Silueta original

Otoños y otras luces

Jesús Quintero

Entre dos aguas

Uno de los personajes de los últimos días ha sido el guitarrista Paco de Lucía fallecido el pasado miércoles de un infarto, mientras se encontraba en la playa con sus hijos más pequeños, cerca de su residencia de México

Francisco Sánchez Gómez, nació en un barrio gitano de Algeciras en 1947 y perteneció a una familia de músicos. El sobrenombre de  -De Lucía- le viene por su madre Lucía, para identificarle frente a los de su barrio,  que sirvió para componer su nombre artístico Paco de Lucía, uno de los artistas que más ha contribuido en popularizar e internacionalizar el flamenco para “darle otro aire”.

 

No quiero ocupar mi espacio semanal en glosar su extensa y exitosa carrera musical, labor desarrollada en amplios espacios informativos y de la mano de críticos cualificados que han puesto en valor su aportación al mundo cultural, como también lo hicieron otros andaluces ilustres como el escritor Manuel Machado que falleció en el año de su nacimiento    -1947-,  y al que acompañaron otros acontecimientos, también recordados en España, como la muerte del torero Manolete corneado por un Mihura, o la visita para mayor “gloria” del régimen de Eva Perón. Por cierto, también ese año murió el sumun de los “gangster”, Al Capone, que también tenía un sobrenombre “Cara cortada” y no precisamente por su madre,  rodeado de lujos en su finca, semejantes a los que también se le han descubierto al depuesto presidente ucraniano Yanukovich, que tenía grifos de oro, y muy pocos libros. Por eso eran como eran. 

 

Volviendo a la figura de Paco de Lucía, Paco el de su madre, como debe de ser, para acompañar estas reflexiones al ritmo de una de sus rumbas más famosas Entre dos aguas. Esta locución adverbial, coloquial, tiene varios significados como el de duda, indecisión, o la habilidad de las personas para sortear complicaciones sin entrar en ellas o para no expresar una opinión y “mojarse”. Las convulsas noticias de los últimos días dejan a flote muchas interpretaciones, dejando al que opina, o al que tiene la obligación de hacerlo, a quedarse “entre dos aguas” y salir a “flote” de las situaciones problemáticas, midiendo para, sin arriesgarse demasiado, salir a la “superficie” en caso de éxito, o no “hundirse” en caso de “fracaso”.

 

Escuchamos, en relación a la deriva de los acontecimientos en Ucrania, como la posición de partidos, dirigentes, o de Bruselas, está “entre dos aguas” y no se entiende que se haya alimentado con falsas esperanzas a los “revolucionarios” de Maidan. Al final el pueblo, que tiene el derecho a la libertad y a la dignidad, corre el riesgo de tener otros nuevos dirigentes pero con los mismos sesgos autoritarios y de indecencia de los anteriores, dando paso a Putin que nunca dejará escapar el preciado tesoro del gas.

 

Leemos declaraciones de dirigentes políticos que andan “entre dos aguas” en la defensa de las fronteras en Melilla y sobre cuál debe de ser el papel de los que deben de defenderlas ante la llegada de los inmigrantes, en algunos casos de manera violenta,  hombres y mujeres a la búsqueda desesperada de un mundo mejor, donde simplemente poder vivir su vida, mientras Bruselas también utiliza  con ambigüedad calculada el deber de la defensa de las personas y el de los territorios. Nadie debería utilizar el sufrimiento humano en la lucha partidaria, cuestión que debería descalificar a quien lo haga y así la sociedad tenérselo en cuenta.

 

Qué decir de las dudas, indecisiones, que desde el inicio de la crisis económica se han tenido sobre cómo actuar, si era o no una crisis estructural, sobre el alcance de la misma y sus consecuencias, y de la que todavía hoy nos hallamos en una situación de indefinición, agravada su percepción por  el rosario de casos de corrupción que ha derivado en una desconfianza hacia los políticos, que en muchos casos se la tienen bien ganada, pero cuidado que esto puede conducir al avance de los totalitarismos y de los “aventureros”. La desconfianza debe servir para que las personas desarrollen un pensamiento crítico, que ayude a discernir y a cambiar las costumbres de la sociedad.

 

Del ser humano prefiero su capacidad de decidir, disponer, deliberar, determinar y resolver, antes que dudar, vacilar, fluctuar o titubear, para así poder creer, pensar, entender, opinar, estimar y juzgar, y no ser de esos de “ni chicha, ni limoná”, o “ni carne, ni pescao” –sabio lenguaje popular- , porque en el fondo la mediocridad no es otra cosa que bailar “entre dos aguas”. Decía el escritor Ernesto Sábato, en su obra El túnel (1948) que “ser original es, en cierto sentido, juzgar el valor de la mediocridad de los demás, lo que parece de un gusto dudoso”.

Comentarios

Deja tu comentario

Si lo deseas puedes dejar un comentario: