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Palabras de Poeta

Guillermo De MIguel Amieva

ENTRE LA PASIÓN Y EL PODER

~~España se debate siempre entre la pasión y el poder, entre el sueño y la descarnada realidad; entre Don Quijote y Sancho. Entre represión e Ilustración. Entre tradición y modernidad. Entre despotismo y libertad.

~~La política está al servicio de la calle. Quiere decirse que los políticos deben favorecer que los ciudadanos habitemos el mundo y que hagamos cosas en favor nuestro y de los otros. Las calles y las plazas, las ciudades –también lo medios telemáticos, pues vivimos y construimos desde internet gran parte de nuestra vida–, son las arterias por donde la sociedad discurre. Los políticos sólo deben tenerlas limpias de broza. Nada más. Un presidente de gobierno, un alcalde, o un presidente de comunidad autónoma, pongo por ejemplos, no son muy distintos a un presidente de comunidad de vecinos. Salvando las distancias, cuando una democracia está asentada el político debe ser invisible. Los grandes líderes solo nos hacen falta en los momentos históricos más críticos.

 

La calle no está al servicio de los políticos ni de los poderes públicos. En España, por un devenir autoritario dimanante de una historia militar de siglos y por un dogmatismo religioso proveniente de la necesidad de construir un Estado Nación basado en la unidad del idioma, la religión y el derecho, hemos terminado por aceptar la figura de políticos a los que servimos. Los que debieran servir son beneficiarios del servicio. Los primeros validos de nuestro Estado moderno, el cual por otra parte es el más antiguo de Europa y por tanto del mundo, fueron todos eclesiásticos. El cardenal Cisneros, sin ir más lejos, uno de los primeros y una de las avenidas de esta ciudad. A partir de ellos se instauró la connivencia de la Iglesia con el Poder político y, de todo ese guisado de dogmas y coronas, ni nuestra Ilustración fue bienvenida ni prolongados fueron los periodos constitucionalistas del siglo diecinueve. La figura del cacique dejaba al pueblo al albur de la bondad o la maldad del mismo, pero no se pensaba en su necesario control. Entre políticos autoritarios, y movimientos anarquistas –pues ha de verse que el español es tan anuente con el estado de cosas como contradictoriamente desobediente con el mismo–, la España nuestra nunca ha optado por la vía intermedia que luego ha traído el desarrollo de Europa. Una pena.

 

Nos salva el arte y la pasión con que vivimos. Aquí nada intermedia lo blanco con el negro. O se ama o se odia; o se roba o se es honesto a carta cabal; o se es Quijote o se es Sancho. O se vive o se muere. Los políticos, sin embargo, están por encima de todo eso porque son los ejemplares más cobardes y más necesitados de reconocimiento de cuantos poblamos este solar carpetovetónico. Del poderoso siempre se ha presumido la carencia de otras dotes vigorosas y siempre se ha sospechado que el cargo venía a suplir esos vacíos que la pasión llena. En fin, aquí andamos, en vísperas de elecciones, pero con nuevos ciudadanos que se lanzan al ruedo desde una sociedad civil descontenta y presta a combatir lo tradicional. Quizás nos estemos europeizando o quizás la nueva savia no tarde en emponzoñarse. Como letrado en ejercicio, confío más en la ley que en las personas. Como poeta, confío en la pasión y en el apasionamiento, en la imaginación poderosa y en el espíritu, pero soñar no es para los hemiciclos. Dicho lo cual, el momento se tercia interesante.

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