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Recetas para educar

Juan Carlos López
Entusiasmo por la educación y por la vida

CARTA DE UN PADRE BIEN INTENCIONADO

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Mi querido Fred: el favor que me pides en tu carta es insignificante, por cierto.   Tu hijo, Juanito no está muy contento con el empleo; tú crees que tal vez se sentiría más feliz en otro y sabiendo que el presidente de una gran empresa es amigo mío, me preguntas si yo podría llamarlo por teléfono y recomendarle  a tu chico.

 

Mi primer impulso ante esta petición fue hacer precisamente lo que más o menos esperabas.  Pues, desde luego, nada hubiera sido más fácil. ¡Encantado de satisfacer tus deseos! Tomé el teléfono, cuando de pronto, me vino a la mente una idea muy curiosa: Me encontré con que estaba pensando - imagínate  - en un gato.  Ofuscado, volví a colgar el teléfono.

           

Lo había olvidado por completo, pero el último viernes por la tarde presencié una de esas escenas callejeras que hacen a los circundantes pararse o asomarse muy interesados a la ventana. En la casa de apartamentos de enfrente, el gato persa de una vecina había salido a la cornisa, varios pisos sobre el nivel del suelo y andando por ella llegó hasta el ángulo del edificio, donde perdió el valor.  No podía avanzar y no se atrevía a retroceder...   El hermoso animalito  se sentó allí impotente, y se puso a dar maullidos lastimeros.  Su dueña le daba órdenes, le rogaba, trataba de hacerlo volver con halagos, hasta que por fin llamó a los bomberos, quienes llegaron y con una escalera lograron bajarlo.

 

En esto pensaba, Fred, después de leer tu carta.  Pensaba también en Juanito; lo recuerdo muy bien como el niñito que vivía calle abajo de nuestra casa; luego como un adolescente que crecía con los nuestros y, por último, como un universitario graduado.

 

Me acuerdo igualmente de lo cerca que estabas de él siempre que se trataba de hacer algún plan o de tomar una decisión. ¿Recuerdas la vez en la que él quería construir una casita entre las ramas de tu enorme arce?  Creías que era demasiado peligroso y lo convenciste para que no lo hiciera.  ¿Y cuándo pensó en suspender durante un año los estudios y pagarse con su  trabajo un viaje por el mundo?  Tú lo consideraste una imprudencia de forma que no fue. ¿Y aquella chica con quien estuvo a punto de casarse? Opinaste que el muchacho era demasiado joven para el matrimonio.  Y el empleo que tiene ahora, tú se lo conseguiste ¿no es  así?

 

Fred, me has pedido que ayude a Juanito. Pues bien, creo que la mejor manera de ayudarlo  es decirte esto: deja de intervenir en cuanto hace tu hijo, déjalo que crezca y sea un hombre y no un niño de 1,80 m de altura, atado a unas andaderas invisibles.  ¿Sabes por qué se quedó paralizado aquel gato persa en la cornisa? Porque llevaba una vida tan cuidada y protegida por todos que no sabía que hacer en una situación que cualquier gato vagabundo habría retrocedido sin vacilar.

 

Este país, Fred, está lleno de muchachos como Juanito: simpáticos, bien educados y bienintencionados, pero también indecisos, vacilantes y blandos. Los veo en mi labor de consejero, los tenemos en todas partes. A veces se muestran confusos y resentidos, otras veces se muestran apáticos y soñolientos.

 

¿Quién los hizo así? Sus padres. Padres cariñosos, buenos, concienzudos, padres que empiezan con toda inocencia a guiar y proteger a sus hijos y terminan paralizándolos con el exceso de protección.

 

Oigo a la gente quejarse de que resulta cada día más difícil encontrar hombres y mujeres con don de mando en nuestra sociedad, con energía, iniciativa, confianza y audacia, tal vez sea porque los hijos demasiado protegidos no pueden desarrollar esas cualidades. ¿Para que habrían de hacerlo, si otros les resuelven las situaciones críticas?

 

 Sólo Dios sabe con qué facilidad cae un padre en esta trampa, Fred.

 

Es muy difícil dejar a tu hijo que decida y se valga por si mismo, pues cuanto más quiere uno a sus hijos más quiere protegerlos, evitar que caigan en los mismos errores que uno.  Sin embargo tiene que cometer errores.  Tal es la principal forma que tiene  de aprender.  Privar a su hijo de la posibilidad de cometer sus propios errores  es quitarle la oportunidad de progresar.

 

Permítame que añada algo más, me atrevería a creer que una causa profunda del descontento de Juanito con su trabajo actual es el conocimiento de que no se lo ha buscado el mismo.  Y por tanto hay algo en él, una tenaz chispa de masculinidad que no acepta esa situación.

 

Dile a Juanito que venga a verme, si lo desea. No le daré ninguna carta de recomendación, pero puedo darle algún consejo.  Le instaré a que deje el empleo que tiene, el que le consiguió su padre y haga frente al mundo, temeroso e inseguro, pero espoleado por el desafío de la crisis.

 

Siempre has estado orgulloso de tu hijo, Fred. Dale ahora a él una oportunidad de estar orgulloso de si mismo.

 

            Afectuosamente

 

Comentarios

Armando 27/03/2014 18:18 #1
Por desgracia una realidad demasiado frecuente en estos tiempos, pero yo no tomaría la palabra "concienzudo", "buenos" o "bien intencionados" para definir este tipo de padres, yo creo que la definición anda más por EGOÍSTAS...son un extremo igual que los padres que pasan absolutamente de sus hijos, aunque lógicamente mejor que sean más acaparadores que no pasotas. Este tipo de padres luchan por que sus hijos sigan la vida mediocre que viven ellos, despreciando y coartando todo tipo de inquietudes que tengan sus hijos deferentes de sus ideas ñonas y controladoras...en fin, me gustó un montón este post donde describe la típica situación familiar de búsqueda de trabajo, donde la mayoría de los padres da valor sin querer o egoístamente, los valores más bajos de las personas, que es conseguir las cosas sin esfuerzo; algo que mina la autoestima de las personas, en este caso la de sus hijos y que contribuye en general a crear una sociedad cada vez más conformista, manipulable y sin ilusión. Y aunque me desvíe algo del tema yo diría que en los tiempos que corren, la crisis más importante que tenemos es la de la actitud, da la sensación que si nos hechan del trabajo se acaba el mundo,siempre pendientes de las decisiones del gobierno, jefes, padres...etc.es hora de cojer las riendas de nuestra vida y simplemente DECIDIR, existe demasiada comodidad en la sociedad, aceptamos todo lo que nos echen, desde en el trabajo hasta el propio gobierno. Un saludo

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