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Perspectiva de familia

José Javier Rodríguez
Blog de José Javier Rodríguez Santos

Familias emocionalmente inteligentes

No hay duda que muchas familias han acertado al establecer relaciones emocionales sólidas y bien reguladas, lo que les ha facilitado su crecimiento personal y familiar. No cabe duda que la riqueza emocional está directamente relacionada con la variedad y cantidad de interacciones interpersonales sanas. En definitiva, la persona que regula bien sus emociones y afectos, tendrá seguridad en sí misma, poseerá un buen grado de autoestima y, en definitiva, será feliz.

Vivimos en una época en las que las emociones están al alza, incluso se considera más valiosa la expresión de cualquier afecto o emoción que la capacidad de dar una razón razonada de los motivos que inspiran una conducta. El mundo cultural en el que nos movemos no es un mundo de confrontación de razones, sino de contraste de estilos de vida. Resulta que, desde el 15M, un grupo de ciudadanos ya no defienden una serie de principios argumentando razones; se manifiestan porque defienden un estado de ánimo: la indignación.

La semana pasada asistí en Ávila a un curso de verano de la UNED titulado €œInteligencia emocional y emociones inteligentes€. En él se plantearon, desde la óptica de la psicología, diversas teorías y propuestas terapéuticas para mejorar o paliar los efectos de la carencia de salud física o psíquica, así como para corregir posibles desadaptaciones sociales. Según el Catedrático de Psicología de la UNED y director del curso, Enrique García Fernández-Abascal, el bebé nace con sólo seis emociones básicas (alegría, sorpresa, miedo, asco, ira y tristeza) herencia compartida con los mamíferos, localizadas en el sistema límbico de nuestro cerebro y dirigidas a la supervivencia. Este planteamiento es algo aceptado desde cualquier corriente psicológica. Por consiguiente, son muchas las emociones que se han de aprender a lo largo de vida y, en especial, durante la primera infancia. La riqueza del bagaje afectivo y emocional y la capacidad de regularlo depende, además, de la cantidad y variedad de experiencias vividas.

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Por otro lado, según la profesora de la universidad de Huelva, Rosario Cabello, el sistema educativo se debería introducir en el currículo escolar talleres de desarrollo de las habilidades emocionales. También, el profesor de psicología de la UNED Javier Domínguez sostiene el mismo planteamiento. Pero es que resulta que, según Bernabé Tierno y la mayoría de educadores, psicólogos y neurólogos, la €œEdad de oro del niño€ es de los 0 a los 6 años. En este periodo de la vida se aprenden, asimilan e interiorizan más conductas, más afectos y más estructuras cognitivas que en el resto de la vida.

En consecuencia, si es la madre la primera en dar seguridad, cariño, atención y todas las necesidades básicas al recién nacido; si es la familia la primera en proporcionarle aquellas emociones y afectos que configuran el €œsoftware del cerebro humano no trae de fábrica€; si son las primeras experiencias y el ambiente afectivo en el que el niño se desarrolla los que favorecen un desarrollo emocional amplio, regulado y estable en el tiempo...ÂżPorqué, entonces, tenemos que esperar a la escolarización del niño en el sistema educativo para fomentarlas? ÂżAcaso la calidad y eficacia del sistema educativo a nivel nacional o internacional se mide por el nivel de socialización que tiene el escolar en lengua, matemáticas o ciencias naturales? ÂżAcaso el informe final de la Educación Secundaria Obligatoria depende de las capacidades sociales, de la riqueza emocional o de la capacidad de expresar afecto del alumno? ÂżQué diría un profesor universitario o de ciclos formativos si sus alumnos de nuevo ingreso están muy bien socializados, pero no disponen de los conocimientos y procedimientos más elementales de lengua, matemáticas, ciencias humanas, naturales o idiomas?

El Sistema Educativo no puede con todo. En cambio, los padres, que somos los primeros responsables de la educación moral, afectiva y emocional de nuestros hijos, debemos asumir nuestro compromiso, no sólo con ellos, sino también con la sociedad. El crecimiento y desarrollo emocional y afectivo de los hijos es competencia nuestra y, a la vez, es una responsabilidad social. Por ello y para ello, se ha de contar con tiempo, espacios y medios. Si el Estado invierte en la familia se refuerza, al mismo tiempo, el sistema educativo y, además, se mejorarán las arcas de la seguridad social, pues la familia es la mejor seguridad social que una nación puede ofrecer a sus ciudadanos.

Un clima de colaboración familia-escuela facilita el desarrollo de las emociones y los afectos. Es más, sin ninguna duda, este proceso evolutivo forma parte del currículo transversal, multidisciplinar y recurrente de todo maestro. Pero considero que se ha de dar un paso más. Desde los centros educativos se podría impulsar la creación de escuelas de padres o puntos de encuentros familiares en donde se contribuya a promover el espíritu de familia. El AMPA y los servicios de orientación y mediación de los centros docentes podrían arbitrar actuaciones para difundir entre las familias aquellos aspectos en los que la psicología y la pedagogía han descubierto nuevos métodos y técnicas que contribuyen a un desarrollo integral de los niños y adolescentes.

Por otro lado, si la Administración Pública facilita la conciliación de la vida familiar y laboral, los padres dispondremos de más y mejor tiempo para dedicar a nuestros hijos. Si desde las empresas se permite la jornada flexible o partida según la necesidad del trabajador o se incentivan las formas de empleo desde el hogar entre otras posibilidades apuntadas en el post de la semana pasada se contribuirá a mejorar el clima familiar, generando nuevos tiempos y espacios para que la familia sea una realidad que regenere el ambiente social y mejore el entorno humano en el que vivimos. Un padre, una madre implicados en la formación integral de sus hijos es la mejor garantía de futuro social, humano, intelectual y profesional de sus hijos. (Dejo para otro post el informe de la UNESCO de Sam Redding en el que se abordan estos temas)

Ahora bien, la emoción y los afectos no son lo único en el ser humano. Somos seres biológicos, emocionales, racionales y transcendentes. Lo primero nos condiciona a nivel físico, lo segundo modela nuestra personalidad, lo tercero matiza nuestra conducta y lo último nos eleva y dignifica. Desde la psicología emocional se puede caer en la tentación de concebir al hombre como un manojo de emociones que, desde el instinto, le conducen inexorablemente hacia lo terrenal. En cambio, no se puede olvidar que el amor y los vínculos familiares, que la capacidad de búsqueda de la verdad y que la indudable aspiración del ser humano a transcender, le llevan siempre más alto. Esto es lo que los psicólogos llaman motivación y expectativas.

La verdad es que, durante el curso de la semana pasada en Ávila, eché de menos al profesor de la USAL Juan Francisco Martín Izar, que ha recorrido en los últimos años diversos colegios de Salamanca hablando de las emociones y los afectos a cientos de padres que acudían a los cursos de formación con el afán de proporcionar a sus hijos una mejor educación. O la profesora de la UPSA, Carmen García Pérez, que en este último año se ha incorporado al proyecto. Ellos son conscientes que la familia es el lugar privilegiado para formar las emociones.

Para más información sobre este tema se puede leer el libro €œEducar con inteligencia emocional€ de Maurice Elías, Steven Tobías y Brian Friendlander en el que se ofrecen muchas alternativas para conseguir que los hijos sean sociables, felices y responsables.

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