué y vigilándola de forma enfermiza con el coche aparcado a la puerta de la casa que ya compartía con el joven apolíneo.

 

Durante ese tiempo de penuria emocional había desarrollado un sistema de cortejo que le había aportado breves espacios de diversión, por la novedad y la posibilidad de probar en la cama nuevas técnicas aprendidas en las redes sociales, pero sobre todo para no estar solo. Y el procedimiento era estándar: fijaba el objetivo en su presa y comenzaba un acoso diario de mensajes de texto a la elegida, a primerísima hora de la mañana, en los que escribía siempre las mismas frases, primero, “hoy también me gustas” y después, cuando la cosa iba avanzando, otras más atrevidas, “hoy también te quiero” “eres mi alegría” “qué fácil y maravillosa es la vida contigo”, esto unido a regalos y viajes románticos a hoteles de cinco estrellas con cenas a la luz de las velas y cava rosado, y “cielos” y “princesas” por doquier, hacía el resto. Caían rendidas a sus pies hasta que se hastiaba y volvía a las guardias junto a la casa de la favorita que entraba y salía sin darse cuenta de nada, viviendo alegremente una nueva existencia.   

 

La frutera era pálida, delgada y algo cargada de hombros, pero tenía un nosequé en la cara alargada y bovina que le atrajo desde el primer momento, en general le gustaban las mujeres algo hombrunas, de remos grandes y mal dibujadas. Se las apañó para conseguir su teléfono, con la excusa de poder hacer los pedidos con más comodidad en caso de que lo necesitara y así comenzó todo. Los “hoy también me gustas” hubieron de durar más que de costumbre ante la resistencia de la “princesa” que había dado el sí quiero provisional al otro. Pero la resistencia fue cediendo con ramos de rosas que representaban el número de días transcurridos desde su primer café juntos y con promesas de no presionarla y de dejarla ir tomando decisiones. Y prendió en sus redes como las otras, y dejo al frutero, y con las promesas de amor eterno y los “cielos” y “princesas” se dejó llevar en el romanticismo barato de él, en un río de sábanas de seda y amaneceres en Barcelona, en Zaragoza, en Potes o en New York, que también habían vivido muchas otras.

 

Sin embargo ayer, cuando ambos estaban en casa de los padres de ella, a los que como a otros padres de otras, el hombre había abducido con sus encantos y regalos, y mientras se encontraba con “la suegra” echando una mano en la cocina, el móvil de él se iluminó, la frutera miró instintivamente ante el resplandor de la pantalla y vio un mensaje de la exmujer de su amado, la obsesión de su hombre, en el que ponía: “hoy también me gustas”.

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