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La Reforma: Yo, Lutero Jaus

Estos días he hablado mucho con mi amigo N. Allá por los 80 se hizo cargo del negocio familiar y ahora su empresa da de comer a varias decenas de familias. Lleva 3 años horrorosos. Va hipotecado hasta las cejas y afronta el futuro sin red. Y ya no es un chaval. Es un tipo progresista. De los de verdad. De corazón y de actitud. La gran inversión durante los buenos tiempos lo hizo en maquinaria y reformas que evitaban penosidad en determinados trabajos y tiene mejorados todos los convenios. Existen esta clase de empresarios.
Hay dos tipos de patrón (dejando de lado las grandes empresas, que ese es otro ganado): los que tienen una empresa "criada a sus pechos", con cariño, en la que han puesto mucho esfuerzo, riesgo e ilusión. Que han ido creciendo a base de jugársela. Que forman "familia" con sus empleados (aunque cuando las cosas se ponen feas se suelen quedar solos ante el peligro). Estos las están pasando bastante putas. Este es el caso de N. Hace un par de años el volumen de producción de su empresa cayó en picado. Sobre todo por el desplome de la contratación pública. Se dejó la piel, se pateó España entera y consiguió otros clientes. Cuando creía que iba a poder respirar llegó la gran crisis financiera y desapareció el crédito y la financiación. A trabajar a pelo, casi al contado, y afrontar los gastos corrientes y todo el crédito que ya tenía contraído; un verdadero dislate. La reforma laboral sólo le ayudaría a mantenerse a flote de la única manera que no querría: reduciendo plantilla y salarios. Lo que él, y miles de empresarios precisan es que se obligue a las entidades financieras a actuar como tales, poniendo el dinero a circular. Este tipo de empresarios son admirables, en la pelea constantemente, pero se están llenando de canas rápidamente.

Y está el otro tipo. En este saco están, por ejemplo, la mayoría de los ladrilleros. Especuladores puros y duros. A estos la reforma laboral se la sopla, porque siempre han tirado de ingeniería legal, de contratos basura que sus trabajadores más legos aceptan encantados porque en negro sacaban unos sueldacos dignos de cirujanos (luego han venido los disgustos, cuando han ido a cobrar su paro y tenían una base de cotización absurda, claro). Al margen de la opacidad de sus sociedades, cuando la cosa pinta fea se hacen un “woodyallen”: coge el dinero y corre, los trabajadores al FOGASA y a montar otro chiringuito similar en la acera de enfrente.

No nos equivoquemos. El pequeño y mediano empresario no es el enemigo. Verlo así es pacato e injusto; aunque los sindicatos, esas entidades tan anacrónicas en su organización como su propio discurso y con una imagen tan desprestigiada como la de los partidos políticos, se empeñen en pintarlos como negreros sin escrúpulos.

Entonces, ¿para quién se hace esta reforma? Pues para la banca. La reforma laboral sirve para que la financiera ni se plantee. Padecemos situaciones tan absurdas como esto: los gobiernos financian a agencias de calificación que rebajan periódicamente el valor de los propios países cuyos gobiernos las financian. Cómo me alegro de no ser economista para no tener que explicarme esto ni disimular las carcajadas que me provoca. Se diría que somos gilipollas. Pero como los ciudadanos de a pie no tenemos la capacidad de remediar este disparate, resulta evidente que los gilipollas son nuestros electos representantes. Bueno, quizá no son gilipollas. También puede que sean unos cobardes o unos corruptos. No importa, cualquiera de esas posibilidades debería inhabilitarles para ejercer la representación de los ciudadanos.

Otra muy buena es el papel de Alemania, que manda un montón en todas las casas ajenas. Bueno, la Merkel no manda, sólo pone ese estilo suyo a caballo entre gobernanta de internado británico y monja seglar que tan bien le va a sus amos. La gran banca alemana es la mano que mece la cuna. Como mi amigo N. sabe latines le he preguntado por el papel de Alemania en la debacle. Y me ha dado una explicación que sí sería la solución a la crisis: echemos a Alemania del euro. Grecia no es el problema. Sólo es víctima. Como España, o Portugal o Irlanda o Italia o, en breve, Francia… No digamos ya Hungría o Rumanía, que empiezan a recordar con nostalgia política los tiempos del Telón de Acero. Tarde o temprano toda la eurozona podría ser devorada por la Godzilla financiera alemana. Como se me pone cara de estar viendo venir a los cuatro jinetes, mi amigo N. se arma de paciencia:
  • Mira. Esa es la solución. Echamos a Alemania de la eurozona –ya me veo en una partida de Risk,– y como la deuda europea es en euros, devaluamos la moneda un 30%. Volveríamos a ser competitivos, nadie se iría a producir a China y viviríamos una segunda explosión de la industria turística. No serían vacas gordas, pero estaríamos saliendo del problema.
Me quedo con los ojos muy abiertos. Parece duro, pero factible. Hasta sencillo. Y ¿qué hace falta para afrontar algo así? Pues algo que no abunda entre la clase política europea: honestidad y coraje. Antes de plantear algo así prefieren llevarnos a la bancarrota: la económica y, lo que es peor, la social.

Antes de terminar, un apunte acerca de algo que aparece en la reforma laboral y que me ha parecido muy pintoresco. Se abre la posibilidad de “hacer ajustes de plantilla” en el sector público. Vaya, que se plantean la posibilidad de despedir funcionarios. No creo que llegue a aplicarse nunca. Al menos no de forma significativa. De hecho propongo crear el premio “Pelotas de Oro” para el responsable político o institucional que se meta en ese jardín.

Y dicen que creará empleo. Veo en mi bola de cristal unos seis millones de parados en abril-mayo. Ojalá me equivoque.

inda.jaus.tribu@gmail.com

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