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Perspectiva de familia

José Javier Rodríguez
Blog de José Javier Rodríguez Santos

El deseo de hambre y sexo. La libido y la felicidad

Quería titular este post con una frase impactante: “Familia y sexo en Navidad”, pero podría llevar a confusión a más de uno y no está en mi intención provocar para inducir al equívoco. En fin, si el lector tiene paciencia y llega hasta la conclusión, descubrirá que ese título hace honor al post.

Durante estas últimas semanas multitud de situaciones y conversaciones han despertado nuestro apetito. Las comidas y cenas por motivo de la Navidad con los compañeros de trabajo, con los amigos y, claro está, con nuestra familia nos revelan que somos cuerpos necesitados de alimento y personas en relación en busca de un sentido a su existencia. ¿Qué significado tiene el deseo de manjares exquisitos? ¿Existe alguna relación entre el hambre y el sexo? [1]  

Voy a proponeros, queridos lectores, indagar y dar significado al hecho de la preparación, la degustación y la sobremesa de cada uno de estos encuentros gastronómicos. La buena cocina y sus guisos despiertan nuestra imaginación y suscitan deseos de una suculenta degustación. Unos optamos por los mariscos y pescados, otros por los lechales y cochinillos. Es cierto, también el olor de la preparación de una crema de verduras o de hortalizas o un sencillo cocido castellano también estimulan nuestro apetito, al igual que una ensalada de lechuga y tomate frescos convenientemente aliñados.

El olor de la comida fresca lista para ser preparada con los aceites y especias más exquisitas agudizan el ingenio del buen cocinero. Los sentidos, a medida que se acerca a la hora de comer en el hogar, van descubriendo multitud de aromas familiares que avivan la imaginación, anticipan el momento de la degustación y apremian al apetito. La preparación de la mesa y el ruido de los platos y cubiertos aumentan el “deseo de hambre”, un impulso connatural a todas las personas.

También los animales, ante su instinto irracional e imparable, desarrollan un conjunto de estrategias para la captura de la presa que anticipa la satisfacción de la necesidad biológica. El tigre desea a la cebra que descubre entre la maleza; su olfato se afina, la vista se fija, los jugos gástricos comienzan a segregarse y todo su cuerpo se pone en estado de alerta. Asimismo, las personas vamos disponiendo nuestro organismo para satisfacer nuestra hambre, necesidad que surge, nace y tiene un origen primario en nuestro propio cuerpo, pero también en el objeto del deseo: la comida.

 

El deseo: del origen a la finalidad

Demos un paso más. Tanto el animal como el hombre al comer perseguimos un fin que no se acaba con el movimiento de la mandíbula, la secreción de la saliva o el engullir el bolo alimenticio. Nos alimentamos de naturaleza muerta, animales inertes o vegetales arrancados de la tierra. Si bien, no lo matamos por simple placer, en el proceso de la digestión nuestro cuerpo asimila y transforma en parte viva de nuestro organismo al animal con que nos alimentamos. Hacemos del alimento carne de nuestra carne para darle vida, para que la vida continúe. Pero, a diferencia del animal común, el animal racional se percibe como objeto que desea, que tiene hambre y es capaz de descubrir los significados de sus actos.

Por consiguiente, el deseo de hambre nace de una necesidad intrínseca a la persona y de un estímulo externo para obtener, no sólo un fin biológico, sino también, un bien mayor que transciende al hecho mismo de la alimentación: la unión. Sin embargo, llegará un día que nuestro organismo no sea capaz de asimilar más comida porque esté inerte y sirva de alimento a otros seres vivos. Es aquí, ante esta limitación biológica, donde nace la necesidad del sexo. Los animales poseen el instinto del sexo y las personas el impulso sexual, que permitirá al ser vivo superar el hecho de la muerte biológica.

No obstante, hay una gran diferencia entre el instinto sexual en el animal, y el impulso sexual de las personas. El animal está condicionado por el estímulo exterior de la hembra en celo (tiene limitación temporal) y ante el cual no tiene más respuesta posible que la consumación del deseo o la lucha con otros machos por su supremacía. En cambio la persona, por su naturaleza racional, es libre ante este impulso sexual. Ahí radica la diferencia entre instinto e impulso.

Así como el deseo de hambre tiene una doble procedencia (la exterior, que nace del apetito que despierta el guiso, y la interna, que surge de la necesidad de subsistencia), el deseo de sexo tiene también dos orígenes. Descubrimos que la pasión sexual se despierta con toda su potencia a través de nuestros sentidos: la vista, el tacto, el olfato, el oído y el gusto. Esta percepción erótica es la intuición de felicidad. Así, ante la diferencia del otro nos sentimos atraídos, poseídos y arrebatados. Por el tacto descubrimos las formas nuevas, por el gusto y el olfato se revela la diferencia, el intercambio de miradas delata el sexo del otro y los distintos tonos de la voz alimentan el erotismo.

Esta pasión que nos seduce nace, al mismo tiempo, de nuestro interior, de nuestra naturaleza que nos apremia a perpetuarnos. Sin embargo el impulso del sexo, la libido, que envuelve a toda la persona, no se sacia sólo en la copulación, como tampoco el fin del comer es sólo la digestión biológica de los alimentos. El encuentro sexual de dos personas es una donación recíproca en la que al tiempo que uno, el varón, entrega su semen, el otro, la mujer, lo acoge en su útero. Allí, en el santuario de la vida, el espermatozoide y el óvulo podrán unirse de manera definitiva e inviolable, así como, de manera análoga, el alimento que se fusiona con nuestro organismo para darnos vida.

 

Un paso más: la comunión.

La comida para las personas, no es sólo una necesidad biológica, es un imperativo social: comemos en compañía, intercambiamos sentimientos. El fin del comer no es sólo engullir alimentos, es compartir mantel y mesa con los comensales. Estar en una comida de empresa, de amigos o familiar sin hablar e intercambiar palabras, afectos, emociones o razones no es participar de ese banquete en plenitud. El invitado que está al margen de la conversación se siente desplazado al no estar integrado en el fin que reúne al resto de comensales.

Del mismo modo, romper, impedir o alterar en cualquiera de sus modos la unión sexual de un hombre y una mujer o utilizar a una de las partes para satisfacer unilateralmente el deseo será una perversión del fin del deseo y trunca el ansia de felicidad. Copular es la entrega total y recíproca de dos cuerpos en concordia, libertad y diferencia, para acogerse mutuamente y acoger el don de la vida. Al entregar nuestro cuerpo donamos nuestra persona, nuestro pasado y nuestra historia, el presente y el futuro compartido.

De ahí que el hijo no sea un objeto yuxtapuesto, añadido o agregado ausente a la unión que se produce en la copulación. Al igual que el alimento formará parte  de la persona que lo ingiere, el hijo será un todo orgánico y natural con sus padres. Este es el origen natural de la familia, como lo otro es el origen natural de la alimentación. Sin la asimilación por parte del cuerpo del alimento la comida pierde su esencia, sin la apertura a la vida el sexo está capado.

 

Conclusión

El hombre y la mujer en su unión sexual, a diferencia de los animales, se miran a los ojos y en ese cara a cara se produce un encuentro interpersonal que transciende el nivel biológico. El don de la sexualidad, del placer de la libido y del gozo en la unión conyugal estable y comprometida es la fiesta de la familia. La trilogía padre, madre e hijo son el fruto del deseo de sexo inscrito en nuestra naturaleza humana. Familia y sexo están enraizados en nuestro ser como personas en comunión que buscan la felicidad. El deseo de sexo es el anhelo de perpetuarse, de dar dándose, de encuentro recíproco, de generosidad, de hermosura y belleza sin igual. Sin sexo no hay familia, así como la familia no existe sin el sexo de la diferencia.

 

Notas:

[1] En este post voy a hacer una reseña comentada del libro de José Noriega editado en Didaskalos titulado “No solo de sexo… Hambre, libido y felicidad: las formas del deseo”.

Comentarios

Juanfran 15/01/2013 14:35 #3
Interesante
Vicente 05/01/2013 19:09 #2
Excelente y "apetitoso" post. Seguramente, más de uno de los que profesan el animalismo pondrían el grito en el cielo, perdón, en el suelo. Muy instructivo y profundo, lo que no viene mal en estas fechas. ¡Qué diferencia cuando se habla desde la verdad de las cosas, desde la naturaleza, o desde presupuestos meramente ideológicos! Gracias, José Javier, y sigue alimentándonos.
José Luis 04/01/2013 18:59 #1
Muy simpático y profundamente pedagógico. Gracias.

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