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Retratos de mujeres

Ester Bueno

Haz visible la injusticia y la barbarie

Una injusticia hecha a uno es una amenaza a todos. Montesquieu

La ablación genital femenina es una de las violaciones de los derechos humanos cometidas contra las mujeres que más extendidas están en el mundo. Alrededor de una treintena de países, en la gran mayoría africanos pero también algunos de Oriente Próximo, tienen esta práctica ritual entre sus costumbres como forma  de controlar la sexualidad y la fidelidad de las mujeres.

Cada año dos millones de niñas son mutiladas genitalmente antes de la pubertad y condenadas a no tener ningún tipo de satisfacción sexual. A esto hay que añadir el gran peligro para su vida, ya que la ablación es realizada en la mayoría de los casos por “comadronas” sin formación y en unas condiciones higiénicas penosas que condenan a la muerte a niñas de entre cuatro y catorce años.

El maltrato a las mujeres alcanza en estas prácticas uno de sus niveles más penosos y violentos, pues atenta contra un colectivo totalmente vulnerable al que ya sea por razones sexuales, religiosas o incluso estéticas, se le aboca a un vida marcada para siempre por ese momento tremendo que han de afrontar sin poder decidir.

En España se practica también ablación entre personas de origen inmigrante y procedente de países que tienen como imprescindible la extirpación del clítoris y muchas veces la infibulación. A pesar de que desde 2005 los tribunales de nuestro país pueden perseguir los delitos de mutilación genital femenina sigue ocurriendo, si bien es verdad que en muchos casos las familias aprovechan los periodos vacacionales en los que vuelven a sus países para hacer pasar a sus hijas menores por un trance degradante, inhumano y de tortura.

Retratos de mujeres, de niñas pequeñas hechas un ovillo ante algo que nunca llegarán a entender. No hablamos de casos aislados, cada día 6.000 niñas son mutiladas genitalmente en alrededor de 28 países. Las alertas de la organización mundial de la salud, la ayuda y difusión en los medios de comunicación, la persecución a una costumbre que ha hecho que más de 100 millones de mujeres en el mundo hayan sido sometidas a esta barbarie, no son suficientes. Solo la educación de la población, la cultura como base de las actuaciones de la cooperación internacional, la concienciación de los gobiernos mediante más presión, serán los únicos caminos que abran una brecha que empiece a limitarlo.

Hay que contarlo y escribirlo, ver las palabras en el papel, las imágenes en la televisión. Extirpar el clítoris y coser los labios mayores y menores de la vulva con alambre o hilo de pescar ocurre miles de veces cada día en este planeta preocupado por la caída de la bolsa y por la fluctuación de los tipos de interés.

Lo que subyace, el fondo del problema, lo marca el machismo más cruel y más atávico. Que se haga renunciar a la mujer de forma violenta a poder disfrutar de su sexualidad, que se cosan los genitales para que solo el marido, en la noche de bodas, pueda brutalmente forzarlos y que se vuelvan a coser en ocasiones después de tener un hijo, no es más que el intento de controlar lo corpóreo, controlar la voluntad  mediante la violencia, un método de anulación. 

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