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Recetas para educar

Juan Carlos López
Entusiasmo por la educación y por la vida

Carta a una madre

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Querida mamá, he tenido suerte de haberte dicho en vida, todo lo  que hoy te voy a escribir.

Tuve el privilegio de  tener una buena madre mucho tiempo, aunque para mí no ha sido suficiente. Algunos piensan que 87 es una buena edad para morir, yo creo que cuando se trata de una madre siempre es demasiado pronto.

 

Una madre que se olvidó de ser mujer por ser madre, ¡cómo tantas otras!  Una madre dedicada a la “intendencia desagradecida diaria”: cocinar, fregar, en los ratos de descanso coser, controlar los deberes, cumplir con sus obligaciones espirituales, llevarnos al médico. Todo, para que no nos faltase de nada. Nos dio una base segura que nos permitiese a los demás ser más felices, y tener una vida más fácil.

 

Nunca te jubilaste de madre, nunca hiciste huelga de madre, tus huelgas eran a la japonesa, trabajando cada vez más, por los tuyos.

 

Todos éramos importantes para ti, para todos tenías tiempo, a cada uno nos dabas lo que necesitábamos, y nos hacías sentir únicos. Cómo los dedos de tu mano, todos diferentes, todos necesarios, todos especiales.

 

Nunca olvidaré ese traje de portero hecho a mano de los Reyes Magos de mis 8 años. Tampoco, mis diez castañas calentitas en otoño, hechas en la cocina económica con leña. Y tus alubias, el vaso de chocolate “de hacer” de los domingos con pan y tus cosquillas, tú mano calentita en el oído para aliviar el dolor, otra mano segura por la calle, tu “partirte la cara por tus hijos”, y hablar si hacía falta con el Gobernador Civil para defendernos. Recuerdo como me decías “Si hubiese trasplante de oído, te lo daría”, y lo más importante, sé que lo harías.

 

¡Cuántas horas de espera en los hospitales! ¡Cuántos meses durmiendo en una pensión! ¡Y cuántas durmiendo en un sillón al lado de la cama en Ramón y Cajal! ¡Cuántas madrugadas, cuántos viajes en tren, autobús y andando! ¡Cuántos malabares para llegar a final de mes! ¡Cuántos días despertándonos a las cuatro de la mañana, para ir a los hospitales madrileños y volver a cuatro de la tarde, después de pasar hasta seis horas en las salas de espera! Y siempre con el miedo de lo que nos diría el Doctor.

 

Por tus hijos perdías el miedo: eras nuestra Madre. ¡Cuántas conversaciones con los maestros!, tenías un seguimiento diario con todos nosotros, al salir de misa de 8 de la mañana siempre esperabas a los profesores para hablar con ellos.

 

Fuiste nuestra verdadera maestra, cuando éramos pequeños ejercías como una gran pedagoga, sin estudios. Recuerdo cómo te estudiabas nuestras lecciones, para luego preguntárnoslas, y cómo recogías la cocina con rapidez, para que pudiésemos estudiar nosotros allí, pues no abundaban los espacios en nuestra casa.

 

Te comportaste como una “vecina ejemplar”, como decía Asun,  la vecina de enfrente, ayer al despedirte, “Nunca he tenido una vecina como ella”. A los niños del cuarto, como su madre vivía en Alemania, hiciste  de madre, dándoles seguridad, y llamándoles cada poco. A la del segundo, que discutía con el marido, le aconsejabas sobre cómo tratarle para no separarse. A la del 5º le enseñabas a tender la ropa, siempre tenías el vaso de aceite o de azúcar para el que te lo pidiese. A la del noveno, la recibías y podía estar horas escuchándola mientras cosías. A los hijos de Toñi les dabas besos en el ascensor, para que no notasen la falta de su madre, que se fue demasiado pronto, les hablabas de lo buena que era su madre para que no la olvidasen, y lo más importante les escuchabas. Y al niño marroquí, le abriste la puerta cuando su madre estaba dando a luz y no sabía dónde estar. (¡Gracias Mohamed, cómo agradecimos tu visita a la Residencia cuando ya eras un chicarrón! Y en lugar de avergonzarte de visitar a una persona mayor, tu cara, nuevamente se iluminó). Siempre con la aguja lista para hilvanar un vestido, o coser el botón de la vecina que no lo sabía hacer.

 

Nos ensañaste  que nuestra puerta siempre estaba abierta para los demás, pero nosotros no debíamos molestar.

 

Nos solía decir, “¡qué buenos son los vecinos!”, aunque al final de su vida, solía decir, “Juan, ¿a ver si los buenos somos nosotros?”.

 

 Estas son algunas de tus  perlas:

 

- Nunca os metáis con los hijos de los demás, nada duele tanto como un hijo.

 

- Antes de reñir a un niño, a tu hijo, ensaya, y ensaya de varias maneras para no hacerle daño y conseguir tu objetivo, es decir su mejor educación.

 

- Si los demás hacen algo mal y consideras que  son tontos, si tú haces lo mismo eres igual de tonto. Devuelve bien por mal.

 

- Educa en la carencia, para valorar más la tenencia. Recuerdo los consejos a las vecinas jóvenes con hijos, cuando les decías, mi receta es no darles todo, que se lo ganen. Recuerdo como mi hermano se tuvo que ganar la “zamarra” (una cazadora que quería), aprobando todas las asignaturas.

 

- La misa debe ser de media hora, que se entienda y como Dios manda.

 

- Nos educaba con su ejemplo:

 

- Primero los hijos y luego ella. Pudo dormir meses en un sofá para acompañarme en el hospital, y comer de bocadillo todos los días. Y nunca oí un lamento.

 

- Nunca le dolía nada como madre, o no lo mostraba, hasta que fuimos mayorcitos.

 

- Me enseño a honrar y respetar a los maestros, hasta que nos convertimos en uno de ellos.

 

- Nos aleccionaba para perdonar y pedir perdón y estar orgulloso de hacerlo. Se vanagloriaba que su hijo no era rencoroso, y nunca decía mentiras, ¡Cómo iba hacerlo con una madre así!

 

- Hijo, "lo que seas antes de ir a la mili eso es lo que serás", aprovecha el tiempo

 

- Nosotros, sus hijos éramos sus condecoraciones. Nuestra felicidad era la suya. Nuestros hijos, sus nietos, era su segunda juventud.

 

- Nos mostró lo importante de  respetar a nuestros maridos y nuestras mujeres a los que consideró y trató como sus propios hijos.

 

- La comida, se reparte primero para los hijos, y si no llegaba para todos, ella no comía, o comía las sobras.

 

- Nos enseñó a ahorrar, "las cosas se compran por arrobas pero se gastan por onzas" nos solía decir.

 

- Me recordó que debía  ser agradecido, y a honrar a los grandes: don Ángel, don Eladio, don Juan… Y sé humilde, cariñoso y respetuoso con todos.

 

- Luchó, sin éxito, por enseñarme a vestir e incluso a peinarme, cada pelo de mi barba fuera de lugar le incomodaba. Ella, era mi madre y yo su niño pequeño, hasta con 48 años: “Ponte la bufanda, córtate ese pelo, arréglate la barba, vete elegante a esa conferencia”

 

- Ejerció durante años de psicóloga al otro lado del teléfono, su escucha era sanadora. Cada error en la vida o en la escuela ella nos lo convertía en lección.

 

- Utilizó el sexto sentido, y siempre con acierto. Leía nuestras caras, las preocupaciones y las alegrías.

 

- Cuando son pequeños los niños, con una manta los tapas a todos, cuando crecen necesitas una manta para cada uno, nos decía.

 

- Vivió la postguerra y nos decía “Viajábamos con un pie en la cárcel y el otro en el cementerio” Sabía lo que era alimentarse sólo con un huevo y pan duro. Y por supuesto durante años su desayuno fue el pan “migao”.

 

- Nos dejó en herencia lo mejor, una honrada profesión a la que amar.

 

- Cuando acabé mi tesis me dijo, “Y ahora ¿qué vas a  estudiar hijo mío?, No te hagas un holgazán”. Nos inculcó el amor al trabajo.

 

Mi madre era y se enorgullecía de ser “tierracampiña”, era “pellejera” (de Villarramiel), aunque nació en Herrín. Y ejercía de ello, su devoción  a “San Antonio” de Herrín, su miedo a su famosa diabla. Y en casa usábamos los vocablos típicos de la tierra: amecales, lindoira, chiguito, regueldar, berretes, gigantea, moquero, rodea, alparciar…

 

Hoy, escribo desde la tristeza. Unas lágrimas caen en el teclado y otras caen en el corazón.  Se me va una mano que me sujetaba, un sustento seguro e incondicional, un espejo que no distorsionaba, unos besos agradecidos, y un lugar  a quien dirigir mis abrazos. Dicen que después de un hijo, lo más doloroso de perder, es una madre. Y algo así debe pasar, pues hoy alterno la tristeza punzante, con la tristeza serena y silenciosa.

 

Ya no podré volver a decir “Mamá”, o ¿sí?... Ya no encontraré respuesta,  o ¿sí?

 

Mi madre ha sido mi verdadero MVP (el jugador más valioso de mi vida) y desde hoy será mi ángel de la guarda, ahora desde el otro lado.

 

Te quiero mamá

Comentarios

Félix 09/09/2014 09:13 #2
Gracias por esta nueva lección de vida, Juan Carlos. Un fuerte abrazo!
Carmen 08/09/2014 18:10 #1
Me ha emocionado tu carta y me ha hecho recordar aún más a mi madre, han pasado muchos años desde que ella se fué, solamente yo tenia 20 años (recuerdo como rezaba pidiendo a Dios que me cambiara por ella) era tan joven...solo tenia 60 años. Los años han ido pasando el recuerdo sigue vivo, la sigo hechando de menos, pero siempre doy gracias por haberla tenido como madre. Y eso tambien se percibe en tu carta. ¡Animo y siempre recuerdala asi!

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