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Palabras de Poeta

Guillermo De MIguel Amieva

A TRAVÉS DE MENCHU

Si miramos el mundo a través de los que ya lo han recorrido, la falsedad expuesta en los escaparates no nos engaña, pues podemos alcanzar la verdad más allá de la mentira. Hay un tiempo en que nos creemos más sabios de lo que somos, pero no hay nada que la experiencia vea peor que lo que nosotros vemos.

~~A TRAVÉS DE MENCHU

Se miran las cosas al través del mundo como se miran a través de un caleidoscopio, pues la parte se comprende en el todo y viceversa. Yo miro el mundo a través de Menchu Amieva, que es una señora viuda educada, sencilla, elegante, sociable y con algo de mundo. Que sea mi madre carece de importancia y, por otra parte, el presente artículo no deviene reflejo de complejo de Edipo alguno. Ya estamos algo entrados en años para eso.


Imagino que las madres del mundo relativizan lo suficiente como para no dejarse llevar por la pompa. Y es verdad que vivimos en un escenario recreado con efluvios de vanidad. Porque las personas no hemos entendido aún que las cosas deben hacerse sin pretender que nos alaben. El que pretende la alabanza ninguna intención buena para el prójimo puede albergar, y, después, todo se le desvía. El que busca el logro y no desdeña el reconocimiento, sí. Ese vale para la causa, porque no se puede nunca despreciar el mérito que otros nos dan. Eso sería algo equivalente al orgullo.


A través de las Menchus del mundo –conste por tanto que Menchu solamente deviene embajadora de ellas– se comprende fácilmente que Rajoy no seduzca ni lidere. Lo peor de todo es que tampoco se confía en él. Menchu dice que si un día le pilla en Llanes le va a decir cuatro cosas. La última vez se las calló, pero no creo que le dure el beneficio del silencio. Le digo él que no le va a hacer caso, pero a ella le da igual. El caso es que cuando Menchu habla, dice las cosas como las siente, sobre todo las que le duelen. Los políticos se han distanciado de la gente desde que no los importa lo que digan. Que no les importa es evidente, pues la gente clama por reformas que después nadie lleva a cabo. A las Menchus, la transición se les ha quedado como una nostalgia. El marido de Menchu estuvo con Suárez, pero Emín renunció al sueldo político porque ya vivía de lo suyo.


Luego, a los otros políticos, me les mira de soslayo. Debería esperar de ellos el relevo, pero no. Se empapa de debates, eso sí. Estuvo atenta un rato, imagino que como todas las Menchus. Pero no le llama la guapura de Pedro Sánchez ni tampoco esa perfección anatómica de nadador respetable de Albert Rivera, les falta algo de cocción. No tienen talla completa. Pablo Iglesias no pasaría por un test de elegancia hecho Menchu, pero sería capaz de relacionarse con él y sacarle lo bueno. Claro es que Menchu no es tonta y no se la dan ni con queso. Ella ya sabe que esas promesas, bueno… y esos programas... Además, intuye lo revuelto, lo que carece de sentido. Todavía hay gente piensa -estos chicos, por ejemplo- que lo que natura no da lo da Salamanca. No es verdad. Nuestra universidad ha fabricado muchos analfabetos funcionales (esto lo digo yo)


 Yo no la quise afiliar al partido naranja porque me daba un poco de respeto, entre tan pocos electores, afiliar a mi propia madre. Entre otras razones porque su voto, en una respetable candidatura interna, no me parecería objetivo ni imparcial, como tampoco pensaba multiplicar afiliaciones para mi provecho. No soy desleal con los partidos ni con las ideas, ni con los compañeros.


Para las Menchus del mundo, los políticos de antes las tienen hartas y estos chicos nuevos, por otra parte, no les van a arreglar nada. Tiene setenta y tres. Yo veinte menos. Tenemos espíritu joven, eso sí, pero nos hemos dado cuenta de que vivimos en la secular España decadente donde los gobernantes abrasan a los gobernados; donde se roba en abundancia; donde se emplea por enchufe y donde se envidia el mérito ajeno. Con esos ingredientes no se guisa un buen proyecto de futuro, y la cosa no es de un partido u otro. Es de idiosincrasia, de cambio de perspectiva.


Menchu está sola. Viuda. Pero tiene una gaviota que se posa cada mañana en el alféizar de la habitación de su ventana. Pica la persiana y luego se va al alféizar de la cocina donde Menchu le pone el desayuno. No es la gaviota de Rajoy. Es la de la libertad y la de la esperanza. La gaviota sublime que alza el vuelo y grazna el canto de lo posible. Los demás, no cuelan. A ellas, a las mujeres mayores entradas en la vida, no les fascina este escenario porque sus ojos ya están acostumbrados a ver más allá de la mentira.

 

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