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Retratos de mujeres

Ester Bueno

Historia de Aurelia

Aurelia tiene veintiséis años y dos hijos, el mayor de siete, al pequeño no le ve desde que cumplió los nueve meses y mañana hará tres años desde que nació. Ha pasado por varias casas de acogida para víctimas de violencia de género y lleva y trae sus papeles de juzgados y sentencias por dependencias de diferentes administraciones, bien para reivindicar el derecho a ver a su segundo hijo, o para pedir una ayuda de alimentos ante la falta de trabajo, o simplemente para demostrar al que tiene enfrente que no miente, que su situación es crítica y real, en un desesperado bucle de justificaciones.


 
La primera vez que la vi me impresionó su delgadez, su fragilidad, pálida y demacrada, como si se hubiera arrastrado por lodazales de tristeza durante años. Venía con Emilio, su hijo, gracioso y de mirada también desconfiada, abierto a conocer con prevención.
Desplegó sus eternos papeles delante de mí y me lo explicó todo. Cómo se había ido de casa en medio de la noche, furtivamente, para que su marido no la oyera y pudiera detenerla y volver a agredirla,  su periplo de psicólogos y juicios, sus batallas ante la fuerza de las pruebas, si las lesiones eran antiguas o actuales, si era un cardenal o tres, si las costillas estaban rotas o era simplemente un golpe fortuito. Me explicó el miedo y la angustia, mientras lloraba desconsoladamente. Prácticamente sola, sin familia y solo algún amigo lejano dejado en el camino de la huída.

 

Sus objetivos en la vida, antes de haber cumplido los treinta, son en este orden: poder dar de comer a Emilio y tener donde cobijarle;  encontrar un empleo para mejorar sus expectativas y seguir luchando por recuperar a su pequeño. En los últimos tiempos ha tenido más mala suerte de lo habitual, se quedó sin trabajo y hubo de acudir a los servicios sociales para solicitar alguna de las escasas ayudas que habilitan las administraciones, pero la trabajadora social del municipio en el que habita no es especialmente receptiva a su caso, por lo que estaba al límite de lo posible para cubrir las necesidades más básicas de alimento y vivienda sin que realmente nadie hiciera nada por evitarlo. Por otro lado la abogada de oficio que tramita el asunto de la custodia del hijo menor había olvidado algún plazo y es necesario volver casi al principio de la lucha en ese ámbito.

 

Han pasados dos meses desde ese primer encuentro y parece que la vida va abriendo pequeños resquicios. Con lo mínimo para subsistir y algo más de esperanza, Aurelia me dijo ayer que tiene ganas de continuar, de encontrar un camino para ella y sus hijos y que hay menos desasosiego en el día a día. No obstante, me temo que no será sencillo y que el mundo no se lo pondrá fácil, es un hecho.

 

La historia de Aurelia puede ser un caso real, uno de los muchos que llegan a las puertas de nuestra Asociación. Mujeres con desarraigo total, sin referentes, en las que la amargura es lo que preside la vida.  Y a veces estamos tan lejanos de ellas, somos tan distantes.

 

Ester Bueno Palacios
Presidenta de la Asociación Josefina Aldecoa

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